La Ciudad de México ha endurecido la prohibición de vender animales vivos en mercados y en la vía pública, con operativos visibles en puntos emblemáticos como el Mercado Sonora. Sin embargo, lejos de desaparecer, el comercio de mascotas en entornos digitales se ha reacomodado con rapidez en el entorno digital, donde apenas hay vigilancia real.
A día de hoy, redes sociales, aplicaciones de mensajería y plataformas de compraventa concentran un mercado paralelo en el que se ofrecen perros, gatos, aves, reptiles e incluso especies protegidas, en una especie de “zona gris” legal donde los anuncios se multiplican sin apenas consecuencias para los vendedores.
De los puestos del mercado a los grupos de Facebook
Desde hace años, la capital mexicana cuenta con una normativa que impide la venta de animales vivos en mercados públicos, puestos callejeros, tiendas departamentales y otros comercios cuyo giro no sea específico de animales. La aplicación de estas reglas se ha dejado notar especialmente en el Mercado Sonora, históricamente señalado por el hacinamiento y el maltrato.
No obstante, esta legislación se diseñó pensando en espacios físicos y apenas contempla el comercio digital. El resultado es que el negocio se ha trasladado a internet, donde se anuncian camadas de cachorros, gatos de raza, aves exóticas, reptiles y pequeños mamíferos sin apenas control sobre su origen ni sobre sus condiciones de vida.
En Facebook, que desde 2018 prohíbe expresamente la venta de animales en sus políticas de comercio, siguen apareciendo publicaciones que bordean las normas. Los vendedores evitan mencionar precios de forma directa, sustituyen términos clave por eufemismos y remiten a grupos cerrados o mensajes privados en WhatsApp para concretar la transacción.
Un ejemplo de este fenómeno son los grupos dedicados a la compraventa de mascotas en barrios concretos de la CDMX, donde se publican fotos de cachorros, descripciones básicas y frases del tipo “lista para nuevo hogar, informes inbox”. De este modo, la red social no detecta fácilmente que se trata de una operación comercial.

La ley de bienestar animal y sus lagunas en el mundo digital
El marco normativo en la capital es claro sobre el papel. La Ley de Protección y Bienestar de los Animales de la Ciudad de México prohíbe la venta de animales en mercados públicos, vía pública, vehículos, grandes superficies y establecimientos cuyo giro principal no sea la comercialización de seres vivos.
Para los negocios que sí están autorizados, la norma fija exigencias estrictas: licencia de funcionamiento, registro ante la Agencia de Atención Animal, supervisión veterinaria periódica, instalaciones adecuadas y obligación de entregar animales esterilizados y debidamente identificados
En la práctica, la mayoría de los anuncios que circulan por redes ni se acercan a estas condiciones. Organizaciones protectoras denuncian que buena parte de los animales ofrecidos en internet proceden de criaderos clandestinos levantados en patios, azoteas o cuartos improvisados, sin control sanitario ni inspecciones oficiales.
En estos espacios, la prioridad suele ser maximizar la producción de cachorros: hembras explotadas con camadas continuas, crías separadas antes de tiempo, endogamia y ausencia total de protocolos veterinarios. El bienestar animal queda relegado respecto al beneficio económico, mientras los compradores rara vez conocen el origen real de la mascota que adquieren.
La falta de una regulación pensada específicamente para el entorno digital permite que este mercado clandestino se mantenga fuera del foco de las autoridades. Aunque puedan existir disposiciones generales sobre maltrato o comercio ilícito, su aplicación a anuncios en redes resulta compleja y, de momento, escasamente efectiva.
Plataformas de compraventa: cientos de anuncios y envíos a todo el país
El fenómeno no se limita a las redes sociales clásicas. En plataformas de compraventa en línea de uso masivo en México se contabilizan centenares de anuncios activos donde se promocionan principalmente razas de perro muy demandadas, pero también gatos “de diseño” y otras especies.
En estos portales, los vendedores detallan precios, razas, supuestas garantías sanitarias, facilidades de pago y envíos nacionales. Se ofrecen plazos con tarjeta de crédito, entregas en puntos acordados e incluso “garantías” de unas semanas, como si se tratara de un electrodoméstico o un aparato electrónico.
Este tipo de dinámica refuerza la percepción de los animales como simples mercancías, más que como seres sintientes con necesidades complejas. Los compradores pueden cerrar una operación en cuestión de minutos, empujados por fotos atractivas, promociones puntuales o la urgencia de “no quedarse sin la oferta”.
Según relatan activistas y rescatistas, es habitual que la persona que adquiere un cachorro a través de estas plataformas apenas reciba información fiable sobre su estado de salud, su procedencia o los cuidados que necesitará a largo plazo. Una vez concluida la venta, muchos vendedores desaparecen de escena, sin asumir responsabilidad ante posibles problemas.
Este circuito digital, que conecta a oferentes de distintos estados con compradores de la CDMX y de otras regiones, hace que el control administrativo sea todavía más complejo. La movilidad de los animales y la fragmentación territorial de las competencias agrava la dificultad de actuar con rapidez ante denuncias o irregularidades.
