
La llegada de la COVID-19 no solo trastocó nuestra rutina, también cambió para siempre la vida de miles de perros. El boom de adopciones y compras de cachorros durante los confinamientos dio lugar a los llamados “cachorros pandémicos”, una generación de perros marcada por la falta de socialización, el estrés de sus familias humanas y decisiones impulsivas a la hora de adquirirlos.
En paralelo, el miedo al contagio, el colapso de los servicios veterinarios y la desinformación hicieron que muchas personas vieran a sus mascotas como una posible amenaza sanitaria, cuando la evidencia científica señalaba justo lo contrario. Todo este cóctel ha generado nuevas formas de sufrimiento y riesgo tanto para los perros como para los humanos, y ha puesto sobre la mesa las amenazas pandémicas en perros desde una perspectiva mucho más amplia que la mera transmisión de un virus.
Qué entendemos por amenazas pandémicas en perros

Cuando hablamos de amenazas pandémicas en perros no nos referimos solo al riesgo de que transmitan enfermedades infecciosas. En realidad, englobamos un conjunto de impactos sobre su bienestar físico, mental y social derivados de tres grandes ejes: cambios bruscos de estilo de vida humano, colapso o bloqueo del acceso a servicios veterinarios y decisiones de tenencia irresponsable motivadas por el contexto de crisis.
Desde este prisma, las amenazas incluyen tanto la posibilidad de abandono masivo o sacrificios injustificados, como el incremento de problemas de conducta, agresividad, dificultades de adiestramiento, fallos en la vacunación y desparasitación o el repunte de enfermedades zoonósicas como rabia o leishmaniosis por relajación en las medidas preventivas.
Además, las pandemias pueden agravar fenómenos ya existentes: producción intensiva de cachorros en criaderos de baja calidad, compraventas impulsivas por internet, falta de información fiable en redes sociales y el uso de métodos de educación basados en el castigo que empeoran aún más el comportamiento de los perros. Todo ello se ha visto claramente reflejado en la generación de perros adquiridos durante la COVID-19.
El fenómeno de los cachorros pandémicos

Durante los confinamientos por COVID-19, en países como Reino Unido, España o Estados Unidos se disparó la adquisición de cachorros. Teletrabajo, más tiempo en casa y necesidad de compañía fueron el caldo de cultivo perfecto para que mucha gente se lanzara a por un perro sin valorar si realmente podía cuidarlo a largo plazo.
En Reino Unido, el Royal Veterinary College (RVC) bautizó a esta cohorte como “Pandemic Puppies”: perros adquiridos con menos de 3 meses y medio durante la fase crítica de la pandemia en 2020. Estos animales vivieron sus primeros meses de vida bajo restricciones severas: parques caninos abiertos pocas horas al día, límite de personas, obligación de mantener distancias, uso de mascarilla y, en muchos casos, paseos con el perro atado de forma permanente.
Esta situación hizo que gran parte de estos cachorros no recibieran la socialización adecuada en su periodo sensible. No pudieron exponerse con normalidad a otros perros, personas, ruidos, objetos cotidianos ni a entornos variados. Como recuerdan las investigadoras del RVC, los perros no nacen sabiendo comportarse en ciudad, saludar educadamente o caminar con correa: todo eso se enseña y se practica, y el contexto pandémico lo puso muy difícil.
A la vez, muchas de estas compras y adopciones fueron decididas al calor del momento, basadas en circunstancias a corto plazo (más tiempo libre, necesidad de apoyo emocional, sensación de oportunidad) sin pensar en lo que supondría cuidar de un perro durante 10 o 15 años. Esta adquisición impulsiva ha generado un riesgo añadido de abandono y de relaciones frágiles entre persona y perro.
