Si convives con un perro, seguro que alguna vez te has desesperado porque le llamas y parece que se vuelve “sordo” de repente. No eres la única persona a la que le pasa: conseguir una llamada fiable es uno de los retos más habituales… y también uno de los más importantes para la seguridad del perro.
La buena noticia es que, con técnica y constancia, puedes lograr que tu compañero deje lo que está haciendo (jugar, olisquear, correr con otros perros) y acuda contigo rápido y contento cada vez que le llames. Requiere paciencia, buenos premios y evitar ciertos errores muy típicos, pero el resultado compensa muchísimo en el día a día.
Por qué la llamada es tan difícil para tu perro
Antes de entrenar, conviene entender que para tu perro acudir a la llamada implica renunciar a cosas muy valiosas: oler, jugar, perseguir algo, relacionarse con otros perros… Es como cuando de pequeños estábamos en el parque pasándolo en grande y nuestros padres gritaban nuestro nombre para irnos a casa.
En ese momento, para el perro, los estímulos del entorno compiten con lo que tú le ofreces. Si lo que hay fuera es mucho más divertido o interesante que tú, no es que “pase de ti”, es que su cerebro le dice que seguir jugando u oliendo es la mejor opción.
Además, la llamada es un ejercicio que mezcla emoción y autocontrol: tiene que dejar lo que está haciendo, decidir girarse y correr hacia ti. Si su nivel de excitación es muy alto (por ejemplo, recién soltado después de mucho tiempo atado), esta decisión le resulta aún más complicada, por eso en algunos casos pueden ayudar herramientas como las chaquetas antiestrés.
Por eso es clave asumir que no es desobediencia por fastidiarte, sino una conducta compleja en un entorno lleno de distracciones. Desde ahí podremos plantear un entrenamiento realista y justo para el perro.
Cuando lo miras así, se entiende mejor por qué es uno de los ejercicios que más se resisten incluso a personas con experiencia, y por qué merece la pena trabajarlo como lo haría un profesional.

Elegir bien la orden de llamada y cómo usarla
El primer paso para tener una llamada sólida es escoger una palabra clara y utilizarla siempre igual. Puede ser “ven”, “aquí”, “ven aquí” o la que prefieras, pero una vez la elijas, debe quedar reservada exclusivamente para la llamada.
Muchísimas personas cometen el fallo de usar “ven” o “aquí” para todo: para jugar, para cambiar de habitación, para regañar al perro… Al final esa palabra se quema y deja de significar “corre hacia mí, que algo muy bueno te espera”. Para tu perro pasa a ser un ruido más de fondo.
Es fundamental que la orden de llamada se emita solo cuando realmente quieres que el perro venga contigo y vas a poder reforzarlo muy bien por hacerlo. Si la usas cien veces al día para cosas distintas, perderá toda su fuerza.
También importa el tono con el que la dices: mejor un tono agudo, alegre y dinámico, que para los perros suele asociarse a juego y cosas positivas. Un “¡aquí!” cantado y feliz tiene mucha más tirada que un “VEN” serio o enfadado.
Y recuerda algo clave: llamar al perro solo para enganchar la correa e irte del parque es un clásico error. Si la mayoría de veces que escucha su orden de llamada significa “fin de la diversión”, aprenderá muy rápido a ignorarla.
Preparar el escenario: empezar donde sea fácil que venga
Antes de lanzarte a practicar en el parque lleno de perros, necesitas asegurarte de que el perro puede tener éxito. Al principio, el entorno debe estar controlado y con pocas distracciones.
Lo ideal es comenzar en casa o en una zona muy tranquila, con el perro cerca de ti. Llamar en situaciones en las que sabes casi seguro que va a venir te permite reforzar la cadena correcta: oír la orden, acercarse corriendo, recibir premio y cariño.
Si intentas enseñar la llamada directamente en un lugar lleno de estímulos fuertes (otros perros sueltos, olores nuevos, bicicletas, niños…), lo más probable es que ignores muchas de tus llamadas. Cada vez que eso pasa, el perro aprende que puede no responder y no pasa nada.
Tu objetivo es construir desde el principio una historia en la que la llamada siempre “sale bien” para ambos: tú estás preparado con premio, el perro viene y todo es positivo. Esa base será la que luego te permita subir el nivel de dificultad poco a poco.
