El caso Vivotecnia llega a juicio: claves de un proceso histórico por maltrato animal

  • El 7 y 8 de mayo se celebra en Madrid el juicio penal por el caso Vivotecnia contra dos exempleados del laboratorio.
  • Las acusaciones se basan en imágenes grabadas de forma encubierta que mostraban presunto maltrato a animales de experimentación.
  • La Fiscalía solicita penas de prisión e inhabilitación para trabajar con animales, mientras la empresa queda fuera como responsable penal.
  • El caso reabre el debate en España y Europa sobre los límites legales y éticos de la experimentación animal.

Juicio caso Vivotecnia maltrato animal

El llamado caso Vivotecnia afronta por fin su momento decisivo. Tras años de investigaciones, informes periciales y un intenso debate social, el proceso por presunto maltrato animal en este laboratorio madrileño se sentará en el banquillo en los próximos días. Lo que empezó con unas grabaciones encubiertas dentro de las instalaciones de Tres Cantos ha terminado convertido en uno de los procedimientos más simbólicos sobre la experimentación con animales en España.

En este juicio no solo se dirime la posible responsabilidad penal de dos técnicos, sino que se pone bajo el foco todo un sistema que permite causar dolor y sufrimiento a animales con fines científicos bajo determinadas condiciones. Lo que ocurra en la sala del Juzgado de lo Penal de Madrid será observado de cerca por organizaciones animalistas, juristas, instituciones públicas y parte de la ciudadanía que ha seguido el caso desde que las imágenes salieron a la luz en 2021.

Fechas, acusados y peticiones de pena

Vivotecnia juicio por experimentación con animales

El juicio oral está señalado para los días 7 y 8 de mayo en Madrid. En el banquillo se sentarán dos exempleados del laboratorio Vivotecnia, identificados como Rubén C.M. y Carlos M.L., ambos técnicos que trabajaban directamente con animales de experimentación en el centro de Tres Cantos (Comunidad de Madrid).

La Fiscalía solicita para ellos penas de un año y once meses de prisión, respectivamente, por un delito de maltrato animal. Además, pide su inhabilitación para trabajar con animales y para tenerlos en su poder durante periodos de tres años en el caso de uno de los acusados y dos años y medio para el otro. No se trata, por tanto, de un procedimiento menor, ya que incluye la posibilidad real de ingreso en prisión y la prohibición de volver a ejercer actividades relacionadas con animales.

Las acusaciones populares, entre las que se encuentran Cruelty Free International (CFI), el Partido Animalista PACMA y la Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales (FAADA), intentaron que la empresa Vivotecnia figurase como responsable civil subsidiaria, de forma que pudiera responder económicamente por los daños causados. Sin embargo, esta pretensión no ha prosperado para esta vista oral, lo que refuerza la sensación de que el proceso se centra en dos trabajadores concretos y no en la estructura empresarial que los empleaba.

Para algunos colectivos animalistas, esta configuración refuerza el relato de las «manzanas podridas»: se apunta a dos personas como únicas responsables de lo ocurrido, mientras la compañía y quienes ocupaban cargos de máxima responsabilidad quedan fuera del banquillo y acudirán al juicio solo como testigos.

Las grabaciones encubiertas que destaparon el escándalo

El origen del caso se remonta a las imágenes grabadas por una trabajadora que se infiltró en Vivotecnia y permaneció allí alrededor de 18 meses, documentando lo que, según las acusaciones, eran prácticas sistemáticas de maltrato hacia los animales utilizados en los ensayos. Esta activista cedió posteriormente el material a Cruelty Free International, que hizo públicos los vídeos en abril de 2021.

En los documentos audiovisuales se observaban, entre otros comportamientos, golpes, movimientos bruscos, burlas e insultos dirigidos a los animales. Los vídeos mostraban también procedimientos especialmente dolorosos que, según las acusaciones, se efectuaban sin las medidas de sedación y analgesia exigidas por la normativa española y europea en materia de bienestar animal en la experimentación.

Durante la fase de investigación, la identidad de la persona que grabó las imágenes se mantuvo como la de una testigo protegida. Sin embargo, perderá esta condición al llegar el juicio oral, un cambio que refuerza la trascendencia procesal de su declaración. Colectivos y expertos en derecho animal subrayan que sin la decisión de esta trabajadora de documentar durante dos años lo que ocurría tras las puertas del laboratorio, este procedimiento simplemente no existiría.

