
No podemos negar que entre un perro y los seres humanos que conviven con él suele formarse una conexión especial. De ahí que muchas veces encontremos parecidos asombrosos entre los canes y sus dueños, tanto en su forma de ser como en pequeños gestos cotidianos. Con todo ello, vemos que la teoría que nos dice que el perro transmite información sobre nosotros es cierta y cada vez está más apoyada por estudios de psicología y neurociencia.
Y es que la compatibilidad perro-humano de la que hablábamos tiene como resultado diferentes consecuencias. Así, el carácter de estos animales se ve fuertemente influido por el nuestro, y viceversa. Por no hablar de lo que el hecho de decantarnos por una mascota u otra dice sobre nosotros: personalidad, estilo de vida, necesidades emocionales, incluso cómo queremos que nos vea el mundo. Así lo indican varios estudios realizados por algunos expertos.
Lo que revela la elección de tu perro

Un ejemplo es el llevado a cabo por el psicólogo Richard Wiseman, según el cual los distintos tipos de mascotas están asociados a determinadas clases de personalidad. Indica, además, que los seres humanos atribuyen un carácter a sus perros que en realidad es el reflejo de su propia forma de ser: «Si conoces a alguien que tiene un perro y quieres entrever su personalidad en tan solo unos segundos, pídele que describa la personalidad de su can», explica. Esa descripción suele contener muchas de las cualidades que la persona admira o cree tener.
Otra investigación es la realizada por la British Psychological Society, que reforzaba la idea de que podemos conocer la personalidad de alguien a través de su perro, pues dicho estudio afirma que elegimos a las mascotas que son parecidas a nosotros. También asocia determinadas razas a algunos caracteres concretos; por ejemplo, se cree que las personas extrovertidas se decantan por perros pastores como el Collie o el Pastor Alemán, mientras que las personas tranquilas optan por el Labrador o el Golden Retriever. Quienes prefieren razas muy activas y trabajadoras suelen disfrutar de los retos y la competencia, mientras que los amantes de perros más calmados valoran la armonía y la estabilidad en su día a día.
Otros trabajos de psicólogos especializados en comportamiento humano han observado que, más allá de la raza concreta, las personas tienden a elegir perros cuyo nivel de energía, sociabilidad y sensibilidad encaja con el suyo. Así, quienes son muy activos se sienten más cómodos con perros que disfrutan de largos paseos y actividades, mientras que las personas caseras suelen preferir perros que valoren el contacto tranquilo y las siestas en el sofá.
Tu perro como espejo emocional y social

Más allá de la elección inicial, la forma en que interactuamos con nuestro perro también dice mucho de nosotros. Las personas que dedican tiempo a entrenar, jugar y enseñar trucos suelen disfrutar de los desafíos y del aprendizaje continuo. Quienes convierten a su perro en un auténtico miembro de la familia, lleno de juguetes, camitas y detalles, a menudo expresan así su deseo de cuidado y de ser cuidados.
En muchos casos, el perro se convierte en una proyección de cómo queremos ser vistos. Alguien que elige un perro grande y protector puede desear transmitir fortaleza y seguridad, mientras que quien opta por un perro pequeño, llamativo o de aspecto muy particular puede estar buscando resaltar su originalidad y singularidad. También influyen factores como el entorno social o el nivel socioeconómico, ya que ciertas razas, accesorios y hasta los nombres que elegimos comunican información sobre gustos, aspiraciones y estilo de vida.
Además, numerosos estudios muestran que perros y humanos sincronizan sus emociones. Tu perro puede llegar a reflejar tu estado de ánimo, tus miedos y tus momentos de calma. Observando si es un animal confiado, temeroso, muy apegado o independiente, podemos detectar aspectos de nuestra propia manera de relacionarnos con los demás. De hecho, muchas personas encuentran en su perro un apoyo frente a la soledad, el estrés o las pérdidas, lo que revela una fuerte necesidad de conexión emocional segura.
Lo que la ciencia sabe del cerebro del perro

El psicólogo social Jonathan Haidt fue aún más lejos, llegando a afirmar que existe una relación entre nuestra mascota y nuestra ideología política. Según él, las personas liberales prefieren perros educados, mientras que las de carácter conservador optan por canes obedientes y leales. Más allá de estar o no de acuerdo con esta clasificación, lo interesante es que refuerza la idea de que el perro se escoge también en función de valores y creencias profundas.
La neurociencia ha comenzado a explicar por qué percibimos este vínculo tan intenso. Investigaciones con resonancia magnética funcional han demostrado que los perros son capaces de formar imágenes mentales, activar áreas cerebrales relacionadas con la memoria y el afecto cuando huelen a sus dueños, y procesar nuestras voces y expresiones faciales de una manera similar a como lo hace un niño pequeño. Esto confirma que nuestro perro no solo reacciona a nuestra presencia física, sino también a nuestros estados internos y emociones.
También se ha visto que las zonas de recompensa del cerebro del perro se activan tanto con la comida como con las caricias y la atención de su humano. Este hallazgo refuerza la idea de que en el vínculo perro-persona hay algo más que intercambio de cuidados materiales: existe un componente de afecto auténtico y preferencia social por su familia humana.
¿Es una ciencia exacta lo que tu perro dice sobre ti?

En realidad, todas estas teorías no constituyen una ciencia exacta, pero no podemos negar el hecho de que, al establecer una relación estrecha con nuestro perro, influimos sobre él y viceversa. La raza, el tamaño o el color del pelaje no determinan al cien por cien el carácter, pero sí nos dan pistas sobre lo que una persona busca en su compañero. El resto lo construyen el entorno, la educación, las experiencias compartidas y la calidad del vínculo.
Es cierto que el can puede reflejar nuestra personalidad a través de su carácter, de cómo se relaciona con otros perros y personas, y de la forma en que responde a los cambios del entorno. Al mismo tiempo, vivir con un perro nos moldea: nos hace más responsables, empáticos y conscientes de nuestras propias emociones. El perro se convierte así en un animal capaz de hacer uso de una extraordinaria empatía y, también, en un espejo viviente que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos.
