En los últimos años se ha producido un giro radical en la forma de entender las carreras de galgos y el bienestar animal en distintos países. Lo que durante décadas se presentó como tradición o deporte ha pasado a estar bajo la lupa de la ciencia, de las organizaciones de protección animal y de la opinión pública, que hoy cuestionan su legitimidad ética.
Mientras territorios como Escocia, Gales o Argentina han dado pasos firmes para prohibir o restringir estas competiciones, en lugares como España el debate sigue candente. El choque entre tradición, intereses económicos y respeto a los animales está más vivo que nunca, y cada nueva ley o escándalo reabre la discusión sobre qué lugar deben ocupar los galgos en nuestra sociedad: ¿máquinas de correr o compañeros de vida?
El vuelco en el Reino Unido: Escocia y Gales dicen basta
En menos de una semana, el mapa del bienestar animal en Reino Unido ha sufrido un cambio histórico con la prohibición de las carreras de galgos en Escocia y Gales. Una meta que hace apenas una década muchas asociaciones veían como un sueño lejano se ha convertido en realidad jurídica, marcando un antes y un después en el norte de Europa.
Con estas decisiones, ambos territorios se apartan de una práctica arraigada durante más de cien años y dejan claro que la salud y la integridad física de los perros está por encima del espectáculo o de la tradición. El mensaje hacia el resto de Europa es contundente: cuando la voluntad política se alinea con la evidencia científica, las cosas cambian.
El detonante de esta reforma fue un conjunto de datos difíciles de ignorar. Según cifras del Consejo de Galgos de Gran Bretaña, entre 2017 y 2024 se registraron más de 35.000 lesiones y al menos 1.357 muertes de perros en las pistas del país. Estos números se suman a estudios científicos que califican las pistas ovaladas como “intrínsecamente peligrosas” por el tipo de esfuerzo al que someten a los animales.
La combinación de estadísticas oficiales, presión social y conclusiones científicas ha llevado a los parlamentos de Edimburgo y Cardiff a reconocer que el modelo de carrera actual tiene un problema estructural que no se soluciona simplemente con más regulación o controles veterinarios puntuales.

Transición ordenada: del canódromo al sofá de casa
A diferencia de otros cierres bruscos, el gobierno de Gales ha optado por un modelo de transición progresiva para evitar un aluvión de abandonos. El objetivo no es solo cerrar pistas, sino garantizar un futuro digno a cada galgo que deja de competir.
Durante un periodo aproximado de tres años, las autoridades trabajarán codo a codo con protectores como Dogs Trust y Hope Rescue para localizar hogares adoptivos responsables. Se pretende que ningún perro quede “en tierra de nadie” una vez cesa la actividad comercial de las carreras.
La coalición Cut the Chase resumía así el sentir de buena parte de la ciudadanía: “Durante demasiado tiempo, los perros han pagado el precio de una forma de entretenimiento anticuada”. Más allá de las declaraciones, la nueva normativa establece mecanismos de trazabilidad estrictos para seguir la pista a cada animal retirado.
Esto implica que los galgos no solo dejan de correr, sino que pasan a estar sujetos a protocolos de identificación, registro y seguimiento pensados para impedir que desaparezcan sin rastro. El foco se desplaza del espectáculo a la responsabilidad a largo plazo.
La ciencia frente a la tradición: por qué las pistas son un problema
En Escocia, el debate se ha centrado especialmente en la fisiología del galgo y los riesgos inherentes al diseño de las pistas. No se trata solo de incidentes aislados o de casos de negligencia, sino de un planteamiento deportivo que choca con los límites físicos de estos animales.
Los estudios en los que se apoyó el Parlamento escocés señalan que el cuerpo del galgo no está preparado para soportar el estrés mecánico de las curvas cerradas y repetidas a alta velocidad. El impacto sobre huesos, articulaciones y sistema muscular en pistas comerciales ovaladas incrementa el riesgo de lesiones graves.
Tras cerrar su último canódromo activo, Escocia culmina un proceso de años de presión social y política, dejando claro que el nivel de trauma y accidentes no se puede reducir a un margen aceptable simplemente mejorando la supervisión o invirtiendo en instalaciones más modernas.