Piensa en el entrenamiento como una escalera: primero peldaños fáciles (casa, pasillo, jardín), luego zonas un poco más entretenidas, y solo más adelante los grandes parques o espacios con muchos perros.
Cómo premiar correctamente cada llegada
En las primeras fases del entrenamiento, cada vez que el perro acuda a tu llamada debe recibir un premio de verdad. No vale un “muy bien” dicho de pasada y ya; hay que hacer que merezca muchísimo la pena venir.
Para ello, utiliza el refuerzo más potente para tu perro: puede ser comida especialmente apetecible (trocitos de carne, queso, salchicha), un juguete favorito o un buen rato de juego a lo loco contigo. Lo importante es que, a sus ojos, eso sea mejor que lo que tenía entre manos.
Al inicio no tengas prisa por retirar la comida o el juguete: cuanto más sólida esté la asociación “llamada = premioazo”, más resistente será con el tiempo frente a distracciones. Ya habrá momento más adelante para ir espaciando los premios.
Un truco muy útil es variar el tipo de premio para mantener la motivación alta: un día comida especial, otro día juguete, otro un rato de caricias intensas y juego. Si siempre es el mismo premio, algunos perros pierden un poco de interés.
No te olvides de añadir también contacto físico afectuoso: acariciar al perro cuando llega, antes incluso de darle el premio, ayuda a que tu presencia y tu contacto formen parte de lo valioso de la llamada, no solo la comida.
La llamada tiene que ser divertida, no un tostón
Por definición, la llamada es un ejercicio con potencial para ser muy entretenido: el perro corre hacia ti, tú juegas con él, hay movimiento, energía. Si conviertes el entrenamiento en algo monótono, perderás una baza enorme.
Procura que las sesiones sean cortas y dinámicas. No llames cada 30 segundos “por si acaso”, porque el perro se agobiará o simplemente empezará a ignorarte. Mejor pocas llamadas bien hechas, que muchísimas sin control.
Algunos perros son más tranquilos o “vagos” por naturaleza. En esos casos, puede que no vengan a toda velocidad desde el principio, pero si entrenas de forma consistente y lo haces divertido, también conseguirás una buena respuesta.
Una estrategia que funciona muy bien es incluir la llamada en juegos de persecución controlada: le llamas, viene, premias y acto seguido sales tú corriendo unos metros para que te siga. De esta forma, la orden se asocia a momentos de juego intenso.
Recuerda que si lo ves aburrido o desmotivado, es mejor parar la sesión, jugar un rato sin pedir nada y retomarlo otro día que seguir insistiendo cuando ya no tiene ganas. La llamada debería ser algo que el perro espera con ganas, no que teme o evita.
Errores que destrozan la llamada (y la relación con tu perro)
Uno de los fallos más graves -y por desgracia más habituales- es reñir o castigar al perro cuando por fin viene. Aunque haya tardado o se haya estado haciendo el loco antes, el momento de llegar a ti siempre tiene que ser positivo.
Imagina esta escena: el perro coge algo que no quieres que tenga, le llamas, acude y en cuanto llega le quitas el objeto de malas maneras o le echas una bronca. Desde su punto de vista, lo que se castiga es precisamente venir, porque es en ese instante cuando sucede lo desagradable.
Lo mismo ocurre cuando solo le llamas para hacer cosas que no le gustan: ponerle la correa para ir a casa, bañarlo, manipularle de forma incómoda… Si nueve de cada diez llamadas acaban en algo negativo, es normal que deje de acudir.
Otro error muy frecuente es entrar en el famoso juego del “corre que te pillo”: el perro no quiere acercarse, tú vas hacia él, él se aleja, tú corres más… y al final acaba siendo un juego divertidísimo para él, en el que jamás se deja alcanzar.
A partir de ese momento, cuando le llames, es posible que asocie la situación con ese juego y prefiera seguir huyendo o manteniéndose a distancia. Lo ideal es evitar ese escenario desde el principio y apoyarte en herramientas como la correa larga.
