A la hora de educar al perro tendemos a hacerlo en negativo casi sin darnos cuenta. Nos resulta mucho más fácil señalar aquello que ha hecho mal que animarlo y reforzar los comportamientos adecuados, para que estos cobren mucha más presencia en su día a día. La educación en positivo ha demostrado ser muy fiable y eficaz, y además ayuda a que el vínculo entre el perro y el dueño sea más sólido, equilibrado y basado en la confianza.
Si nos pasamos el día corrigiendo o castigando al perro, lo más probable es que el animal evite muchas situaciones o actúe por miedo, pero no tendremos con él la suficiente confianza para que haga algo porque sabe que está bien o que va a recibir un premio que lo motive. Estas dos corrientes de enseñanza se han utilizado a lo largo del tiempo, pero la experiencia y la ciencia del comportamiento muestran que la educación en positivo crea perros mucho más seguros de sí mismos, emocionalmente estables y que confían en las personas.
Educar al perro en positivo supone premiarle cuando hace lo que deseamos que haga. Es fundamental entender que el perro aprende por asociación: aquello que le aporta consecuencias agradables tenderá a repetirse. Por ello, es bueno comenzar a practicar en lugares en los que no tenga distracciones. No podemos culparle por no acudir cuando lo llamamos en un entorno lleno de olores y otros animales si antes no hemos practicado suficientemente la llamada en contextos sencillos.
Lo que hay que hacer es entrenar en casa y premiarlo cuando acuda a nuestra llamada. Primero se pueden usar golosinas muy apetecibles, luego juegos o caricias, hasta que acuda porque su asociación con ese aprendizaje es algo bueno y predecible. Este mismo enfoque se aplica a otros comportamientos básicos como sentarse, permanecer quieto o caminar sin tirar de la correa: cuanto más claras y coherentes sean nuestras recompensas, más rápido consolidará el aprendizaje.
Evitar el castigo también es clave, ya que la educación en negativo a veces solo provoca rechazo y desconfianza en el perro. Si no viene cuando lo llamamos, y cuando por fin acude lo regañamos por tardar, él solo va a asociar que al acercarse a su guía se llevará una reprimenda, por lo que no va a querer volver a hacerlo. Es más, en ocasiones esto puede llegar a confundirlos y generar estrés, miedo o conductas defensivas que complican aún más la convivencia.
La educación en positivo se apoya en varios principios fundamentales. El primero es el refuerzo positivo, es decir, premiar el buen comportamiento para que se repita. El segundo es la ausencia de dolor y miedo: no se utilizan collares de ahorque, de pinchos o descargas, ni gritos ni castigos físicos. Además, se tiene muy en cuenta el bienestar emocional del perro, su lenguaje corporal y sus necesidades físicas, cognitivas y sociales, adaptando el entrenamiento para que se sienta seguro y pueda aprender con calma.
Otro pilar de este enfoque es el vínculo afectivo. Un perro que se siente comprendido, respetado y reforzado de manera coherente aprende a confiar en su familia humana y a cooperar con ella. Esto se traduce en mejores resultados a largo plazo: los comportamientos se mantienen en el tiempo porque el perro ha aprendido que son la mejor opción, no porque tema las consecuencias de equivocarse.
Cuando se educa en positivo, también se presta atención a cómo se manejan los errores. En lugar de castigar, se trabaja para prevenir las situaciones difíciles, enseñar conductas alternativas incompatibles con el problema (por ejemplo, enseñar a sentarse en lugar de saltar sobre las visitas) e ignorar, cuando es posible, aquellas conductas que no queremos reforzar. De este modo, se guía al perro hacia lo que sí debe hacer, en vez de centrarse únicamente en lo que no debe hacer.
¿Qué es exactamente la educación en positivo para perros?
La educación en positivo para perros es un enfoque de adiestramiento basado en el refuerzo de los comportamientos adecuados en lugar de la corrección mediante castigos. Procede de los estudios de la psicología del aprendizaje y se ha ido adaptando al mundo canino por parte de educadores que apuestan por métodos respetuosos. En la práctica, consiste en observar qué hace bien el perro, marcar ese comportamiento (con la voz, con un «sí», o con un clicker) y ofrecer un premio justo a continuación para que entienda qué acción le ha generado esa consecuencia agradable.
A diferencia de los métodos tradicionales, que a menudo se basan en imponer jerarquía o en el uso de herramientas aversivas, la educación en positivo se centra en motivar al perro con aquello que más le gusta: comida, juguetes, juego social o contacto físico. De esta forma, el perro participa activamente en el aprendizaje, muestra más iniciativa y disfruta de las sesiones de entrenamiento, algo fundamental para que el aprendizaje sea sólido y duradero.
