La caza de la becada con setter inglés tiene algo especial que engancha a quien la prueba: bosques cerrados, mañanas frías, perros trabajando al límite y esa incertidumbre constante de no saber en qué mata espesa saltará la reina del bosque. No es una modalidad para impacientes; exige calma, afición y una enorme confianza en el perro, que es, sin ninguna duda, el auténtico protagonista.
En España, y muy especialmente en zonas becaderas como el Principado de Asturias, la pasión por esta caza se vive con una mezcla de tradición y tecnología. Campanillas, collares becaderos, GPS, años de selección de líneas de sangre de setter inglés y cazadores que se dejan la piel en cada jornada dan forma a una modalidad que tiene tanto de técnica como de romanticismo.
Caza de la becada con setter inglés: una modalidad muy particular

La becada (Scolopax rusticola) es conocida entre los aficionados como la reina del bosque y no es una exageración. Se trata de un ave esquiva, que aprovecha como pocas la espesura del monte y que obliga al cazador y al perro a darlo todo en cada jornada. Su comportamiento desconfiado y sus querencias tan cambiantes hacen que ninguna salida sea igual a la anterior.
El setter inglés se ha ganado un lugar de honor en esta modalidad porque combina elegancia, nariz fina y resistencia física. En media Europa es el perro más utilizado para la becada, y en España domina con claridad en las zonas de mayor tradición, como los montes asturianos, cántabros o gallegos. Su capacidad para rastrear amplias zonas, mantener una muestra sólida y adaptarse a terrenos difíciles lo convierten en un aliado perfecto.
En lugares como la Reserva Regional de Caza del Sueve, en Asturias, la becada encuentra refugio, alimentación y tranquilidad cuando llega desde el norte de Europa tras la migración. Estos montes, con su combinación de prados, bosques de hoja caduca y matorral, son un escenario ideal para disfrutar de jornadas intensas tras las sorda, como muchos cazadores locales las llaman coloquialmente.
Muchos aficionados, desde muy jóvenes, se han sentido atraídos por esta modalidad de forma casi autodidacta. La curva de aprendizaje es larga: hay que conocer el terreno, interpretar el viento, entender los movimientos de la becada y, sobre todo, aprender a leer al perro. El cazador que se engancha a la becada acaba organizando todo su calendario cinegético en función de sus llegadas y movimientos.
En la caza de becadas, más que en casi ninguna otra caza menor, el peso recae en el perro. Sin un buen perro de muestra, la mayoría de estas aves se quedarían invisibles entre la maleza. De ahí que muchos cazadores consideren que sin perros sencillamente no habría caza, y que todo gire en torno a su cría, selección y entrenamiento.
El papel protagonista del setter inglés en la becada

El setter inglés especializado en becadas no es solo un perro bonito con un trote elegante; es una auténtica máquina de cazar. Las mejores líneas destacan por su pasión desbordante por buscar, su capacidad física casi inagotable y una cabeza fría que les permite interpretar rastros débiles, giros de viento y escapes sigilosos de las becadas.
Cazadores con experiencia, como algunos de los más conocidos en Asturias, han pasado años criando y seleccionando perros específicamente orientados a la sorda. No se trata únicamente de belleza o pedigree, sino de comprobar sobre el terreno qué ejemplares son capaces de trabajar muchas horas, mantener la concentración y, sobre todo, bloquear becadas en situaciones complicadas: humedad, niebla, terreno encharcado, desniveles, bosque cerrado o claros con vegetación muy alta.
Un buen ejemplo de ello son perras como Asia de los tres diamantes, citada por algunos cazadores como un animal incansable. Estos perros llegan a mostrar un repertorio físico espectacular, moviéndose con soltura por barrancos, escobas, helechales y zonas de arbolado espeso. Lo que pasa por su cabeza, como suelen decir sus dueños, es básicamente encontrar becadas y nada más.
La combinación ideal en un setter becadero es un cóctel de pasión, inteligencia e interpretación del terreno. La pasión les empuja a no rendirse aunque el día esté duro y haya pocas aves; la inteligencia les ayuda a aprovechar mejor el viento, guardar energía y trabajar zonas con más probabilidad; y la interpretación les permite leer rastros y movimientos sutiles, adelantándose muchas veces a las escapadas de la becada.
Escoger un buen perro becadero, sin embargo, no es tarea sencilla. Entre setter inglés y otras razas de muestra, cada cachorro evoluciona a su ritmo: hay perros que apuntan maneras desde muy jóvenes y otros que tardan más en despuntar. Algunos cazadores insisten en que, aunque a determinadas edades se intuyen cualidades, hasta que el perro no suma varias temporadas con becadas por delante no se sabe realmente el techo que tiene.