Elegir sitios seguros para soltar y practicar
Si tu perro pasa mucho tiempo atado o en espacios reducidos, es normal que cuando se ve libre explote de emoción y se desconecte de ti durante un rato. En ese estado de euforia, la llamada es bastante más complicada.
Por eso conviene buscar zonas amplias pero seguras donde puedas practicar: parques vallados grandes, áreas caninas tranquilas u otras zonas abiertas donde no haya coches ni peligros evidentes.
En esos lugares puedes soltarlo de forma controlada y hacer algunas llamadas de vez en cuando, no cada minuto. La idea es que, aunque esté disfrutando de su libertad, seguir viniendo contigo siga siendo algo muy rentable para él.
Si el lugar suele estar lleno de perros y personas, prueba a ir en horarios de poca afluencia al principio. Así podrás ir aumentando el nivel de distracciones de manera progresiva, sin pasar del salón de casa al caos absoluto en un solo salto.
De esta manera, tu perro aprenderá que puede estar suelto, divertirse y, aun así, acudir cuando le llamas, sin que eso signifique necesariamente que se acabó todo lo bueno.
Aprovechar situaciones del día a día
No hace falta que todo el entrenamiento sea “sesión formal”: puedes usar momentos cotidianos para reforzar tu llamada casi sin darte cuenta. Esto acelera muchísimo el aprendizaje.
Un ejemplo muy útil es llamarle justo antes de ponerle la comida. Dices tu orden de llamada, el perro se acerca y acto seguido colocas su cuenco. Así, la palabra se asocia a algo que sabe que le entusiasma.
Lo mismo con el momento paseo: cuando vayas a coger las correas, pronuncia la orden de llamada y prémiale con la salida a la calle. Es una forma muy potente de convertir la palabra en un predictor de cosas buenísimas.
Eso sí, procura que estas situaciones sigan siendo coherentes: si le llamas y todavía faltan diez minutos para salir, acabarás diluyendo la importancia de esa señal. La idea es que, cuando la oiga, casi siempre pase algo estupendo inmediatamente.
Con el tiempo, verás que tu perro empieza a reaccionar más rápido incluso en contextos más difíciles, porque la orden ha quedado muy bien “cargada” con experiencias positivas repetidas muchas veces al día.
Juegos y trucos para reforzar la llamada
Una de las mejores maneras de entrenar la llamada sin que se haga pesado es convertirla en un juego. Así tú disfrutas, el perro también y ambos aprendéis casi sin daros cuenta.
Un juego clásico es el escondite. Comienza en casa: aléjate unos pasos, escóndete tras una puerta o un mueble y llama al perro con tu orden. Cuando te encuentre, fiesta total: comida, juego, caricias y mucha alegría.
Cuando el ejercicio en casa esté dominado, puedes trasladarlo a zonas seguras en la calle, al principio con escondites sencillos (tras un árbol cercano, por ejemplo) y aumentando poco a poco la dificultad.
Otro recurso muy útil son los juegos de forcejeo con mordedor o cuerda. Si a tu perro le chifla este tipo de juego, tienes un premio superpotente en tus manos: puedes llamarle, premiar su llegada con unos segundos de forcejeo intenso y luego soltarle otra vez a explorar.
Estos juegos, combinados con llamadas bien reforzadas, convierten tu presencia en el centro de la diversión. No eres solo “la persona que da órdenes”, eres quien inicia los mejores ratos del día.
Apoyarte en otros perros y en herramientas de seguridad
Si tienes la suerte de conocer a alguien con un perro que ya tenga una llamada muy bien trabajada, puedes usarlo como modelo para tu propio perro, sobre todo si es un cachorro o un perro joven que tiende a imitar a otros.
El truco consiste en quedar en un lugar seguro y, cuando ambos perros estén entretenidos, llamar primero al perro “experto”. Cuando este acuda, es muy probable que el tuyo le siga por pura curiosidad o por no quedarse atrás.
En cuanto lleguen a ti, premias a los dos con comida o juego y después les dejas volver a correr y jugar. Con varias repeticiones, tu perro empezará a entender que acudir contigo forma parte del juego y tiene siempre recompensa.
Al mismo tiempo, es muy recomendable utilizar en las primeras fases una correa larga (de 5, 10 o más metros) para que aprenda a andar con correa. No es para ir pegando tirones, sino para asegurarte de que el perro no se marcha tan lejos como para ignorarte por completo.