Las imágenes se convirtieron rápidamente en uno de los episodios de maltrato animal en laboratorio más mediáticos en España, impulsando protestas, campañas en redes sociales y manifestaciones impulsadas por organizaciones animalistas dentro y fuera de la Comunidad de Madrid.

Reacción institucional y medidas en el laboratorio

La repercusión pública fue inmediata. Pocos días después de hacerse públicos los vídeos, la Comunidad de Madrid decidió suspender la actividad investigadora de Vivotecnia y prohibir la puesta en marcha de nuevos proyectos con animales en el centro de Tres Cantos. La decisión supuso un fuerte golpe para el laboratorio, cuya imagen quedó gravemente dañada.

Sin embargo, estas restricciones no se mantuvieron de forma indefinida. Tras una inspección y la introducción de medidas correctoras —como la instalación de cámaras de seguridad adicionales y una supervisión veterinaria reforzada—, la Administración autonómica permitió la reanudación de la actividad a partir de junio de ese mismo año. Este levantamiento parcial de la suspensión fue criticado por varias organizaciones animalistas, que consideraban insuficientes las garantías ofrecidas y reclamaban el cierre definitivo del centro.

En paralelo, el caso abrió un debate en el ámbito judicial y político sobre hasta qué punto el sistema de control actual es capaz de detectar y frenar a tiempo posibles abusos en los laboratorios. Para algunas voces del sector jurídico, el caso Vivotecnia refleja la dificultad de abordar de forma penal situaciones que, en parte, están amparadas por autorizaciones administrativas y por una normativa que admite un determinado grado de sufrimiento animal siempre que exista una finalidad científica.

Qué se juzga exactamente en el caso Vivotecnia

Pese a la dureza del conjunto de las imágenes difundidas, el juicio que ahora comienza se centrará en dos hechos concretos atribuidos a los exempleados. Según el relato acusatorio, uno de ellos habría administrado un agente eutanásico a un conejo sin que el animal estuviera debidamente sedado. Además, el animal se encontraría en un cepo mal cerrado, por lo que, al recibir la inyección, habría caído al suelo sufriendo espasmos hasta su muerte.

El segundo de los acusados se enfrentará a cargos por la supuesta realización de punciones en el globo ocular de pequeños roedores para la extracción de sangre, sin la anestesia previa que exige la regulación vigente. Se trata de una técnica excepcionalmente dolorosa, cuyo uso está estrictamente limitado y condicionado al cumplimiento de protocolos de sedación y control del sufrimiento.

El resto de conductas visibles en los vídeos, por crudas que resulten para el público general, han quedado fuera del ámbito penal por considerarse que entran dentro de los parámetros legales de la experimentación con animales en centros autorizados. Este punto resulta especialmente polémico para las asociaciones de defensa animal, que sostienen que la propia industria se ampara en conceptos como «bienestar» o «protocolos» para legitimar prácticas que, a su juicio, representan maltrato estructural.

Varios colectivos critican que, mientras las grabaciones muestran un ambiente donde, según ellos, el sufrimiento era sistemático y la falta de empatía se habría normalizado, sean únicamente dos técnicos quienes se sienten ante el juez. Para estos grupos, la responsabilidad debería alcanzar a la empresa, a los responsables de su Comité Ético y a quienes supervisaban el cumplimiento de la normativa en el centro.

El encaje jurídico: entre lo permitido y lo punible

Más allá de los hechos concretos, el caso Vivotecnia expone una de las contradicciones más llamativas del sistema jurídico español y europeo. Por un lado, existe una idea socialmente extendida de que el maltrato animal está prohibido en todas sus formas. Por otro, la legislación admite expresamente que se pueda causar dolor, estrés, lesiones e incluso la muerte a determinados animales siempre que haya una finalidad científica, biomédica o educativa y se respeten ciertos límites.

En España, el marco aplicable en este proceso es el antiguo artículo 337 del Código Penal, en la redacción vigente en el momento de los hechos, que incorporaba el término «injustificadamente». Esa palabra clave implica que determinadas conductas que generan sufrimiento a animales pueden considerarse justificadas cuando están amparadas por el derecho administrativo, por ejemplo, en experimentación científica, ganadería industrial o espectáculos taurinos.