Selección, cría y entrenamiento del setter para becadas

Para los verdaderos apasionados, la cría y la educación del perro son el centro de todo. La escopeta, el cartucho o el propio cupo de becadas pasan a ser secundarios frente al proceso de ver cómo un cachorro se convierte en un auténtico perro de becadas. Cada camada se planifica buscando mejorar, fijar cualidades y corregir posibles carencias en nariz, mentalidad o resistencia.
La selección suele apoyarse en líneas de sangre contrastadas, con padres y abuelos que han demostrado sobradamente su calidad en el monte. Pero más allá del papel, el cazador observa mucho: cómo se abre el perro en el terreno, si aprovecha bien el viento, si mantiene la concentración, si muestra con firmeza o si se desanima cuando la jornada está floja. Todo esto ayuda a tomar decisiones futuras de cría.
En cuanto al adiestramiento, se empieza con nociones básicas de obediencia y manejo, para luego introducir poco a poco al perro en el mundo real de la becada. Al principio, las salidas al monte son cortas y más enfocadas a que el joven setter explore, gane confianza y aprenda a moverse con su guía. Con el tiempo se incrementa la dificultad, se le enfrenta a terrenos más sucios y se le va corrigiendo con calma para evitar vicios como perseguir demasiado o forzar la muestra.
El equilibro entre dejar que el perro piense y marcarle unas normas claras es fundamental. Un buen becadero necesita criterio propio: no basta con que obedezca órdenes, tiene que atreverse a investigar, abrirse al bosque, insistir en las zonas donde el olor le dice que hay algo raro. El cazador, por su parte, debe aprender a leer sus cambios de actitud: cuándo el perro se afina, cuándo duda, cuándo se empapa de emanaciones.
Hay cazadores que disfrutan tanto del trabajo con los perros que confiesan sin rodeos que, si no hubiera perros, para ellos no habría caza. Toda la temporada gira alrededor de los entrenamientos, de las puestas a punto, de ver cómo un cachorro progresa y, finalmente, de comprobar si es capaz de bloquear becadas en todo tipo de terrenos y situaciones. La becada, al final, se convierte casi en una excusa para sacar lo mejor de cada perro.
Tradición, tecnología y collares becaderos
La forma de localizar y seguir a los perros de becadas ha cambiado mucho en pocos años. Antaño, muchos cazadores se apañaban con una simple campanilla en el cuello del perro. El sonido metálico, constante mientras el perro se movía y silencioso en la muestra, servía de referencia en los montes espesos. Bastaba un silencio repentino para que el cazador entendiera que el perro se había plantado y que, muy probablemente, al otro lado de unas zarzas estaba la becada.
Con el tiempo llegaron los llamados collares becaderos, dispositivos específicos para perros de caza que utilizan señales acústicas y, en muchos casos, también tecnológicas más avanzadas. Suelen fabricarse en colores muy vivos, como el amarillo o el naranja fluorescente, para que el perro sea más visible entre la maleza y, además, son resistentes al agua y a las inclemencias meteorológicas típicas de la temporada de becadas.
Estos collares permiten configurar distintos modos de trabajo: algunos emiten un sonido cuando el perro está en movimiento y cambian el tono o la cadencia cuando se para en muestra; otros solo avisan cuando el perro se queda inmóvil. Además, en el mercado encontramos modelos con beeper clásico, con aviso de movimiento, collares que incorporan vibración silenciosa, señales luminosas mediante LED o incluso sistemas que integran GPS para conocer la posición exacta del perro.
Una de las ventajas de los modelos más completos es la posibilidad de personalizar tonos y señales para cada perro. Así, cuando cazas con varios setters o con compañeros que también llevan sus perros, puedes identificar rápidamente quién está en muestra y en qué dirección. En jornadas largas y con monte cerrado, esta información puede marcar la diferencia entre llegar a tiempo a la muestra o perder la ocasión.
La proliferación de dispositivos ha venido acompañada de normativas de tráfico y seguridad que han generado cierta polémica entre los cazadores. La obligatoriedad de algunos aparatos para la circulación o el traslado de perros ha sido incluso motivo de bromas e ironías por parte de cazadores del Principado de Asturias, que comentan con sorna el alto coste de según qué artilugios y la necesidad de agudizar el ingenio para sacarles el máximo partido, dentro y fuera del monte.
Jornadas de becada: escenarios y protagonistas
Al margen de la tecnología, lo que realmente da sentido a la caza de la becada con setter inglés son las jornadas vividas en el monte. Fincas de caza como la espléndida Valle Cupola en Italia muestran muy bien, en reportajes audiovisuales, la intensidad de estas salidas. En ellas se ve a cazadores como Alessandro acompañado por su amigo Federico Mencucci en plena acción tras la reina del bosque, dejando claro que los grandes protagonistas de la película son los perros.
