La comunidad de Calera de Tango, en la región Metropolitana de Chile, sigue impactada por el brutal ataque que sufrió una niña de 10 años mientras se encontraba en casa de un familiar. La menor, Antonella, permanece ingresada en una clínica de Santiago, en estado grave y con riesgo vital, tras recibir más de un centenar de mordeduras de dos perros de gran tamaño, un caso que refleja cómo son las mordeduras de perros en niños en ataques severos.
El caso ha generado una fuerte oleada de indignación y preocupación pública porque la madre de la pequeña, María Fernanda Lagos, denuncia que no se trató de un simple accidente, sino de una grave negligencia en el cuidado de la niña, así como de una respuesta tardía tanto a nivel familiar como institucional, un problema que también conecta con la convivencia entre perros y niños.
Cómo ocurrió el ataque en la casa del abuelo
Según el relato de la familia, los hechos se produjeron el lunes 15 de diciembre en una parcela ubicada en Calera de Tango, donde vive el abuelo materno de la menor junto a su pareja. Antonella se había quedado allí a pasar unos días previos a Navidad, aprovechando que se trataba de una casa con piscina y jardines, un entorno que conocía bien porque su madre se crió en ese mismo lugar.
María Fernanda explica que, pese a no tener una relación especialmente cercana con su padre, confió en que la pareja de él estaría pendiente de la niña. La pequeña, entusiasmada, pidió quedarse una noche y luego extendió su estancia un día más, hasta que el lunes todo cambió de forma dramática.
Ese día, mientras la madre se desplazaba para recoger a su hija, comenzó a recibir repetidas llamadas de su padre. Al contestar, el hombre le comunicó con aparente calma que a la niña “la había mordido un perro” e insistió en que se acercara a la casa, minimizando la gravedad de la situación.
Al llegar a la parcela, María Fernanda se encontró con un panorama devastador: su hija estaba prácticamente moribunda, apoyada sobre una mesa metálica, con abundante sangre y grasa corporal visible en distintas zonas del cuerpo. Apenas pudo decirle “Mamá, no te preocupes” antes de desvanecerse, según rememora la progenitora.
Más de 130 mordeduras y lesiones extremas
Los responsables del ataque serían dos perros de raza dogo argentino y mastín napolitano, ambos de gran porte y fuerza, un aspecto que remite al debate sobre las razas peligrosas de perros y su manejo.
Entre las consecuencias más graves, los facultativos han constatado el arrancamiento de parte del cuero cabelludo, daños en la zona encefalocraneal y afectación de tendones en una pierna. Solo en los brazos se contabilizan decenas de heridas profundas, dejando el cuerpo de Antonella, en palabras de su madre, “completamente destrozado”.
La menor ha tenido que ser sometida ya a al menos tres cirugías complejas, cuidados para curar sus heridas y permanece en coma inducido en la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátrica de una clínica de Providencia. Los médicos prevén un largo proceso de intervenciones adicionales, injertos y rehabilitación, tanto física como psicológica.
Un cirujano que la atendió reconoció a la familia que, en dos décadas de experiencia profesional, nunca había visto un caso de ataque de perros con un nivel de violencia y lesiones tan extremas en una niña que, pese a todo, haya logrado sobrevivir.
La versión de la madre: descuido prolongado y falta de ayuda
Una parte clave de la denuncia de María Fernanda tiene que ver con el tiempo que su hija habría permanecido sin supervisión y sin recibir auxilio. El abuelo explicó inicialmente que el descuido fue de apenas tres minutos, mientras entraba y salía de la casa para darle un zumo a la niña; una situación que habría requerido saber cómo detener una pelea de perros.
Sin embargo, los informes médicos entregados por la clínica apuntan en otra dirección y respaldan la tesis de la madre. De acuerdo con lo trasladado por el equipo sanitario, las características de las heridas, el estado general de la víctima y otros parámetros clínicos indicarían que el ataque y el sufrimiento de la menor se prolongaron cerca de 40 minutos, durante los cuales ella habría estado gritando y pidiendo ayuda sin que nadie interviniera.
“Está viva por sus enormes ganas de vivir. Estuvo luchando, gritó, pidió auxilio y no fue atendida”, ha repetido la madre en varios vídeos difundidos en redes sociales, donde busca visibilizar lo sucedido y evitar que, según sus palabras, quede como “un caso más”.
Este contraste entre la versión del abuelo y las conclusiones del personal médico es uno de los puntos que alimenta las sospechas de negligencia grave en el cuidado de la menor, así como posibles intentos posteriores de minimizar lo ocurrido.