En el ámbito concreto de los animales de laboratorio, la actividad se rige por la Directiva 2010/63/UE y, en España, por el Real Decreto 53/2013, que fijan las normas básicas de protección de los animales utilizados en experimentación y otros fines científicos, incluida la docencia. Según las acusaciones, los exempleados habrían vulnerado precisamente este real decreto al realizar procedimientos dolorosos sin la sedación exigida, superando los límites que la norma considera tolerables.

La clave jurídica del procedimiento radica en demostrar que no se trata del sufrimiento «intrínseco» asociado a la finalidad experimental, sino de un exceso no permitido respecto de lo legalmente tolerado. Es decir, que los acusados habrían rebasado las condiciones reguladas para la experimentación, transformando una práctica autorizada en un delito de maltrato animal.

Un caso que trasciende el laboratorio de Tres Cantos

El impacto de Vivotecnia ha traspasado con creces las paredes del laboratorio madrileño. Organizaciones de derechos animales subrayan que las escenas grabadas en Tres Cantos recuerdan a otros casos documentados en laboratorios de Reino Unido, Alemania, Francia o Estados Unidos, donde investigaciones encubiertas han exhibido también imágenes de sufrimiento intenso en animales de experimentación.

Para estos colectivos, Vivotecnia no sería una anomalía aislada, sino un ejemplo más de un modelo de industria que trata a los animales como recursos disponibles y prescindibles. Según esta visión crítica, en ese entorno tiende a progresar quien consigue anestesiar su empatía hacia los animales, mientras queda relegado quien muestra alguna preocupación por su bienestar real. De ahí que hablen de un problema estructural más que de unas pocas conductas puntuales.

La propia Unión Europea, que en 2013 prohibió la experimentación con animales para fines cosméticos, mantiene no obstante un marco regulador que permite su uso en investigación biomédica, toxicológica y otros campos científicos. El juicio en Madrid vuelve a situar sobre la mesa el debate sobre hasta qué punto es aceptable este modelo y si la sociedad está dispuesta a revisar el grado de sufrimiento que asume como «precio» por determinados avances.

Filósofos como Peter Singer ya plantearon hace décadas la pregunta de por qué el sufrimiento de un animal debería importar menos por el simple hecho de no pertenecer a nuestra especie. El caso Vivotecnia, con sus imágenes y el proceso judicial que ahora comienza, vuelve a poner ese interrogante en el centro del debate público en España.

El papel de la denunciante y de las organizaciones animalistas

Otra de las dimensiones destacadas del caso es la figura de la trabajadora que decidió grabar durante dos años lo que veía a diario en el laboratorio. Su decisión de no mirar hacia otro lado, pese a las dificultades personales y profesionales que conlleva una infiltración de este tipo, ha sido subrayada como un ejemplo de cómo grandes cambios jurídicos y sociales suelen empezar por la conciencia individual de una sola persona.

Colectivos como PACMA, FAADA o la campaña «Cerremos Vivotecnia por los Animales», impulsada por la Asamblea Antiespecista de Madrid, consideran que la publicación de las imágenes fue el verdadero punto de inflexión del caso. Para estos grupos, la relevancia principal no se limita a la sentencia que se dicte, sino a que la sociedad tuviera que posicionarse ante lo que estaba viendo y cuestionar si ese trato a los animales es aceptable, aunque cuente con el respaldo de autorizaciones oficiales.

Desde PACMA, su portavoz Yolanda Morales ha señalado que el despido de los dos trabajadores no es «suficiente» y ha puesto en duda que el resto de la plantilla y los responsables del laboratorio desconocieran las prácticas grabadas. El partido mantiene una postura muy crítica respecto a la experimentación con animales y recela de que este juicio marque un verdadero antes y después en la materia, aunque considera imprescindible aprovecharlo para abrir un debate más amplio.

