Empatía hacia los animales: educación, ciencia y convivencia

  • La empatía hacia los animales se aprende y se refuerza desde la infancia a través de la familia, la escuela y el entorno social.
  • La educación formal incorpora ya la empatía animal en el currículum para prevenir la violencia y fomentar valores prosociales.
  • Los estudios vinculan el maltrato animal con otras formas de violencia, y muestran indicios de empatía en diversas especies.
  • Actividades escolares cotidianas pueden desarrollar respeto y compasión hacia todos los seres vivos y el planeta.

Empatía hacia los animales

Hablar de empatía hacia los animales es hablar de cómo queremos que sea la sociedad en la que vivimos. No es solo sentir ternura por un perro o un gato, sino aprender a ponernos en el lugar de cualquier otro ser, humano o no humano, y actuar en consecuencia. Esta forma de mirar el mundo se construye poco a poco, desde la infancia, y está profundamente relacionada con la manera en que nos relacionamos con el entorno, con la violencia y con la justicia social.

La empatía no aparece de la nada: se aprende, se entrena y se practica día a día. La familia, la escuela, los medios de comunicación y las tradiciones juegan un papel enorme a la hora de enseñar a niños, niñas y adolescentes si los animales son “cosas” de usar y tirar o seres con intereses propios que merecen respeto. Por eso, integrar la empatía hacia los animales en la educación no es una moda, sino una apuesta seria por una convivencia más pacífica y menos violenta.

Qué es realmente la empatía y por qué importa tanto

En psicología suele entenderse la empatía como la capacidad de comprender lo que siente otra persona y mostrarlo en la relación. No es una habilidad mágica ni un rasgo con el que se nazca para siempre: forma parte de la inteligencia emocional y se desarrolla a través de la experiencia, de la reflexión sobre nuestros propios pensamientos (metacognición) y de los modelos que observamos a nuestro alrededor.

Uno de los puntos clave es asumir que “el otro” es distinto a nosotros. Parece obvio, pero no todo el mundo logra salir de su propio ego. El narcisismo, entendido como esa incapacidad para mirar más allá del propio ombligo, dificulta muchísimo la empatía y genera problemas no solo a quien lo sufre, sino también a quienes conviven con esa persona, que se encuentra prácticamente incapacitada para ponerse en la piel de nadie.

La buena noticia es que cualquier habilidad que se adquiere mediante aprendizaje puede planificarse, trabajarse y mejorarse. Si la empatía se aprende, no está “grabada en piedra”. No es una condena nacer con poca empatía: podemos intervenir desde la educación formal y no formal para que esa capacidad florezca.

Cuando somos capaces de detectar que alguien sufre y sabemos cómo consolarle o ayudarle, los conflictos se gestionan de manera más pacífica. La empatía actúa entonces como una auténtica herramienta de protección social: reduce la violencia, previene el acoso y facilita la cooperación. Trasladado al trato con los animales, hablar de empatía implica cuestionar costumbres crueles que se justifican con el típico “siempre se ha hecho así”.

Educación en empatía hacia los animales

El papel del entorno: familia, escuela y sociedad

El entorno en el que crecemos es una pieza imprescindible para que la empatía se desarrolle. La familia, la escuela y el conjunto de la sociedad, tanto a través de la educación formal como de la no formal, contribuyen a que avancemos hacia una comunidad más respetuosa con las personas y con los animales.

En el aula se aprende mucho más que matemáticas o lengua. También se aprenden prejuicios, estereotipos y hábitos de relación. La televisión, el cine, la publicidad y las redes sociales transmiten mensajes machistas, racistas, homófobos o especistas que acaban calando si no se contrarrestan desde casa y desde el colegio. De ahí la importancia de educar desde bien pequeños dos ideas muy claras: nadie es superior por su sexo, su color de piel u otras características, y este planeta no es de uso exclusivo de los humanos.

Asumir que compartimos la Tierra con animales y plantas que también tienen derecho a vivir y ser tenidos en cuenta cambia por completo la mirada. Cuidar el planeta y a todos sus habitantes no es opcional, porque no tenemos un “Planeta B” al que mudarnos. Cuando se enseña a un niño que un insecto, un pájaro o un perro sienten y pueden sufrir, se está construyendo un filtro ético que influirá en cómo tratará a otras personas en el futuro.

Los datos sobre violencia en el entorno escolar muestran que la intervención es urgente: mucha infancia presencia o sufre humillaciones y agresiones. Se ha observado, además, una relación clara entre la ausencia de empatía y conductas violentas, psicopáticas o antisociales. Desarrollar sensibilidad ante el sufrimiento animal es una vía eficaz para frenar el bullying y otras formas de maltrato.