En España, el trabajo de redacción y de producción audiovisual de profesionales especializados en caza mayor, pesca y mundo taurino ha ayudado a difundir esta modalidad. Algunos redactores, licenciados en Periodismo y con una clara sensibilidad por la narrativa visual, se han convertido en voces reconocibles en plataformas de contenidos cinegéticos. Su experiencia combinando prensa escrita y documental ha permitido contar la caza de becadas con profundidad, mostrando tanto el esfuerzo físico como la carga emocional de cada jornada.
Estas producciones suelen seguir a cazadores locales en enclaves míticos como la Reserva del Sueve o montes cercanos, documentando cómo preparan los perros, cómo planifican las batidas del terreno y cómo reaccionan ante el más mínimo gesto del setter. En muchos casos, los espectadores descubren gracias a ellas lo compleja que es realmente esta modalidad, muy alejada del tópico de un simple paseo por el bosque con escopeta.
En los documentales y reportajes se aprecia muy bien el papel de los perros como auténticos atletas del monte. Durante horas, a menudo bajo lluvia o niebla, los setters recorren laderas, fondos de valle y bosques cerrados. De repente, bajan el ritmo, se tensan, clavan la nariz al viento y se quedan inmóviles: la muestra. El cazador, agotado, deja de pensar en el cansancio y se centra solo en llegar con calma, colocar bien los pies y romper la maleza con la esperanza de levantar a la esquiva becada.
La becada, por su parte, rara vez lo pone fácil. Muchas se escabullen a pie, corriendo entre la maleza antes de levantar el vuelo, otras se arrancan tan cerca del cazador que apenas hay margen de reacción. Los perros, con los años, aprenden a anticipar estas tretas, cerrando el espacio o moviéndose con una delicadeza extrema para evitar que el ave se escape antes de tiempo.
Cazadores, experiencias y aprendizaje constante
Perfiles como el de algunos conocidos becaderos asturianos reflejan el camino de muchos aficionados que empezaron desde muy pequeños, casi por intuición, en la caza de la becada. Al no tener siempre un maestro directo, han recorrido un camino un tanto autodidacta, cometiendo errores y aprendiendo de cada jornada. Con el paso de los años, esa experiencia acumulada se convierte en un auténtico máster sobre la especie y sobre el trabajo de los perros.
En entrevistas y documentales, estos cazadores suelen insistir en una idea: todo gira en torno al perro. Preparan la temporada pensando en su forma física, en el calendario de entrenamientos, en la recuperación tras cada salida y en las pequeñas lesiones que puedan surgir. La escopeta y la munición son casi lo de menos frente a la satisfacción de ver a su setter trabajar bien y disfrutar en el monte.
Muchos de ellos destacan una o dos perras muy especiales a lo largo de su vida de cazadores, ejemplares como Asia de los tres diamantes, que dejan una huella imborrable. Son perros que, por su pundonor, su lectura del terreno y su inteligencia, marcan un antes y un después en la afición del cazador. Cuando un animal así es capaz de bloquear becadas en toda clase de terreno, en días malos y buenos, con viento cambiante o lluvia fina, se convierte casi en un miembro más de la familia.
El propio carácter de la becada obliga al cazador a estar siempre reciclándose. Los cambios de clima, las variaciones de querencias año tras año, la presión cinegética o la disponibilidad de alimento hacen que lo aprendido una temporada no valga exactamente igual para la siguiente. De ahí que se hable tanto de intuición, de experiencia y de horas de monte como escuela principal.
Además, la caza de la becada con setter inglés tiene una fuerte carga emocional. Hay jornadas duras en las que no se ve una sola pieza, salidas en las que el perro trabaja perfecto pero el cazador falla los tiros, y otras en las que todo encaja: la llegada de las becadas migratorias, el viento perfecto, los perros afinados y un par de lances limpios que se quedan grabados para siempre. Esa mezcla de esfuerzo, incertidumbre y recompensa es lo que, para muchos, hace que esta modalidad sea casi una forma de vida.
Mirando todo lo anterior, la caza de la becada con setter inglés aparece como una modalidad intensamente ligada al terreno, a los perros y a la evolución de la propia afición: desde las viejas campanillas hasta los modernos collares becaderos con GPS, desde los cazadores autodidactas de los montes asturianos hasta las fincas centroeuropeas donde se graban jornadas espectaculares, todo gira en torno a un mismo eje: la relación entre el cazador, su setter y la reina del bosque, una relación que se construye con paciencia, respeto y muchas horas de monte compartidas.