Todos hemos escuchado alguna vez que tener un perro o un gato es el remedio definitivo contra la ansiedad. La idea de que nuestras mascotas actúan como una especie de parachoques emocional ante los problemas del trabajo o las facturas está muy arraigada en nuestra cultura popular, pero los últimos datos científicos sugieren que deberíamos ver esta relación con otros ojos para no llevarnos decepciones.
Una reciente investigación llevada a cabo por expertos europeos de The Open University ha analizado a fondo cómo influye la presencia de estos animales en el bienestar emocional de sus dueños en su vida cotidiana. Aunque es innegable que nos aportan compañía y alegría, los resultados indican que no funcionan exactamente como un escudo capaz de neutralizar el estrés en el preciso instante en el que este aparece.
Una investigación basada en datos reales y cotidianos
Para no quedarse solo en la teoría de laboratorio, los responsables del estudio realizaron un seguimiento exhaustivo a cientos de personas en los Países Bajos y Bélgica. Los participantes recibían una decena de avisos diarios en sus teléfonos móviles para registrar qué estaban sintiendo y si estaban interactuando con su mascota en ese momento, lo que permitió reunir casi 8.000 informes de experiencias reales y dinámicas.
Al analizar toda esa montaña de información, el equipo dirigido por la doctora Mayke Janssens se dio cuenta de que el bienestar emocional general mejora al convivir con animales, pero la capacidad de amortiguar las tensiones diarias no es el mecanismo principal que lo explica. Es decir, que por mucho que acariciemos a nuestro perro durante un pico de nerviosismo, la ciencia dice que eso no va a rebajar automáticamente nuestra respuesta negativa ante el problema que nos agobia.
El sorprendente caso de los gatos
Uno de los puntos que más ha dado que hablar en este estudio publicado en Frontiers in Psychology es el comportamiento de los dueños de gatos. Mientras que con los perros la interacción simplemente no variaba el nivel de estrés, en el caso de los felinos se observó que un contacto intenso podía estar asociado a un aumento del malestar emocional cuando el dueño ya estaba estresado de por sí.
Esto no significa que los gatos tengan un efecto perjudicial por naturaleza, ni mucho menos, sino que su forma de interactuar suele ser más pasiva y tranquila. Los investigadores barajan la hipótesis de que, en momentos de máxima tensión, las necesidades de apoyo de una persona podrían no encajar con la respuesta que ofrece un gato, generando una pequeña fricción emocional que no ayuda precisamente a calmar los ánimos en ese momento crítico.
Más que una terapia, una compañía de vida
A pesar de que estos datos puedan parecer un poco decepcionantes para los amantes de los animales, no hay que caer en el error de pensar que tener mascota no sirve de nada. La realidad reflejada en el estudio es que las personas que viven con animales reportan momentos de mayor felicidad y menos soledad a lo largo del día, lo cual es fundamental para mantener una buena salud mental a largo plazo y una rutina equilibrada.
Al final, la clave de todo este asunto está en entender que nuestros perros y gatos nos regalan rutinas, afecto y una conexión única, pero no son sustitutos de herramientas psicológicas profesionales ni de estrategias de gestión emocional. Apreciar a nuestros animales por lo que son, unos compañeros de vida estupendos que nos sacan una sonrisa, es mucho más realista que cargar sobre sus lomos la responsabilidad de curar todo nuestro estrés cotidiano de un plumazo.
Contar con un peludo en casa sigue siendo una de las experiencias más gratificantes para cualquier persona en España o en cualquier rincón del mundo, siempre y cuando entendamos que su papel es el de acompañarnos. Aunque la ciencia haya demostrado que no son un bálsamo mágico contra el estrés inmediato, su capacidad para generar picos de felicidad diaria y combatir el sentimiento de aislamiento sigue siendo un valor incalculable que justifica de sobra cada paseo y cada rato de juegos compartidos.