No es casual que asociaciones como la Asociación Parlamentaria en Defensa de los Derechos de los Animales propongan reconocer legalmente a los animales como seres sintientes y no como simples “cosas”, e incorporar la empatía hacia ellos en el currículum educativo como estrategia preventiva del acoso escolar. Cambiar el marco legal ayuda a cambiar también la manera en la que pensamos y educamos.

Niños con animales y empatía

La infancia, la biofilia y la empatía hacia los animales

La infancia se caracteriza por una afinidad natural hacia la naturaleza y los animales. Ese interés espontáneo, a veces llamado biofilia, es un punto de partida excelente para trabajar la empatía. Los más pequeños sienten curiosidad por todo lo que se mueve a su alrededor, y las experiencias intensas y positivas con otros seres vivos dejan una huella muy profunda en su aprendizaje.

Numerosos estudios muestran que las vivencias cargadas de emoción son las que más contribuyen a consolidar conocimientos, habilidades y valores. Si enseñamos a un niño o niña a querer y respetar a otra especie, le resultará mucho más fácil comprender que los demás sienten, que pueden experimentar emociones muy diferentes a las suyas y que, aun así, merecen consideración. Ese “click” emocional es mucho más poderoso que una lección teórica sobre el respeto.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos recuerda a menudo que aprendemos la mayoría de nuestras conductas en los primeros diez años de vida. Si queremos reducir la violencia, hay que empezar por la infancia. La empatía es la chispa que enciende la compasión y nos impulsa a ayudar cuando vemos sufrir a otro; sin esa chispa, el sufrimiento ajeno se vuelve invisible y cualquier forma de maltrato se normaliza.

Varios trabajos científicos han encontrado una fuerte asociación entre maltrato animal en la infancia y violencia interpersonal más adelante. En familias en las que se abusa de niños o niñas, es frecuente encontrar también crueldad hacia los animales. Algunos estudios señalan que en torno a un 88 % de los hogares donde había maltrato infantil aparecían también episodios de violencia contra animales. Además, se ha vinculado este patrón con violencia de género, a veces ejercida indirectamente, utilizando a la mascota como herramienta de control o amenaza.

Expertas en psicología apuntan a diversas causas por las que un menor puede llegar a maltratar a un animal: falta de empatía, haber sido víctima de abusos o abandono, ausencia de una educación que reconozca al animal como ser vivo o simple reproducción de los gestos violentos que ve en casa. Todo ello refuerza la idea de que fomentar la sensibilidad hacia los animales no es “algo accesorio”, sino una pieza central de la prevención de la violencia en general.

Empatía en el reino animal

Empatía en el reino animal: ¿los animales también sienten la nuestra?

Cuando pensamos en empatía solemos imaginar humanos, pero surge una cuestión fascinante: ¿son capaces los animales de sentir empatía entre ellos? En internet abundan vídeos que parecen demostrarlo: un gato que “intenta reanimar” a otro atropellado, un perro que no se separa del cuerpo de su compañero, cetáceos que ayudan a un congénere herido a salir a la superficie… Nuestra reacción inmediata suele ser emocionarnos y atribuirles sentimientos muy parecidos a los nuestros.

Desde un punto de vista científico, la cosa es más complicada. Muchos comportamientos que interpretamos como “llenos de amor” pueden explicarse por mecanismos evolutivos de supervivencia y transmisión de genes. Por ejemplo, un pez cíclido que defiende ferozmente a su prole puede no estar actuando “por amor” en el sentido humano, sino por un impulso adaptativo muy eficiente para asegurar que sus genes pasen a la siguiente generación.

En el estudio de la empatía animal se distingue entre dos componentes: empatía emocional y empatía cognitiva. La empatía emocional sería la capacidad de experimentar el estado emocional de otro (por ejemplo, angustiarse al ver a un compañero asustado), mientras que la empatía cognitiva implica ser capaz de entender el estado mental ajeno (“sé que el otro está sufriendo y actúo para aliviarlo”). Este segundo tipo requiere un nivel de procesamiento mental más complejo.

Para ilustrar la diferencia, imaginemos dos escenas. En la primera, una lagartija ve cómo otra es devorada por un depredador y sale huyendo a toda velocidad. Probablemente no estamos ante un caso de empatía, sino ante una respuesta de supervivencia: percibe peligro y se escapa. En la segunda, un primate ayuda a un compañero con la pierna rota, cargando con él aunque no sea su descendiente directo. Aquí ya podemos sospechar que hay algo más que instinto de conservación genética y que, quizá, ese animal recuerda su propio dolor o anticipa el sufrimiento ajeno.