Entre sus beneficios destacan la reducción del estrés, la facilidad para generalizar comportamientos a distintos contextos y una convivencia más fluida: un perro que entiende lo que se espera de él y recibe refuerzos por ello tiende a mostrar menos conductas problemáticas. Además, este tipo de educación es especialmente recomendable para perros sensibles, adoptados o con experiencias previas negativas, ya que evita añadir más miedo a su historial.
Cómo aplicar la educación en positivo paso a paso
Para que la educación en positivo funcione, es importante cuidar algunos detalles. En primer lugar, conviene elegir muy bien el tipo de recompensa: algunos perros se motivan más por la comida, otros por un juguete o por unos segundos de juego, y otros disfrutan especialmente de las caricias y palabras amables. Identificar qué prefiere nuestro perro nos ayudará a que el entrenamiento sea más eficaz.
Otro aspecto clave es el momento del refuerzo. El premio debe llegar inmediatamente después de la conducta que queremos reforzar, para que el perro pueda asociar con claridad qué ha hecho bien. Por ejemplo, si practicamos la llamada, es importante premiar en cuanto llegue hasta nosotros, y no varios segundos después, cuando ya esté oliendo el suelo o mirando a otro lugar.
Al principio es recomendable entrenar en un entorno tranquilo y sin distracciones, como una habitación de casa o un patio cerrado. A medida que el perro entienda las órdenes básicas, se puede ir aumentando progresivamente la dificultad del entorno: cambiar de habitación, practicar en el pasillo, en el portal, en la calle poco transitada y, por último, en zonas con más estímulos. De este modo, el perro aprenderá a responder incluso cuando haya otros perros, personas u olores interesantes.
También es importante ser constantes y coherentes con las señales que usamos. Utilizar siempre las mismas palabras y gestos para cada conducta (por ejemplo, «ven» para la llamada, «sienta» para sentarse) evita confusiones. Si varias personas conviven con el perro, es buena idea acordar previamente qué palabras se van a usar para cada orden y qué tipo de premios se ofrecerán.
Con el tiempo, podemos ir espaciando las recompensas en forma de comida y mantener el buen comportamiento mediante elogios y contacto social. Así, el perro seguirá realizando la conducta aunque no reciba siempre una golosina: sabrá que a veces llegará un premio especial y que, en cualquier caso, su guía estará satisfecho con él.
Errores frecuentes y por qué evitar el castigo
Un error muy habitual es llamar al perro solo para cosas desagradables (bañarlo, terminar el juego, ponerle la correa y volver a casa) o regañarlo cuando por fin viene. En estos casos, la llamada deja de ser algo positivo para el perro y tenderá a ignorarla cada vez más. Para que la educación en positivo funcione, la mayoría de las veces que escuche su nombre y la señal de llamada deberían ir seguidas de algo agradable para él.
Otro fallo común es castigar sin enseñar previamente qué es lo que esperamos. Por ejemplo, reñir porque tira de la correa cuando nunca se le ha enseñado a caminar cerca de la persona o a controlar su entusiasmo en la calle. Desde el enfoque en positivo, el esfuerzo se dirige a enseñar conductas alternativas (caminar a nuestro lado, sentarse para saludar, mirar a la persona ante un estímulo) y reforzarlas tantas veces como sea necesario para que se conviertan en hábito.
Los castigos físicos, los gritos o los tirones de correa pueden provocar que el perro deje de hacer una conducta en ese momento, pero a costa de aumentar su miedo y desconfianza. A la larga, esto puede derivar en problemas más graves, como ansiedad, agresividad por miedo o bloqueo, y dañar seriamente la relación con su familia. Además, el castigo no le indica al perro qué debería hacer en su lugar, por lo que es frecuente que aparezcan nuevas conductas indeseadas.
Optar por la educación en positivo significa apostar por un aprendizaje más lento en algunos casos, pero mucho más estable y respetuoso. Requiere paciencia, observación y compromiso por parte de la persona, pero los resultados compensan: perros más tranquilos, que se sienten comprendidos, y una convivencia más fácil y gratificante para todos los miembros del hogar.
Adoptar este enfoque no solo mejora el comportamiento del perro, también invita a las personas a desarrollar empatía, autocontrol y coherencia en su forma de relacionarse con otros seres vivos, algo que termina repercutiendo positivamente en su día a día dentro y fuera del ámbito canino.


