La ciudad de Montreal, en Canadá, aprobó una polémica ley en contra de todos los perros de la raza Pitbull y de otros perros considerados potencialmente peligrosos. Esta normativa se aceleró después de la muerte de una mujer de 55 años tras ser atacada por un perro identificado inicialmente como pitbull. Muchas protectoras, políticos y personas que apoyan a los animales se han manifestado ya en contra de esta ley, que en general resulta controvertida e incluso absurda para quienes defienden a los perros, ya que el ataque de un perro cuyo dueño haya potenciado su lado agresivo no quiere decir que todos estos perros sean peligrosos.
En nuestro país contamos con una ley para PPP o perros potencialmente peligrosos, entre los que se encuentra también esta raza. No obstante, el comportamiento de un solo perro no debe ser un estigma para todos los que pertenecen a la misma raza, acusados de violentos de manera injusta y por pura ignorancia sobre el comportamiento canino. En Montreal, sin embargo, se siguió adelante con una regulación específica para perros de tipo pitbull, enmarcada dentro de lo que internacionalmente se conoce como Breed Specific Legislation (BSL), es decir, leyes dirigidas a razas concretas.
¿Qué implica la prohibición de la raza Pitbull en Montreal?

La nueva ley para estos perros entró en vigor el 3 de octubre, marcando un antes y un después en la ciudad. Desde esa fecha quedó prohibido en los distritos de Montreal comprar o adoptar un perro de tipo Pitbull o similares. Este punto afectó directamente a refugios y protectoras, ya que muchos de estos perros todavía están en perreras esperando un hogar y, debido a la mala fama, les cuesta encontrar familia. La normativa contemplaba incluso el sacrificio de los animales que permanecieran en refugios sin ser adoptados cuando la ley empezara a aplicarse plenamente.
Las protectoras de animales y muchos simpatizantes de los perros comenzaron a protestar ante una medida considerada desproporcionada. Entidades como la SPCA de Montreal llegaron a hacerse cargo de miles de ejemplares, tratando de ponerlos a salvo antes de que el reglamento se aplicara en su totalidad. Su objetivo era evitar el sacrificio masivo de perros catalogados como pitbull por el simple hecho de pertenecer, o parecer pertenecer, a una raza estigmatizada.
Al mismo tiempo, algunos jueces llegaron a suspender temporalmente partes clave de la normativa, dando lugar a una intensa batalla legal. Se argumentó que determinadas cláusulas eran discriminatorias, injustificables e inválidas, al sancionar a todos los perros de tipo pitbull sin tener en cuenta su comportamiento individual. El debate sobre el equilibrio entre seguridad ciudadana y bienestar animal se situó entonces en el centro de la discusión pública.
Este tipo de medidas no sólo afectó a Montreal. En otras provincias canadienses se habían aprobado ya normativas similares que prohibían la tenencia de pitbulls o restringían su presencia en determinadas ciudades. Además, la provincia vecina de Ontario contaba con su propia regulación contra perros de tipo pitbull, lo que generó dudas entre quienes viajaban con sus mascotas sobre cómo interpretar estas reglas.
Obligaciones y requisitos para los dueños de Pitbull
Los dueños de esta raza tuvieron que comenzar a cumplir unas estrictas normas parecidas a las de la ley PPP en nuestro país. Entre los requisitos se incluían la obligación de sacarlos a pasear con bozal, mantenerlos siempre sujetos con correa resistente y registrarlos en un censo especial con microchip identificativo. Además, debían estar esterilizados, tener el calendario de vacunas actualizado y, en muchos casos, era necesario que el propietario superase un control de antecedentes penales y abonase una tasa específica para obtener un permiso especial de tenencia.
Si estas normas se incumplían, el perro podía llegar a ser sacrificado, lo cual supone una medida muy injusta y cruel por parte de las autoridades frente a perros que no han hecho ningún mal. Por la actuación de uno, acababa pagando toda una raza. Esta situación alimentó el sentimiento de que la ley no atacaba la raíz del problema, que suele estar en la falta de educación canina, la negligencia de algunos dueños y la ausencia de controles eficaces sobre la cría y venta de perros.