Impacto de la pandemia en el comportamiento y la relación humano-perro
El estudio longitudinal del RVC sobre los “cachorros pandémicos” siguió a cientos de perros hasta los 21 meses de edad para analizar cómo había afectado la pandemia a la relación emocional entre dueños y perros. Para ello utilizaron la Monash Dog-Owner Relationship Scale (MDORS), que mide dos aspectos clave: la cercanía emocional percibida y los costes percibidos de tener un perro (tiempo, esfuerzo, dinero, carga mental).
Una de las conclusiones más claras fue que los dueños que convivían con perros con conductas problemáticas (como tirones de correa, saltos constantes, miedo o reactividad) percibían la tenencia como más pesada y complicada que aquellos cuyas mascotas tenían un comportamiento más equilibrado.
Cuando esas conductas incluían agresividad en varias formas (hacia otros perros, personas u otros estímulos), los propietarios informaban además de sentirse menos conectados emocionalmente con su perro. Es decir, la agresividad y los problemas serios de comportamiento erosionaban directamente el vínculo afectivo.
El uso de métodos de entrenamiento tenía un papel determinante: los propietarios que aplicaban sobre todo adiestramiento en positivo, basado en recompensas, se sentían más unidos a sus perros, mientras que quienes recurrían con frecuencia a gritos, empujones, collares de ahogo o golpes percibían una relación más distante y cargada de frustración.
Otro hallazgo relevante fue que quienes reconocían haber adquirido el cachorro específicamente “por la pandemia” (por ejemplo, para aprovechar el tiempo en casa) reportaban ahora que su perro les suponía más carga que aquellos que ya tenían planeado incorporar un cachorro antes de que llegara la COVID-19. Esta brecha muestra el peso de la planificación previa y de las expectativas realistas en la calidad del vínculo.
Conductas problemáticas: casi todos los perros afectados
Los datos de otro estudio del proyecto “Pandemic Puppies”, en este caso con más de 1.000 propietarios de cachorros pandémicos en Reino Unido, son especialmente llamativos: el 97% de los participantes admitió que su perro presentaba al menos una conducta problemática de una lista de 24.
El promedio era de cinco problemas de comportamiento por perro, y alrededor de una quinta parte de los propietarios señaló ocho o más conductas problemáticas. Entre las más frecuentes estaban:
- Mala respuesta al control (84%), incluyendo tirar de la correa, no acudir a la llamada o ignorar señales básicas.
- Conductas de búsqueda de atención como saltar sobre personas o aferrarse a objetos (77%).
- Manifestaciones de miedo y evitación (41%), tanto hacia otros perros como hacia personas o entornos nuevos.
- Diferentes formas de comportamiento agresivo (25%).
Resulta especialmente preocupante que, pese a que un 96% de los encuestados decía usar refuerzo positivo, un 82% reconocía utilizar también métodos de castigo en la educación de su perro. Entre ellos, collares de ahogo, gritos, empujones y bofetadas, precisamente las herramientas que la etología moderna desaconseja por su capacidad para agravar el miedo, la reactividad y la agresividad.
Muchos propietarios admitían haber buscado consejos sobre educación canina en amigos, familiares o redes sociales, donde abundan recomendaciones poco fiables y basadas en castigos físicos o técnicas obsoletas. Aproximadamente un tercio reconocía que educar a un cachorro resultó ser mucho más difícil de lo que esperaban al principio.
Grandes bases de datos: qué nos dice el Dog Aging Project
Mientras en Reino Unido se seguía la evolución de los cachorros pandémicos, en Estados Unidos el Dog Aging Project recogía datos de más de 47.000 perros entre 2020 y 2023. Este macroestudio, en el que colaboran más de 40 instituciones, se centra en cómo cambian conducta y salud a lo largo de la vida de los perros.
Los investigadores analizaron tendencias de comportamiento en varias áreas: miedo, atención y excitabilidad, agresividad y entrenabilidad. Lo sorprendente es que, pese a la enorme alteración de la vida cotidiana humana durante la pandemia, los perfiles de comportamiento se mantuvieron relativamente estables en la mayoría de dimensiones.