Si en algún momento tu perro se obsesiona con un olor concreto o con otro perro y no responde a la llamada, puedes usar la correa larga para guiarle suavemente y evitar que aprenda a “desconectarse” de ti sin consecuencias.
Cuándo y dónde practicar para que funcione mejor
El momento del día y las condiciones físicas del perro también influyen mucho: no es buena idea entrenar la llamada justo después de comer, ni por seguridad ni por eficacia.
Tras una comida abundante, el riesgo de problemas digestivos serios, como una torsión de estómago en algunas razas grandes, aumenta si el perro se pone a correr y saltar de inmediato. Además, con el estómago lleno suele estar menos motivado por la comida.
Es preferible practicar antes de la comida principal, cuando un premio comestible le va a resultar especialmente atractivo. Así aumentas las probabilidades de que responda rápido y con ganas.
También es fundamental trabajar la llamada en sitios con distracciones progresivas: primero en casa, luego en el portal o patio, más tarde en una calle tranquila y, finalmente, en parques más concurridos.
Si pasas directamente del salón al parque más lleno del barrio, estarás pidiendo a tu perro que ignore de golpe un montón de estímulos a los que aún no se ha acostumbrado a renunciar cuando oye su orden.
La atención como base de una buena llamada
Una llamada fiable no es solo que el perro venga cuando pronuncias la orden; también implica que te tenga en cuenta de manera habitual, que mire dónde estás, que se preocupe por no perderte de vista del todo.
Para fomentar esta actitud, puedes premiar cada vez que el perro te mire espontáneamente en la calle, o cuando se acerque a ti sin que le hayas llamado para pedir caricias o interacción.
Estos pequeños refuerzos cotidianos envían un mensaje muy claro: “estar pendiente de ti es rentable”. Y un perro que presta atención de forma natural a su guía es mucho más fácil de llamar en cualquier contexto.
Además, si de vez en cuando cambias ligeramente de dirección en el paseo (siempre con seguridad) y premias cuando el perro nota que te has movido y viene hacia ti, refuerzas su tendencia a estar pendiente de tu posición.
La llamada entonces deja de ser un “milagro puntual” y se convierte en la culminación de una relación de atención recíproca que se construye a lo largo de todo el paseo, no solo cuando dices la palabra mágica.
Práctica diaria, constancia y expectativas realistas
El adiestramiento de la llamada no se construye en una tarde: son muchos ensayos cortos, bien hechos y repartidos a lo largo del tiempo. La regularidad es mucho más importante que hacer sesiones larguísimas de vez en cuando.
Con dedicarle unos cinco minutos diarios, bien planteados, puedes conseguir avances enormes en pocas semanas. Lo importante es que esos minutos estén bien aprovechados, sin distracciones excesivas y con buenos refuerzos.
Evita caer en la trampa de “hoy no entreno porque hace frío / llueve / estoy cansado”. La llamada es una habilidad de seguridad, no solo un truco gracioso: puede evitar accidentes serios si tu perro se acerca a una carretera o a un sitio peligroso.
Tener expectativas realistas también ayuda: incluso con un buen entrenamiento, habrá días en que tu perro tarde un poco más en venir o momentos puntuales en los que una distracción muy fuerte gane la partida.
La clave está en que, la mayoría de las veces, responda de forma rápida y contenta, y que tú tengas herramientas para manejar las excepciones sin enfadarte ni destruir lo avanzado.
Con todo lo visto, se entiende que enseñar a un perro a acudir a la llamada es un proceso donde combinan técnica, empatía y mucha constancia: elegir bien la orden y el tono, preparar escenarios fáciles al principio, premiar con ganas cada llegada, evitar reñirle cuando por fin acude, aprovechar momentos cotidianos como la comida o el paseo, usar juegos como el escondite o el forcejeo, apoyarte en correas largas y en perros bien adiestrados, cuidar los horarios y trabajar la atención diaria marcan la diferencia entre un perro que solo viene “cuando le da la gana” y otro que acude casi siempre a la primera, corriendo feliz hacia ti porque sabe que a tu lado siempre pasa algo bueno.