Para la Asamblea Antiespecista de Madrid, el sistema judicial español, al igual que otros, es «profundamente especista» y tiende a proteger la actividad de granjas, laboratorios y otros centros donde se explota a animales, al tiempo que persigue a activistas cuando entiende que ponen en riesgo intereses empresariales. En este contexto, insisten en que el caso Vivotecnia debe ser visto como una oportunidad para cuestionar el modelo de investigación vigente y pensar en alternativas científicas que no impliquen el uso de animales.

Movilizaciones y seguimiento social del juicio

El desarrollo de la vista oral no solo se seguirá desde los medios y las redes sociales, sino también a pie de calle. Diversas organizaciones han convocado concentraciones a las puertas del Juzgado de lo Penal donde tendrá lugar el juicio. El objetivo es visibilizar que, para una parte de la ciudadanía, lo que está en juego va más allá del futuro penal de dos exempleados.

Entre las convocatorias anunciadas figuran protestas los días 7 y 8 de mayo a primera hora de la mañana, coincidiendo con el inicio de las sesiones, y una manifestación en el centro de Madrid que partirá de la calle Atocha y terminará en la plaza de Ópera. Estas acciones buscan mantener el caso en la agenda pública y recordar que, pase lo que pase en la sala, el debate social sobre el uso de animales en laboratorios sigue abierto.

Las organizaciones convocantes insisten en que el juicio supone una «nueva oportunidad para reactivar el debate social» y para que los medios continúen informando sobre un asunto que, según recalcan, suele quedar al margen de la atención pública porque ocurre lejos de la vista de la mayoría de la población.

Junto con las protestas, varias entidades han intensificado sus campañas informativas sobre alternativas a la experimentación animal, la certificación de productos no testados en animales y la necesidad de reforzar los estándares éticos y de transparencia en investigación, tanto en España como en el resto de Europa.

Las organizaciones convocantes insisten en que el juicio supone una «nueva oportunidad para reactivar el debate social» y para que los medios continúen informando sobre un asunto que, según recalcan, suele quedar al margen de la atención pública porque ocurre lejos de la vista de la mayoría de la población.

Un antes y un después en la percepción pública del maltrato animal

Desde el ámbito jurídico, quienes han trabajado en el procedimiento destacan que casos como el de Vivotecnia marcan a quienes los llevan más allá del plano profesional. Abogadas implicadas en el proceso reconocen que, desde que conocieron las imágenes y los testimonios, ya no pueden mirar del mismo modo a perros de raza beagle, conejos u otros animales que suelen emplearse en laboratorios, ni siquiera a ciertos números de identificación que aparecían en las jaulas, convertidos ahora en símbolos de una realidad difícil de olvidar.

El caso también ha obligado a muchas personas a revisar la idea de que en España el maltrato animal está completamente prohibido. La constatación de que el propio ordenamiento contempla excepciones amplias —para la experimentación científica, la ganadería o los espectáculos taurinos, entre otros— ha generado un debate sobre si esas actividades deberían seguir considerándose socialmente aceptables o si ha llegado el momento de replantear sus límites.

Al mismo tiempo, el procedimiento ha servido para recordar que detrás de cada medicamento, prueba toxicológica o producto que llega al mercado puede haber animales cuyo sufrimiento resulta invisible para el consumidor. De ahí que muchas organizaciones insistan en la importancia de que las decisiones cotidianas —como elegir productos certificados como no testados en animales— tengan en cuenta este tipo de información.

Aunque es posible que el fallo judicial no colme las expectativas de todos los sectores implicados, diversos actores coinciden en que el derecho, aun llegando a veces tarde o de forma limitada, conserva una función esencial: obligar a mirar de frente realidades que habitualmente se mantienen fuera del foco. Para muchos, ese es ya uno de los principales efectos del proceso Vivotecnia, más allá del castigo que finalmente se imponga o no a los acusados.

Con el juicio a punto de comenzar, el caso Vivotecnia se ha consolidado como un símbolo de las tensiones entre ciencia, ética y protección animal en España y en Europa. Lo que se dilucida estos días en un juzgado de Madrid no es solo si dos trabajadores concretos vulneraron los límites legales, sino también qué modelo de relación con los animales está dispuesta a asumir nuestra sociedad, qué papel otorga a la transparencia en los laboratorios y hasta qué punto quiere seguir sosteniendo una industria que, aun regulada, descansa sobre el sufrimiento de seres que no tienen voz en los tribunales.

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