La principal diferencia se detectó en el terreno del adiestramiento: los perros incorporados a los hogares a partir de 2020 obtuvieron puntuaciones algo más bajas en “entrenabilidad” comparados con los adultos que ya estaban inscritos en el estudio antes de la llegada de la COVID-19.
Los autores sugieren que esta brecha podría deberse a la adopción masiva de perros en un contexto de tutores más estresados, con rutinas inestables y, a menudo, con menos tiempo real para dedicarse al adiestramiento de forma sistemática. Aun así, destacan que el efecto fue modesto y que los datos apuntan a una posible recuperación progresiva conforme la vida se iba normalizando.
La gran fortaleza de este trabajo es el tamaño de la muestra: casi 50.000 perros de diferentes razas, tamaños y entornos. Aunque los datos proceden de cuestionarios rellenados por los propios dueños —lo que introduce cierto grado de subjetividad—, el hecho de utilizar herramientas validadas como el C-BARQ y de contar con una muestra tan enorme da un gran valor a las tendencias observadas.
Agresividad, entrenabilidad y factores individuales
Los análisis del Dog Aging Project permitieron también desglosar cómo influyen en el comportamiento canino variables como raza, tamaño, sexo, edad o estado de castración. Se identificaron patrones consistentes con lo que ya se conocía por estudios previos, pero con una base estadística mucho mayor.
Los perros de tamaño pequeño tendían a ser más temerosos y más agresivos, y a la vez menos entrenables, que los perros grandes. Los cachorros, en cambio, se mostraban menos agresivos y menos temerosos que los adultos, pero también más difíciles de entrenar, algo lógico teniendo en cuenta su falta de experiencia y su menor capacidad de concentración.
En cuanto al sexo, las hembras destacaban por una mayor capacidad de aprendizaje y mejor puntuación en entrenabilidad frente a los machos, aunque estas diferencias eran de media y no determinan el comportamiento de cada individuo.
El estudio también observó que los perros evaluados en 2023 mostraban niveles de agresividad más bajos que los evaluados entre 2020 y 2022. Una posible explicación es que, durante los primeros años de pandemia, muchos perros carecieron de oportunidades para socializar con normalidad, lo que puede aumentar reacciones de miedo y agresividad ante situaciones nuevas. A medida que se recuperaron las rutinas y los contactos sociales, esa agresividad media fue descendiendo.
Las etólogas que analizaron el trabajo señalan, no obstante, que los cuestionarios a propietarios tienen puntos flacos: pueden faltar datos sobre el nivel de ansiedad humana, el tipo de manejo o el contexto social del perro. Aun con esas limitaciones, la enorme muestra y el seguimiento a largo plazo permiten detectar señales tempranas de cómo un contexto extraordinario, como una pandemia, puede dejar huella en el comportamiento canino.
Salud veterinaria en pandemia: menos visitas, menos vacunas y más riesgos
Las amenazas pandémicas en perros no se reducen al comportamiento. También afectan de lleno a la salud física y preventiva. Un estudio de la Universidad de Edimburgo, centrado en labradores del Reino Unido, recopiló datos de más de 4.000 propietarios entre marzo y julio de 2020 para entender el impacto del confinamiento.
Los investigadores constataron que, aunque la incidencia de enfermedades no cambió de forma drástica, los perros acudieron mucho menos al veterinario. Esto sugiere que muchos animales enfermos no recibieron la atención habitual, bien porque sus dueños tuvieron dificultades para acceder a los servicios veterinarios, bien porque consideraron que los síntomas no eran lo bastante graves como para justificar la visita en pleno confinamiento.
La vacunación también se resintió: se observó una disminución en las vacunaciones de rutina, incluyendo las primovacunaciones de cachorros. Estas lagunas incrementan el riesgo de brotes de enfermedades infecciosas, especialmente en colectivos vulnerables como los perros jóvenes o no inmunizados.