En este contexto, diferentes colegios de veterinarios y expertos en comportamiento animal recordaron que la raza es un pésimo indicador de la agresividad de un perro. Insistieron en que hay enormes diferencias de comportamiento incluso dentro de la misma raza, y todavía más cuando se trata de mestizos cruzados con otras razas. Factores como la socialización temprana, el estado de salud, el entorno familiar, el manejo del estrés o el tipo de entrenamiento influyen muy por encima de la genética de raza a la hora de predecir un posible ataque.
Por ello, se propusieron medidas alternativas consideradas más eficaces para aumentar la seguridad pública: un mejor control de la cría y venta de perros, la creación de un registro nacional de mascotas y el despliegue de grandes campañas de sensibilización sobre lenguaje canino, tenencia responsable y prevención de la agresividad. Muchas organizaciones subrayaron que, sin atacar estos factores, prohibir una raza concreta sólo desplaza el problema hacia otras razas o tipos de perro.
La historia del caso de Montreal también dejó en evidencia que incluso la identificación del perro agresor puede ser errónea. En algunos análisis posteriores se apuntó a que el animal responsable del ataque que originó la polémica no era un pitbull puro, sino una mezcla de otras razas, lo que refuerza la idea de que basar una ley en la apariencia física de un perro es poco fiable.
Una raza noble marcada por los prejuicios
Más allá de la normativa, muchas personas que conviven con pitbulls defienden que se trata de una raza muy noble, con gran capacidad de vínculo con la familia y un fuerte instinto protector. En algunas épocas llegaron a ser conocidos como «perros niñera», precisamente por su paciencia con los niños y su disposición a seguir de cerca a los miembros más vulnerables del hogar. Cuando se les educa con métodos respetuosos, se socializan adecuadamente y se les da ejercicio y atención, pueden ser perros equilibrados, cariñosos y estables.
Desde siempre, los pitbull han sido catalogados por muchos como perros extremadamente agresivos y peligrosos, pero numerosos estudios y profesionales coinciden en que el verdadero foco está en el humano que los cría y maneja. La elección de métodos de educación basados en el castigo, la falta de socialización, la negligencia, el abuso o incluso la utilización de estos perros para peleas ilegales son factores que aumentan drásticamente el riesgo de comportamientos indeseados.
En países como España, donde también existen regulaciones para PPP, el debate es similar al de Canadá, Estados Unidos o Reino Unido: cómo combinar la protección de la ciudadanía con una normativa justa que no condene a un perro por su apariencia. Las experiencias internacionales con leyes de tipo BSL han demostrado que no hay evidencia sólida de que sean realmente eficaces para reducir el número de ataques, mientras que sí generan problemas de bienestar animal y colapsan a las protectoras que intentan salvar a los perros afectados.
Las recomendaciones de expertos y colegios veterinarios van siempre en la misma línea: centrarse en la responsabilidad del dueño, la formación sobre lenguaje canino, la supervisión de las interacciones con niños, la denuncia de casos de maltrato o entrenamiento para pelear, y el refuerzo de los controles sobre la cría y comercio de perros. De este modo, se protege tanto a las personas como a los propios animales, sin caer en la criminalización automática de una raza.
El caso de la prohibición de la raza pitbull en Montreal se ha convertido en un ejemplo mundial de hasta qué punto las decisiones legislativas pueden chocar con la evidencia científica y con la ética en relación con los animales de compañía. Sirve también para recordar que, detrás de cada titular sobre «perros peligrosos», hay historias individuales de perros equilibrados y familias responsables que sufren las consecuencias de leyes basadas más en el miedo que en los datos.
Todo este debate ha impulsado en muchos lugares un cambio de enfoque, pasando de la simple etiqueta de «raza peligrosa» a hablar de perros agresivos o perros con conductas de riesgo, evaluados caso por caso. Así se contempla no sólo la raza, sino el historial del animal, su manejo, su entorno y las circunstancias concretas de cada incidente, reduciendo el estigma hacia razas como el pitbull y apostando por soluciones más justas y efectivas.
La controversia generada en Montreal alrededor de la prohibición del pitbull muestra que la seguridad y la convivencia con perros se construyen mejor a través de la educación, la prevención y la tenencia responsable que mediante la eliminación de una raza concreta, y recuerda la importancia de no culpar al perro por errores que, casi siempre, tienen origen humano.