Quien comparte piso con un perro suele fijarse en los pelos en el sofá o en el suelo, pero lo que apenas se ve es cómo ese compañero de cuatro patas cambia el aire que respiramos dentro de casa. Un trabajo reciente de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), una de las instituciones de referencia en Europa, ha puesto números a algo que hasta ahora solo se intuía: los perros influyen de forma clara en la calidad del aire en interiores.
El estudio, realizado en condiciones muy controladas, muestra que la presencia de perros altera la mezcla de gases, partículas y microorganismos en espacios cerrados, incluso cuando la ventilación es adecuada. Esto no significa necesariamente que tener perro sea malo para la salud, pero sí obliga a mirar la convivencia en casa desde una perspectiva algo distinta, más ligada a la química y la microbiología del hogar.
El aire interior, mucho más que aire del exterior filtrado
Según los investigadores, el aire de una vivienda tiene una composición propia, distinta a la del exterior, fruto de las actividades diarias (cocinar, limpiar, ventilar poco o mucho) y de quién ocupa el espacio, ya sean personas o mascotas. No se trata solo de aire que entra por la ventana y se queda ahí: se transforma continuamente.
Una parte importante de esa transformación la provocan los ocupantes humanos, que liberan células de la piel, fibras de la ropa, microorganismos, dióxido de carbono (CO₂) y pequeñas cantidades de amoniaco y compuestos orgánicos volátiles. Hasta ahora, casi toda la investigación se había centrado en este papel de las personas y en otros focos clásicos de contaminación doméstica, como los productos de limpieza o la cocina.
El trabajo de la EPFL da un giro a esa mirada y incorpora al perro como un actor más en la química cotidiana de los interiores. Algo relevante si se tiene en cuenta que en países europeos con mucha cultura de mascota, como Suiza o España, millones de perros comparten vivienda con sus dueños y pasan buena parte del día en espacios cerrados.
Los autores explican que los resultados permiten añadir por primera vez “factores de emisión” de los perros a los modelos que simulan la calidad del aire de viviendas reales. Esto ayudará a estimar mejor a qué están expuestos los habitantes de un piso o una casa cuando comparten su salón o dormitorio con uno o varios canes.

CO₂ y amoniaco: perros y personas emiten cantidades similares
Uno de los aspectos que midió el equipo fue la emisión de gases como el dióxido de carbono y el amoniaco por parte de los perros, comparándola con la de humanos en las mismas condiciones. El CO₂ es el gas que exhalamos al respirar, mientras que el amoniaco se genera en pequeñas cantidades al digerir proteínas y puede liberarse a través de la respiración o de la piel.
Los resultados apuntan a que, en términos globales, los perros emiten aproximadamente la misma cantidad de CO₂ que una persona. De hecho, un perro grande —como un mastín o un terranova— puede producir tanto dióxido de carbono como un adulto en reposo sentado en el sofá. Esto sitúa a los canes, sobre todo a los de gran tamaño, como una fuente nada despreciable de este gas en interiores.
En cuanto al amoniaco, el estudio muestra que las cantidades totales liberadas por perros y humanos son parecidas, aunque con matices importantes. La razón es que, para una misma cantidad de CO₂ exhalado, la proporción de amoniaco en los perros es mayor que en las personas.
Los investigadores señalan que esta diferencia se explica probablemente por la dieta más rica en proteínas de los perros, su metabolismo específico y su patrón de respiración. Los canes tienden a jadear para regular la temperatura corporal, pero también pasan muchas horas durmiendo, con una respiración más lenta e irregular, lo que al final del día equilibra el total de gases emitidos.
Desde el punto de vista de la calidad del aire, estos datos ayudan a entender cómo se suma la contribución de los perros a la carga de gases en el hogar, algo que puede ser relevante en pisos pequeños, con poca ventilación o donde conviven varios animales junto a sus dueños.
“Bocanadas” de partículas: polvo, polen y microbios que viajan en el pelo
Donde los perros marcan la mayor diferencia es en el terreno de las partículas en suspensión. El experimento revela que el movimiento de los perros dentro de una habitación dispara pequeñas “ráfagas” de partículas sólidas y líquidas al aire, especialmente cuando se sacuden, se rascan o reciben caricias, algo más notable en razas más activas.
En esas partículas viaja de todo: polvo, polen, restos de plantas, fragmentos de piel, pelaje de los perros y una notable cantidad de microorganismos. Los sensores instalados por el equipo detectaban picos de contaminación cada vez que los animales cambiaban de postura, se ponían a jugar o interactuaban con la persona que los acompañaba.
El estudio pone cifras a este efecto: los perros de mayor tamaño emitieron entre dos y cuatro veces más microorganismos que los humanos presentes en la misma estancia. Esto se debe, en buena medida, a la superficie de pelaje y a la capacidad del perro para actuar como vehículo de lo que recoge en la calle o el parque.
Muchas de estas partículas procedentes de los perros son fluorescentes, es decir, brillan ligeramente cuando se exponen a luz ultravioleta, una señal típica de su origen biológico. En términos de microbiología, el resultado es un aire interior con una diversidad de microbios más amplia cuando hay perros presentes.
Los científicos subrayan que esta variedad microbiana no tiene por qué ser negativa. Otros trabajos sugieren que la exposición a una mayor diversidad de microorganismos puede ayudar a entrenar el sistema inmunitario, sobre todo en la infancia. Sin embargo, aún se desconoce con precisión cómo influye en la salud de cada persona, ya que la respuesta puede cambiar mucho de un individuo a otro.