El mismo estudio detectó que los labradores estaban menos asegurados que en años previos, probablemente debido a la incertidumbre económica de muchos propietarios, que prescindieron de pólizas para reducir gastos. Esto, a su vez, puede limitar la capacidad de afrontar tratamientos costosos cuando surgen problemas graves.
No todo fue negativo: los datos mostraron que, durante los confinamientos, muchos perros realizaron más ejercicio diario, recibieron menos golosinas y fueron desparasitados con mayor regularidad, quizá porque sus tutores pasaban más tiempo observándolos y se olvidaban menos de los tratamientos.
El falso miedo a que los perros propaguen el virus
En los primeros compases de la pandemia, el desconocimiento sobre la COVID-19 generó una oleada de temor a que perros y gatos pudieran ser una fuente importante de contagio para las personas. Organizaciones de protección animal se vieron obligadas a emitir comunicados urgentes para frenar el riesgo de abandonos o sacrificios masivos.
La evidencia científica disponible entonces y ahora es clara: no existen pruebas de que las mascotas sean una fuente relevante de infección de coronavirus para otros animales o para los humanos. Se documentaron casos aislados de perros positivos a PCR (apenas seis confirmados en todo el mundo en los primeros informes), la mayoría de ellos animales que convivían con personas infectadas, pero sin que se demostrara que pudieran transmitir el virus de manera significativa.
Organismos internacionales y expertos insistieron en un mensaje simple pero crucial: los perros no debían ser ni abandonados ni sacrificados por miedo al contagio. De hecho, los animales de compañía ofrecieron un enorme apoyo emocional durante los confinamientos, reduciendo niveles de estrés, sensación de soledad y, en muchos casos, ayudando a sobrellevar situaciones límite.
Se advirtió también de las consecuencias indirectas de un abandono masivo: aumento de mordeduras y agresiones, más atropellos, mayor circulación de perros vagabundos y un posible repunte de enfermedades zoonósicas como la rabia o la leishmaniosis por animales sin control veterinario. Desde una perspectiva de salud pública, cuidar a los perros es también una medida de prevención para la comunidad.
El papel del veterinario y de los especialistas en conducta
Los estudios del RVC y de otros grupos de investigación coinciden en señalar que los problemas de conducta son uno de los principales factores que rompen la relación entre personas y perros, incrementan la carga percibida y alimentan el riesgo de abandono o eutanasia.
Las autoras del trabajo sobre cachorros pandémicos subrayan la necesidad de que los propietarios busquen ayuda basada en la evidencia científica ante cualquier señal de comportamiento problemático. El primer paso es siempre acudir al veterinario, que puede descartar o tratar enfermedades físicas que estén detrás de la conducta (dolor, problemas neurológicos, hormonales, etc.) y derivar, cuando sea necesario, a un etólogo o especialista en comportamiento acreditado.
También se plantea la posibilidad de implementar, como ya ocurre en algunos países europeos, cursos obligatorios previos a la adquisición de un perro. Estos cursos servirían como freno a las compras impulsivas y como vehículo para informar sobre obligaciones legales, necesidades reales del animal y expectativas de comportamiento más ajustadas.
Las campañas tradicionales que invitan a “pensarlo bien antes de tener un perro” parecen tener una eficacia limitada en ciertos sectores de la población. Por eso, los expertos sugieren medidas más contundentes, combinando educación, regulación y acceso sencillo a recursos de formación online y presencial.
Por otro lado, se resalta el valor del entrenamiento con métodos positivos y respetuosos, que no solo mejoran el comportamiento, sino que refuerzan el vínculo afectivo y reducen la sensación de carga en los tutores. La planificación a largo plazo, la socialización temprana y el adiestramiento paciente son, en palabras de los investigadores, “buena ciencia de bienestar canino”.