En este contexto, las lesiones no se consideran “gajes del oficio”, sino síntoma de un fallo estructural en el propio deporte. Cada caída, fractura o traumatismo refuerza la idea de que no es posible compatibilizar este tipo de carreras con estándares avanzados de bienestar animal.
Definición de bienestar animal: más que ausencia de maltrato visible
Para entender qué está en juego en las carreras de galgos, conviene recordar cómo define la ciencia el bienestar animal. No se reduce a que un perro no esté cojo o no tenga heridas visibles, sino que abarca su estado físico y mental en relación con las condiciones en las que vive y muere.
La Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) establece que el bienestar implica evitar sufrimiento innecesario, proporcionar un entorno adecuado y permitir que los animales expresen comportamientos naturales. En el caso de los galgos, esto incluye poder descansar, relacionarse, explorar y no vivir sometidos a estrés continuo.
El problema es que muchas formas de entrenamiento y competición vinculadas a estas carreras chocan con esos principios. Aspectos como el confinamiento prolongado, las rutinas intensivas o el abandono al final de la temporada ponen en duda que se estén cumpliendo los criterios básicos de bienestar.
Desde una óptica ética, el punto clave es preguntarse si es aceptable asumir un nivel elevado de riesgo, daño físico y sufrimiento psicológico en nombre del entretenimiento o del negocio de las apuestas. Esta es la pregunta de fondo que atraviesa todos los debates legislativos.
España en el punto de mira: tradición, negocio y vacíos legales
La decisión de Escocia y Gales ha resonado con fuerza en España, uno de los pocos países europeos donde las carreras de galgos y la cría masiva asociada siguen siendo legales. El contraste entre el rumbo del Reino Unido y la situación española alimenta la polémica.
Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis, ha subrayado que lo sucedido en el Reino Unido demuestra que cuando la política se apoya en la evidencia científica, el cambio es posible. Esta visión refleja el sentir de muchas organizaciones que consideran insuficiente la actual Ley de Bienestar Animal de 2023.
Aunque la normativa española supuso un avance, distintos colectivos animalistas critican que no aborda de forma contundente la explotación de los galgos. Se habla de un marco legal con vacíos importantes, especialmente en lo relativo al seguimiento de perros retirados, la cría intensiva y el control efectivo de las competiciones.
Mientras otros países caminan hacia un modelo de “residuo cero” en maltrato deportivo, España continúa celebrando campeonatos oficiales y pruebas federadas que generan un importante volumen económico, pero dejan a los animales en una situación muy vulnerable cuando ya no son rentables.

Cómo funcionan las carreras de galgos y quién las regula en España
En España, las carreras de galgos se celebran tanto en pistas (canódromos) como en el campo, donde se compite normalmente persiguiendo una liebre mecánica o real. Pese a la caída de popularidad en las últimas décadas, sigue siendo un sector con peso económico y un fuerte arraigo en determinadas zonas rurales. En algunos lugares se organizan competiciones específicas como la copa de galgos en campo abierto que mantienen viva la tradición en el medio rural.
La organización de estos eventos recae en entidades como la Federación Española de Galgos y en algunas comunidades en la Real Sociedad Canina de España, que marcan normativas sobre cría, licencias, características de las pistas y pautas de bienestar mínimas para entrenadores y propietarios.
Sin embargo, numerosos defensores de los derechos de los animales cuestionan que estos organismos tengan realmente capacidad, recursos e independencia suficientes para garantizar una protección efectiva. Denuncian falta de controles, sanciones escasas y un sistema donde el interés deportivo y económico prima sobre el bienestar.
Detrás del espectáculo y de los campeonatos televisados hay una realidad incómoda: miles de galgos se convierten en “excedente” cada año cuando resultan lesionados, no rinden lo esperado o simplemente ya no aportan beneficios en las apuestas o en la caza.
Escala de la industria: cría masiva e importaciones
Una de las claves para entender el problema es la dimensión de la cría y del flujo de animales asociados a las carreras. En el caso español, se calcula que aproximadamente un 30 % de los galgos que compiten son de cría local, mientras que la mayoría son importados desde Portugal y varios países de Europa del Este.
El galgo español, como raza, goza de prestigio y tradición cinegética, y está reconocido oficialmente por la Real Sociedad Canina de España. Además, su papel en la competición le sitúa entre los perros más rápidos del mundo, lo que explica la presión por obtener ejemplares cada vez más veloces.