Perros como “portadores móviles” dentro de casa
Desde una perspectiva científica, los datos refuerzan la idea de que los perros actúan como auténticos “transportistas” de material biológico en espacios interiores. Cada paseo al exterior y cada vuelta al hogar se convierte en un pequeño intercambio invisible entre el entorno urbano o natural y el salón o el pasillo.
Al caminar por la calle, tumbarse en el césped o merodear por un parque, los perros acumulan en su pelaje partículas de origen muy diverso, que luego se redistribuyen cuando se mueven por el interior. Ese vaivén continuo contribuye a que el aire de casa incluya componentes que, de otro modo, quizá apenas entrarían o lo harían en menor cantidad.
El estudio también destaca el papel de las actividades cotidianas entre perro y dueño. Las caricias, los juegos suaves en el salón o simplemente cambiar al animal de habitación bastan para que la concentración de partículas aumente de forma detectable durante unos instantes.
De esta manera, el perro no solo añade sus propios restos biológicos al aire, sino que redistribuye el polvo ya depositado en muebles, suelos o alfombras. Cada sacudida puede levantar partículas que llevaban tiempo acumuladas en rincones y superficies y devolverlas a la fracción del aire que respiramos.
Para los especialistas en calidad del aire, comprender este mecanismo es clave para afinar modelos de exposición y, a medio plazo, plantear pautas más ajustadas de ventilación, limpieza o diseño de viviendas donde conviven mascotas y personas.
El papel del ozono y las caricias en la química del hogar
Más allá de las partículas y los gases que emiten directamente, los perros también intervienen en reacciones químicas secundarias dentro de casa. Un ejemplo claro es el comportamiento del ozono, un contaminante que puede entrar desde el exterior y que no permanece intacto mucho tiempo en interiores.
Cuando el ozono entra en contacto con la piel humana, reacciona con determinadas grasas, como el escualeno, generando nuevos compuestos químicos como aldehídos, cetonas y partículas muy finas. Estos productos secundarios forman parte de la compleja mezcla de sustancias presentes en el aire interior de una vivienda ocupada.
Los perros, a diferencia de las personas, no producen escualeno de manera natural. Sin embargo, esa diferencia no los deja fuera del juego químico. Al acariciar a un perro, el humano deja restos de su propia piel y de las grasas que contiene sobre el pelaje del animal, creando una fina película que sí puede reaccionar con el ozono.
El estudio detectó que, pese a todas las caricias recibidas, los perros generaron de media alrededor de un 40 % menos de derivados del ozono que los humanos. Es decir, intervienen en estas reacciones, pero con menor intensidad que una persona en la misma habitación.
Esta vía de interacción —el binomio humano-perro-ozono— apenas se había considerado hasta ahora en los modelos clásicos de calidad del aire en interiores. Los autores señalan que tener en cuenta esta química compartida permitirá describir mejor cómo se forman ciertos contaminantes secundarios en el hogar y qué papel tiene la convivencia con mascotas en ese proceso.
Un experimento en cámara ambiental para aislar el efecto de los perros
Para poder atribuir los cambios en el aire exclusivamente a los perros, el equipo de la EPFL trabajó en una cámara ambiental altamente controlada, situada en Friburgo (Suiza). Se trata de una instalación diseñada para imitar una estancia normal, pero con un control muy estricto sobre la temperatura, la humedad y la filtración del aire.
Al mantener constantes estos parámetros y filtrar el aire de entrada, cualquier variación detectada por los instrumentos podía asociarse con claridad a la presencia y actividad de los animales y de sus acompañantes humanos. Así, se minimizan interferencias de tráfico, clima o contaminantes exteriores.
El diseño del estudio incluyó dos grupos de perros: tres ejemplares grandes y cuatro pequeños, en este caso chihuahuas. Todos estaban acostumbrados a relacionarse entre ellos y acudieron acompañados de una persona conocida, con el fin de reducir al máximo su nivel de estrés dentro de la cámara.
Durante las sesiones, se alternaron periodos de descanso con fases de interacción suave, en las que los perros se movían, jugaban de forma tranquila y recibían caricias. De este modo, los investigadores pudieron observar cómo variaba la calidad del aire casi en tiempo real en función de lo que hacía cada animal.
Además de medir gases y partículas de distinto tamaño, el equipo analizó la presencia de microorganismos y el comportamiento de ciertas reacciones químicas, construyendo un panorama bastante completo de cómo un perro transforma el ambiente de una habitación cerrada.
Este trabajo se publicó en la revista especializada Environmental Science & Technology bajo el título “Our Best Friends: How Dogs Alter Indoor Air Quality” y está firmado, entre otros, por el profesor Dusan Licina, responsable del Laboratorio de Entornos Construidos Orientados al Ser Humano (HOBEL) de la EPFL.
En conjunto, los resultados muestran que convivir con perros implica respirar un aire interior diferente, con una combinación particular de gases, partículas y microbios vinculados a la presencia y actividad de los animales. Esto no convierte al perro en un “enemigo” de la calidad del aire, pero sí invita a tenerlo en cuenta al planificar la ventilación, la limpieza y el diseño de los espacios domésticos, especialmente en hogares europeos donde compartir sofá con una mascota es ya parte de la vida cotidiana.