Perros como aliados en salud pública: detección de COVID-19 y más allá
La relación entre pandemias y perros no es unidireccional. No solo son animales afectados por nuestro contexto sanitario, sino que también pueden convertirse en aliados activos en la lucha contra las enfermedades. Un ejemplo llamativo son los estudios sobre perros entrenados para detectar COVID-19 mediante el olfato.
En una perspectiva One Health, varios trabajos han demostrado que perros adiestrados específicamente son capaces de identificar el olor de la infección en personas vivas con una precisión del 94% al 96% en comparación con las pruebas PCR de laboratorio. Esto los convierte en una herramienta rápida y eficiente para cribados en aeropuertos, eventos masivos o entornos con recursos limitados.
Más sorprendente aún es que estos perros lograron reconocer con exactitud distintas variantes del virus sin necesidad de un nuevo entrenamiento para cada mutación, lo que sugiere que comparten un perfil olfativo común. Además, pueden detectar casos presintomáticos y funcionar bien en estrategias de detección por grupos.
Los estudios señalan que, una vez formados, estos perros pueden cambiar de objetivo (es decir, aprender a identificar nuevos “olores de interés”) en tan solo 4 a 6 semanas. Esto abre la puerta a utilizarlos en la detección de otras infecciones virales y bacterianas, así como en la identificación temprana de neoplasias u otras patologías en humanos y animales.
En un mundo en el que las pandemias seguirán siendo una amenaza, los perros detectores de olores pueden convertirse en auténticos guardianes de la salud pública, integrados en estrategias de respuesta rápida junto a las pruebas de laboratorio y otras herramientas diagnósticas.
Vacunas, parásitos y otros riesgos de salud en tiempos de crisis
Las pandemias también tienden a desplazar la atención hacia un solo problema sanitario, dejando en segundo plano otras amenazas ya conocidas para la salud de los perros y de las personas. Organizaciones veterinarias han insistido en que, incluso en confinamiento, no se debe bajar la guardia frente a enfermedades prevenibles.
Durante la COVID-19 se pospusieron o retrasaron muchas vacunaciones y desparasitaciones, lo que elevó el riesgo de brotes de rabia, parvovirosis, moquillo u otras patologías infecciosas. En el caso de la rabia, aunque en países como España la enfermedad se considera controlada, la proximidad de zonas endémicas y los movimientos de animales hacen imprescindible mantener un nivel alto de vacunación.
Enfermedades zoonósicas como la leishmaniosis siguen siendo una amenaza importante en regiones mediterráneas. Existen vacunas que reducen la carga parasitaria y la gravedad de los síntomas, que deben combinarse con collares repelentes y pipetas antiparasitarias para ofrecer una protección eficaz.
Las condiciones de confinamiento también incrementaron la exposición de los perros a productos de limpieza y desinfección, utilizados en cantidades mucho mayores dentro de los hogares. En países como Estados Unidos se registró un aumento de intoxicaciones en mascotas por contacto o ingestión accidental de lejías, desinfectantes y otros químicos.
Además, la falta de mantenimiento de parques y jardines durante ciertas fases de la pandemia contribuyó a una mayor proliferación de espigas y parásitos externos como pulgas y garrapatas, con el consiguiente aumento de otitis, dermatitis y otras patologías. Todo ello refuerza la idea de que, incluso en emergencias sanitarias, la medicina preventiva veterinaria debe mantenerse como prioridad.
El conjunto de estudios y experiencias acumuladas durante la COVID-19 muestra que las amenazas pandémicas en perros van mucho más allá del miedo a que puedan transmitir un virus: incluyen compras impulsivas, falta de socialización, problemas de conducta, descuidos en la prevención sanitaria y riesgo de abandono, pero también la oportunidad de reconocernos en ellos como compañeros y aliados en salud pública. Cuidar su bienestar físico y emocional, apoyarse en la ciencia veterinaria y apostar por la educación responsable son las claves para que, cuando llegue la próxima crisis global, nuestros perros estén mejor protegidos y nuestra convivencia con ellos sea más sólida que nunca.