La asombrosa variedad de formas y tamaños en los perros no nació con las razas victorianas, ni mucho menos. Un nuevo trabajo científico indica que esa diversidad ya estaba en marcha al comienzo de la domesticación, cuando los primeros canes empezaron a separarse claramente de los lobos durante el inicio del Holoceno.
El estudio, publicado en la revista Science y liderado por la Universidad de Exeter y el CNRS, ha contado con la colaboración de decenas de centros, incluidos varios en España. Sus autores analizan evidencia morfológica y contextual para reconstruir cómo, por qué y cuándo surgieron los primeros perros con una anatomía distinta a la del lobo.
Un estudio internacional pone fecha a la diversidad canina

La investigación examinó 643 cráneos de cánidos de los últimos 50.000 años: lobos actuales, perros modernos (de raza y mestizos) y ejemplares arqueológicos. Mediante morfometría geométrica tridimensional, los científicos compararon de forma precisa la forma y el tamaño del cráneo a lo largo del tiempo.
Los resultados muestran que, ya en el Mesolítico y el Neolítico, los perros presentaban una variedad notable de configuraciones craneales. Esa amplitud morfológica sugiere roles diversos en sociedades humanas —caza, pastoreo, guarda o compañía— y una convivencia sostenida que, poco a poco, fue dejando huella en el esqueleto. En palabras simples, la diversidad apareció muy pronto y por motivos funcionales y ecológicos, no por estándares estéticos modernos.
El equipo identifica un punto de inflexión claro: al inicio del Holoceno, varios cráneos ya se apartan del patrón lobuno. Ese desvío morfológico no es anecdótico, se repite en yacimientos clave y se relaciona con cambios de dieta y tareas compartidas con los humanos, lo que refuerza la idea de una co-evolución prolongada.
Qué cambió en los cráneos y por qué

Durante la domesticación, los cráneos caninos se volvieron proporcionalmente más cortos y anchos que los de los lobos. Aunque no exhibían extremos como los de algunas razas actuales, aquellos perros tempranos ya concentraban aproximadamente la mitad de la variación craneal que vemos hoy.
El trabajo vincula estos cambios a una combinación de factores: nuevas pautas alimentarias asociadas a entornos humanos, menor exigencia cinegética y (desde la vigilancia hasta el pastoreo). Todo ello se alinea con el llamado síndrome de domesticación, que en distintos animales implica rostros más redondeados, reducción de tamaño y conductas menos agresivas.
Ahora bien, la forma no lo es todo: hay perros actuales cuyo cráneo se acerca bastante al de un lobo y siguen siendo completamente domésticos. Por eso, los autores subrayan que la identificación de los primeros perros requiere integrar morfología, genética y contexto arqueológico, prestando atención a la cronología y a la asociación con restos humanos y prácticas concretas.
Cuándo y dónde surgieron los primeros perros

Entre los hallazgos más relevantes figura el yacimiento mesolítico de Veretye (Rusia), donde varios cráneos presentan una morfología inequívocamente doméstica. Estas evidencias sitúan a los primeros perros con rasgos distintivos respecto al lobo en torno a los inicios del Holoceno, un momento en el que la convivencia con humanos dejó una marca anatómica medible.
Además, el equipo reconoce perros primitivos en América (c. 8.500 años) y en Asia (c. 7.500 años), con cráneos similares a los canes domésticos. En cambio, los ejemplares del Pleistoceno tardío analizados conservan rasgos típicamente lobunos, lo que sugiere que el proceso morfológico de domesticación cristaliza más tarde, pese a que la interacción cercana entre humanos y lobos pudo iniciarse con anterioridad.
En cuanto al origen, los datos permiten dos lecturas no excluyentes: una domesticación con adaptaciones regionales muy tempranas o varios focos en paralelo. La gran variabilidad observada podría responder a ambas dinámicas, sin necesidad de elegir un único centro. En cualquier caso, hablamos de un tránsito gradual, de larga duración y sin saltos bruscos.
La aportación de España y Europa al puzzle

España tiene un papel destacado en la investigación. Desde el Laboratorio de Arqueozoología de la UAB se han estudiado 18 ejemplares de siete yacimientos peninsulares, que cubren desde los primeros asentamientos agrícolas del Neolítico hasta contextos medievales. Estos materiales documentan una diversidad morfológica persistente a lo largo de distintos modos de vida y economías.
Para la arqueozoología europea, este enfoque integrador —morfología 3D más contexto— proporciona un marco comparativo sólido para reevaluar hallazgos antiguos, afinar cronologías y entender mejor cómo la función (caza, guarda, pastoreo o compañía) fue moldeando el cuerpo del perro. En suma, refuerza la idea de que la relación humano–perro en Europa tuvo múltiples caras y que esas interacciones locales se reflejan en el hueso.
Mirando hacia el futuro, el estudio sugiere que la morfología canina seguirá cambiando, aunque con criterios más atentos al bienestar y a la sostenibilidad. Las herramientas genéticas actuales, combinadas con la evidencia arqueológica, permitirán revisar modelos de cría y comprender cómo las prioridades humanas continúan influyendo en la evolución del perro.
Lo que dibuja este trabajo es un panorama coherente: la diversidad de los perros no es una novedad reciente, sino el resultado de miles de años de convivencia, adaptación y selección. Desde los cráneos más cortos y anchos de los primeros ejemplares hasta el amplio abanico actual, la forma del perro cuenta la historia de un vínculo que, desde sus inicios, ya era extraordinariamente diverso.