El drama de los perros excedentes y los que “desaparecen”
Diversos informes apuntan a que la industria de las carreras en España genera un excedente anual cercano a los 10.000 galgos, entre perros retirados, lesionados o considerados poco aptos para competir. De ellos, más de 3.000 quedan “sin control”, sin que exista información clara sobre su destino.
Muchos de esos perros ni siquiera llegan a debutar en una pista: son descartados antes de tiempo por no alcanzar los niveles de rendimiento exigidos. El hecho de que desaparezcan sin registro real de adopción, traslado o defunción plantea un grave problema de transparencia y bienestar.
La edad de retirada de los galgos de éxito suele estar entre los cuatro y seis años, una etapa en la que todavía son animales jóvenes. Pero los considerados inservibles pueden ser apartados del circuito a partir del año de vida, cuando les quedarían muchos años por delante como potenciales compañeros de familia.
Estos perros son extremadamente sensibles, afectuosos y adaptables, pero solo si se les ofrece la oportunidad. Sin un sistema sólido de adopción y acompañamiento, quedan expuestos al abandono, al sacrificio o a condiciones de vida muy precarias.
Lesiones, eutanasias y cachorros sacrificados
Las cifras de siniestralidad también son preocupantes. Se calcula que en España se producen en torno a 3.000 lesiones en pistas de carreras cada año. En teoría, la presencia de veterinarios debería garantizar una atención rápida y adecuada, pero la realidad es que las decisiones se toman muchas veces con la calculadora en la mano.
En no pocos casos, entrenadores y propietarios optan por la eutanasia de perros con daños tratables, porque el coste de la recuperación no compensa frente a la posibilidad de sustituir al animal por otro joven y sano. Esto convierte a los galgos en piezas desechables de un engranaje económico.
La situación es aún más dura en la fase de cría. Organizaciones de protección animal estiman que hasta 8.000 cachorros son sacrificados al año por no considerarse “válidos” para la competición. La selección extrema de ejemplares deja por el camino a miles de perros que nunca llegan a tener una oportunidad.
Más allá de los números, ese modelo plantea una cuestión ética de fondo: ¿es admisible producir y descartar vidas a gran escala para mantener una industria de ocio y apuestas? La respuesta de muchos países comienza a ser claramente negativa.
Realidad del maltrato: dopaje, entrenamientos extremos y crueldad
Detrás de las carreras no solo hay problemas estructurales, sino casos documentados de maltrato grave que salen a la luz cada cierto tiempo. Desde entrenamientos brutales hasta escenas de abandono y ejecuciones crueles, el panorama es mucho más oscuro de lo que sugieren las imágenes oficiales.
En algunos circuitos se ha denunciado el uso de animales vivos como señuelo durante el adiestramiento, así como la administración sistemática de sustancias dopantes para exprimir al máximo la velocidad de los galgos. Hablamos de productos como arsénico, estricnina, cocaína, efedrina, anabolizantes, cardiotónicos y combinaciones de fármacos de origen dudoso.
Este cóctel químico genera graves secuelas en órganos como el hígado, los riñones o el sistema nervioso. Para “compensar”, algunos entrenadores recurren a lavados con sueros y protocolos improvisados que no hacen sino agravar el deterioro de la salud de los animales.
Otras prácticas de adiestramiento incluyen estimulación eléctrica, castigos con látigo o privación de comida para volver más agresivos a perros que, por naturaleza, suelen ser dóciles y tranquilos. Se intenta forzar una mentalidad de “máquina de correr” que rompe su equilibrio emocional.
Cuando dejan de servir: abandono y violencia extrema
Uno de los aspectos más desgarradores es el destino de los galgos que ya no son rentables para competir o para la caza. En España y en otros países con tradición galguera se han documentado casos de perros colgados, arrojados a pozos, quemados vivos o rociados con ácido.
Las protectoras encuentran con frecuencia animales con daños renales, neurológicos y motrices severos, fruto de años de explotación, dopaje y abandono. Muchos llegan desnutridos, aterrados y completamente desorientados respecto a la vida en un hogar.
La imagen romántica del “deporte tradicional” se desploma cuando se conocen estas historias. Los galgos, que podrían ser compañeros ideales para familias tranquilas, terminan siendo tratados como herramientas desechables una vez superan su pico de rendimiento.