Compra impulsiva, abandono y sobrepoblación
Detrás del auge de este comercio en línea se esconde otro fenómeno de fondo: la compra impulsiva de mascotas motivada por modas, redes sociales y productos audiovisuales. La difusión constante de cachorros “perfectos” en vídeos y fotografías genera expectativas poco realistas sobre lo que implica convivir con un animal durante años.
Especialistas y personas dedicadas al rescate animal subrayan que muchos compradores no valoran el coste real en tiempo y dinero que supone un perro o un gato: atención veterinaria continuada, alimentación adecuada, ejercicio diario, espacio suficiente y un compromiso que, en algunos casos, se prolonga más de una década.
Cuando estas necesidades chocan con la realidad, no son pocos los animales que acaban abandonados, devueltos de forma informal o entregados a albergues ya desbordados. En la zona metropolitana, se han documentado intervenciones en refugios donde vivían hacinados cientos de perros en condiciones de grave maltrato, una muestra de las consecuencias en cadena del negocio de cría y venta sin control.
A ello se suma el impacto de la reproducción indiscriminada en criaderos ilegales. La falta de criterios genéticos mínimos aumenta los problemas de salud heredados; la separación temprana de las crías merma su bienestar emocional; y la explotación de las hembras reduce drásticamente su esperanza de vida en buenas condiciones.
Para las organizaciones de protección animal, mientras siga existiendo una oferta constante y barata de cachorros en internet, será muy difícil reducir la sobrepoblación y promover la adopción responsable. La facilidad con la que se puede conseguir “un animal a la carta” desde el móvil alimenta un ciclo que termina, a menudo, en abandono.
Cómo operan los vendedores para esquivar las normas
Los vendedores que se mueven en este mercado paralelo han desarrollado un conjunto de estrategias para evitar tanto los filtros de las plataformas como el escrutinio de las autoridades. En redes sociales, por ejemplo, es frecuente que las ofertas de mascotas aparezcan camufladas entre anuncios de accesorios, o que se utilicen palabras clave que pasan desapercibidas para los sistemas automatizados.
En grupos de compraventa generalistas, las fotos de los animales van acompañadas de descripciones ambiguas y, en ocasiones, de propuestas de intercambio por otros ejemplares. Si alguien muestra interés, la conversación se traslada rápidamente a mensajes privados, donde ya se habla abiertamente de precios, entregas y condiciones.
También proliferan las páginas con localizaciones muy concretas de la CDMX y área conurbada, en las que se publican únicamente fotos y un breve texto que invita a solicitar información por mensaje directo. De este modo, se rebaja la probabilidad de que las publicaciones sean reportadas o eliminadas por incumplir las reglas.
Las organizaciones de rescate y activistas señalan, además, un repunte de los fraudes en torno a la supuesta venta de cachorros en línea. En algunos casos, los perfiles que ofrecen animales piden una señal económica poco antes de la cita acordada, alegando que hay otra persona interesada. Una vez hecho el depósito, el supuesto vendedor bloquea al comprador y desaparece.
Desde el punto de vista de la seguridad digital, este tipo de engaños se suman al problema del maltrato y del comercio opaco, y muestran hasta qué punto el entorno en que se comercializan animales en internet resulta propicio para prácticas abusivas de todo tipo.
Debate legislativo y responsabilidad de las plataformas
Conscientes de este desajuste entre la prohibición en mercados y la tolerancia de facto en redes, legisladores de la Ciudad de México han intentado en los últimos años impulsar cambios específicos. Una de las propuestas más comentadas buscaba prohibir la venta de animales en línea y facultar a las autoridades de seguridad para investigar este tipo de actividades en plataformas digitales.
Pese al debate generado, la iniciativa no llegó a prosperar. Entre los obstáculos señalados se encuentran las dificultades técnicas para vigilar de manera masiva los contenidos, las competencias compartidas entre distintos niveles de gobierno y la necesidad de coordinarse con empresas tecnológicas que operan a escala global.
Colectivos de protección animal y juristas especializados plantean que la respuesta no puede limitarse a perseguir anuncios sueltos. Reclaman un marco regulatorio integral para el comercio de animales en internet, que combine obligaciones claras para las plataformas (filtros más eficaces, supervisión de grupos, canales de denuncia ágiles) con sanciones proporcionadas a quienes lucran con la venta ilegal.
Al mismo tiempo, apuntan a la importancia de reforzar las campañas de información dirigidas a la ciudadanía, de forma que potenciales compradores identifiquen los riesgos de adquirir mascotas por canales opacos y opten por alternativas responsables como la adopción, la esterilización y el apoyo a refugios regulados.
La sensación general entre activistas, veterinarios y rescatistas es que mientras el foco institucional permanezca sobre los mercados físicos y no se amplíe a la esfera digital, el grueso del negocio seguirá moviéndose sin demasiados sobresaltos en redes sociales y páginas de compraventa, dejando a los animales en una situación de especial vulnerabilidad.
En este contexto, la Ciudad de México se enfrenta a un reto que no le es ajeno a otras grandes urbes: una brecha evidente entre la legislación diseñada para el mundo offline y una realidad digital en la que el comercio de animales continúa a plena luz, apoyado en la inercia de la demanda y en la capacidad de adaptación de quienes han hecho de este negocio su principal fuente de ingresos.