¿Qué dice la investigación? Desde mediados del siglo XX se han realizado experimentos muy llamativos. Uno de los más conocidos consistió en ofrecer a una rata comida si tiraba de una palanca, sabiendo que, al hacerlo, otra rata recibía una descarga eléctrica visible. En muchos casos, la rata que controlaba la palanca dejaba de pulsarla cuando veía sufrir a su compañera, renunciando a la comida. ¿Lo hacía por empatía o por miedo a que la descarga pudiera afectarle también a ella? El debate sigue abierto, pero estos resultados se consideran uno de los primeros indicios de conductas empáticas en mamíferos no humanos.

Evidencias y límites de la empatía en otras especies

Más allá de los experimentos de laboratorio, en la naturaleza se han descrito comportamientos muy difíciles de explicar si no se admite algún grado de preocupación por el otro. En cetáceos, por ejemplo, se ha observado cómo individuos sanos ayudan a sus compañeros heridos a subir a la superficie para respirar, sosteniéndolos durante largos periodos. Este tipo de conducta conlleva un coste de energía y riesgo, lo que sugiere un componente social y posiblemente empático.

En primates también se han documentado acciones que van más allá del simple intercambio de favores. En un estudio con cercopitecos en cautividad, se ofrecía a los animales la posibilidad de cambiar fichas por comida en una máquina. La mayoría aprendieron el truco sin problemas, pero una hembra nunca logró entender el mecanismo. En varias ocasiones, un macho tomó las fichas de esa hembra, las introdujo en la máquina y le dejó a ella toda la comida. Este gesto, repetido y sin beneficio claro para el macho, se interpreta como un posible indicio de altruismo y empatía.

Existen también observaciones puntuales muy sorprendentes, como hipopótamos que protegen a impalas de ataques de cocodrilos o perros salvajes, incluso arriesgando su vida. Desde un punto de vista puramente evolutivo es complicado justificar que un animal se exponga a un peligro serio para salvar a otro de una especie distinta, sin obtener ningún beneficio evidente.

En el plano neurobiológico, la empatía en humanos se ha relacionado con la activación coordinada de diversas estructuras: tronco encefálico, amígdala, hipotálamo, ganglios basales, ínsula y corteza prefrontal. Muchos mamíferos comparten estructuras cerebrales análogas, lo que abre la puerta a que, al menos en ciertos grupos (primates, cetáceos, carnívoros sociales, roedores), exista algún tipo de experiencia empática. El descubrimiento de las neuronas espejo, que se activan tanto al ejecutar como al observar una acción, refuerza esta posibilidad, sobre todo en primates.

Aun así, no podemos afirmar con total certeza que los animales sientan empatía igual que los humanos. La intencionalidad y la comprensión profunda del estado ajeno son muy difíciles de medir con criterios totalmente objetivos en otras especies. Lo que sí parece claro es que, en determinados mamíferos con sistemas nerviosos complejos, se dan comportamientos congruentes con una forma de empatía, aunque sea parcial o diferente a la nuestra.

La empatía hacia los animales en la escuela: currículum y prácticas

En los últimos años, la educación reglada ha empezado a incorporar de forma explícita la empatía hacia los animales como contenido curricular. En el caso español, la LOMLOE incluye en la enseñanza obligatoria la sensibilización hacia el bienestar animal, utilizándolo como puerta de entrada para trabajar la empatía en general, las habilidades sociales y los valores éticos.

Es fundamental que los centros educativos no se limiten a impartir contenidos teóricos, sino que diseñen actividades que aborden tanto la empatía cognitiva como la emocional. Eso implica adaptar las propuestas a la edad y nivel de maduración del alumnado. Con los más pequeños, por ejemplo, se puede partir de animales domésticos o de su entorno cercano para que descubran cómo viven, qué necesitan y qué les hace daño o les produce bienestar.

A medida que el alumnado crece, tiene sentido introducir animales salvajes, especies en peligro de extinción y problemas globales como la deforestación, la contaminación o el calentamiento del planeta. Estas temáticas permiten conectar la empatía hacia los animales con la sostenibilidad, el consumo responsable y la justicia climática, reforzando un compromiso activo con el cuidado del mundo que compartimos.