Este contraste entre el discurso oficial y la realidad documentada alimenta la exigencia de una respuesta institucional mucho más firme, que ponga en primer plano el bienestar animal por encima de la costumbre o del atractivo turístico de ciertos campeonatos.
Casos concretos: del campeonato de España a la prohibición en Argentina
La celebración del LXXXVII Campeonato de España de Galgos en Madrigal de las Altas Torres (Ávila), con amplio respaldo institucional y patrocinio de grandes marcas, ha sido uno de los episodios más polémicos recientes. Para muchos activistas, constituye la prueba de que las administraciones todavía legitiman un sistema basado en el sufrimiento. Eventos relacionados como la Supercopa de Galgos de Castilla y León muestran el peso institucional que siguen teniendo estas competiciones.
La presencia de representantes de la Consejería de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural y el apoyo de sellos comerciales como Tierra de Sabor otorgan una imagen de normalidad a un evento que, según sus críticos, se sostiene sobre abandono, dopaje y crueldad sistemática. Lo que para algunos es folklore deportivo, para otros es maltrato institucionalizado.
En el otro extremo, Argentina ofrece un ejemplo de respuesta legislativa contundente. En 2016, el Congreso aprobó por amplia mayoría una ley que prohíbe las carreras de galgos en todo el país, con penas de hasta 4 años de cárcel y multas significativas para quienes las organicen o promuevan.
Aun así, la realidad muestra que las actividades ilegales no han desaparecido por completo. Se han detectado carreras clandestinas convocadas a través de redes sociales, en las que se utiliza el sistema de “yunta”: se sueltan perros por parejas en el campo, sin liebre mecánica ni gateras, simulando jornadas de caza para esquivar la ley. La reciente caída de una red de carreras clandestinas de galgos evidencia que estas prácticas persisten y requieren vigilancia.
También se han reportado casos donde la caza de liebres con galgos, prohibida en determinadas provincias como Buenos Aires, sirve de tapadera para carreras encubiertas. Esto evidencia que, además de leyes claras, hacen falta vigilancia, recursos y denuncias ciudadanas para erradicar por completo estas prácticas.
El papel de la ciudadanía: adopción, denuncia y cambio de mentalidad
Ante este panorama, la implicación social es clave. Una de las formas más directas de ayudar es apostar por la adopción de galgos retirados en lugar de comprar perros a criadores. Muchos refugios y asociaciones especializadas trabajan a diario para rehabilitar física y emocionalmente a estos animales.
Los galgos suelen ser perros muy cariñosos, tranquilos y adaptables, que encajan bien en hogares donde se valore la calma y los paseos regulares. Eso sí, a menudo necesitan un periodo de adaptación para aprender a vivir en un entorno doméstico, ya que muchos nunca han conocido un sofá, unas escaleras o una ciudad; por eso es útil contar con consejos para educar al galgo que faciliten su integración.
Otra herramienta poderosa es apoyar a grupos y campañas que exigen reformas de calado en la industria de las carreras. Ya sea mediante donaciones, voluntariado o difusión en redes sociales, se puede contribuir a que el tema siga presente en la agenda pública y política.
En países como Argentina, las autoridades han habilitado canales concretos, como la línea telefónica 134, para denunciar carreras ilegales de galgos. Llamar cuando se detecta una actividad de este tipo puede marcar la diferencia para muchos animales atrapados en este circuito de maltrato.
Por último, compartir información veraz con amigos y familiares ayuda a desmontar mitos sobre el “deporte” y la “tradición”, mostrando la cara oculta de las carreras. Cambiar la mirada social es un paso imprescindible para que las leyes avancen y se cumplan.
Todo lo que rodea a las carreras de galgos retrata un conflicto profundo entre costumbres arraigadas, intereses económicos y respeto a los seres sintientes. Las prohibiciones en lugares como Escocia, Gales o Argentina, las cifras de lesiones y abandonos en España y los testimonios de maltrato revelan que seguir considerando a estos perros como simples herramientas deportivas tiene un coste demasiado alto. La creciente presión social, el trabajo de las protectoras y la apuesta por la adopción apuntan hacia un modelo donde los galgos puedan ser, por fin, reconocidos como compañeros de vida y no como piezas de usar y tirar.