Es importante también que el trabajo sobre empatía hacia los animales aparezca de forma transversal en distintas asignaturas, no solo en ciencias naturales o en valores éticos. En matemáticas, por ejemplo, se puede evitar plantear problemas que cosifiquen a los animales, como contar “cuántos animales viven en un zoo”, y optar por enunciados que tomen como contexto la conservación de especies, la esperanza de vida de distintos seres o los efectos de la destrucción de hábitats.

Otra cuestión clave es el tipo de experiencias que se ofrecen al alumnado. Introducir animales en jaulas en el aula o organizar visitas a zoológicos convencionales no son buenas prácticas si el objetivo es desarrollar empatía. Transmiten la idea de que los animales son objetos de exhibición. Resultan mucho más coherentes las visitas a santuarios o refugios de animales, donde se prioriza su bienestar y se explican sus historias de rescate, o las salidas a entornos naturales donde se pueda observar fauna silvestre sin perturbarla.

Cómo inculcar empatía hacia los animales desde el colegio

El patio del cole está lleno de “compañeros” que pasan desapercibidos: pájaros que picotean migas, lagartijas que se esconden en los muros, insectos que van a lo suyo. Muchas veces, ciertas formas de maltrato se han normalizado como si fueran simples juegos: arrancar la cola a una lagartija, pisar hormigas por diversión, perseguir a un gato para asustarlo… Puede parecer poca cosa, pero detrás de esos “juegos” se esconde la idea de que los animales están para entretenernos.

Desde el centro escolar se pueden promover normas y hábitos muy sencillos que marcan la diferencia: no matar insectos ni manipularlos si se les puede hacer daño (hormigas, caracoles, abejas, mariposas…), evitar tirar basura en el patio porque muchos pájaros pueden confundir los plásticos con comida, fomentar el reciclaje y el uso responsable de recursos, y cuidar las plantas de los patios y jardines, que sirven de refugio a multitud de pequeños animales.

En el aula se pueden llevar a cabo dinámicas para desarrollar empatía y, de paso, prevenir el bullying entre iguales. Una idea es trabajar con peluches o muñecos como si fueran mascotas, organizando turnos de “cuidados”: descanso, “paseo”, alimentación imaginaria, limpieza… De esta forma, los niños y niñas aprenden responsabilidad, constancia y atención a las necesidades de otro ser, aunque sea simbólico.

También resulta muy poderoso investigar en grupo sobre animales en peligro de extinción. Con la ayuda de mapas se pueden localizar las zonas donde viven, trabajar conceptos de geografía y elaborar fichas con sus características, curiosidades y las causas de su declive. Ejemplos concretos son los orangutanes afectados por la expansión de plantaciones de aceite de palma, el pez payaso sobreexplotado por modas tras ciertas películas, o los osos polares amenazados por el deshielo del Ártico.

Conviene orientar estas actividades hacia la idea de que las personas tienen capacidad para cambiar las cosas. Es fácil caer en el “yo solo no puedo hacer nada”, pero la realidad es que nadie lucha solo y que, en una sociedad consumista, las decisiones de consumo colectivo tienen impacto. Elegir productos sin aceite de palma, reducir el uso de plásticos, apoyar proyectos de conservación o adoptar en lugar de comprar animales son ejemplos concretos que se pueden explicar a edades distintas.

Otra propuesta interesante es el juego de “ponerse en la piel de…”. El alumnado se imagina siendo un animal concreto y reflexiona sobre cómo le afectan situaciones humanas: una tortuga atrapada en una bolsa de plástico, un pájaro enjaulado frente a otro que vive en libertad, un delfín confinado en un delfinario. A partir de estas imágenes, se puede debatir si los zoos hacen felices a los animales, qué sienten al verse privados de su entorno natural o cómo les impacta la basura en océanos y ríos.

Los colegios pueden apoyarse también en entidades especializadas cuya misión es precisamente fomentar la empatía y la compasión hacia los animales. Asociaciones dedicadas a este fin desarrollan materiales didácticos, charlas y proyectos que ayudan a integrar esta mirada en el día a día del centro, contribuyendo a una cultura escolar más justa, respetuosa y crítica con la violencia en todas sus formas.

Educar la empatía hacia los animales implica, en el fondo, replantearse nuestra relación con cualquier ser que pueda sufrir. Desde las primeras experiencias en la infancia, pasando por el lenguaje que usamos en clase y en casa, hasta las leyes que reconocen a los animales como seres sintientes, todo suma o resta en la construcción de una sociedad menos violenta. Cuando enseñamos a un niño a no hacerle a ningún ser lo que no le gustaría que le hicieran a él, estamos sembrando la base de un mundo más humano… precisamente porque también tiene en cuenta a los que no lo son.

acogida temporal de animales
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