Denuncias, querellas y posible responsabilidad familiar
Tras conocer en detalle el alcance de las lesiones y la duración estimada del ataque, María Fernanda y su esposo optaron por interponer una denuncia formal ante Carabineros y seguir adelante con acciones legales contra el abuelo de la niña y quienes estuvieran a cargo de su custodia en ese momento, en un contexto donde se discute regular la tenencia de razas de perros peligrosas.
La madre sostiene que, lejos de asumir responsabilidad, su padre habría reaccionado de forma fría y distante. Relata que no presentaba restos de sangre en la ropa y que su actitud no reflejaba la gravedad de lo ocurrido. Además, asegura que, apenas un par de días después de los hechos, el hombre comenzó a buscar abogados defensores y actualmente contaría con varios letrados representándole.
Según el testimonio de María Fernanda, su padre procura presentar el episodio como un mero accidente inevitable, mientras que ella considera que ya existían advertencias sobre los animales: el abuelo habría descrito previamente a los perros como “cachorros indefensos”, pese a tratarse de ejemplares de razas poderosas y potencialmente peligrosas si no se gestionan adecuadamente.
La situación ha provocado un profundo quiebre dentro de la familia. De sus hermanos, dos se han alineado con ella y apoyan la búsqueda de justicia para Antonella, pero otro, que trabaja junto al abuelo, estaría del lado de este e incluso habría lanzado amenazas para intentar frenar las denuncias, de acuerdo con lo declarado por la madre.
Investigación de la Fiscalía y actuación policial
El caso está siendo investigado por la Fiscalía Occidente, que tomó conocimiento de los hechos el 19 de diciembre, cuatro días después del ataque, cuando la niña ya se encontraba hospitalizada en una clínica de Providencia. La comunicación oficial llegó alrededor de las 11:00 horas, momento en el que se activaron las primeras diligencias.
En un primer momento, el Ministerio Público ordenó la concurrencia del Laboratorio de Criminalística (Labocar) de Carabineros al lugar del suceso, con el objetivo de levantar evidencias y reconstruir detalladamente lo ocurrido en la parcela de Calera de Tango.
No obstante, al confirmarse que el ataque se había producido varios días antes, esa instrucción se dejó sin efecto y se encargó la labor a la Sección de Investigación Policial (SIP), orientando el trabajo principalmente a la fijación del sitio, la revisión de posibles registros y la toma de declaraciones a testigos y familiares.
Hasta ahora, las autoridades han señalado que la investigación se encuentra en una fase de recopilación de antecedentes y que no hay personas detenidas por el ataque, algo que la familia de la menor percibe con inquietud, dada la gravedad de las lesiones y el posible componente de negligencia.
Un largo camino médico, emocional y judicial
Mientras avanza la causa penal, la prioridad inmediata sigue siendo la salud de Antonella. La niña, que ya ha pasado por varias intervenciones quirúrgicas, tiene por delante un proceso médico “larguísimo y muy duro”, en palabras de su madre, que incluye más operaciones, tratamientos reconstructivos y una intensa rehabilitación.
Se prevé que la menor necesite la participación de kinesiólogos, traumatólogos, cirujanos plásticos y psicólogos especializados en trauma infantil. A nivel emocional, deberá afrontar no solo el recuerdo del ataque y las secuelas físicas, sino también un cambio radical en su día a día, marcado por hospitalizaciones, curas y sesiones terapéuticas.
La familia, originaria de Los Andes, reconoce que su organización cotidiana se ha visto totalmente trastocada. La madre, además, ha contado que tiene otro hijo con un severo trastorno del espectro autista, lo que complica aún más la logística familiar y refuerza la necesidad de disponer de un lugar adecuado en Santiago para el periodo de tratamientos.
María Fernanda lamenta que, pese a la magnitud de los hechos, su padre no esté colaborando ni siquiera en aspectos básicos como ayudar a sufragar parte de la atención médica o facilitar una vivienda cercana a la clínica, algo que ella considera fundamental para el bienestar y la recuperación de su hija.
Este caso, además de exponer un dramático episodio individual, vuelve a poner sobre la mesa el debate en Chile y en otros países europeos sobre la responsabilidad de los dueños de perros de razas grandes y potencialmente peligrosas, la necesidad de protocolos claros de supervisión de menores en presencia de estos animales y la importancia de que la respuesta institucional sea rápida y efectiva cuando se producen ataques de esta naturaleza.
Mientras Antonella sigue luchando por su vida en la UCI pediátrica, su entorno insiste en que no se olvide lo ocurrido en la parcela de Calera de Tango y en que se esclarezcan por completo las circunstancias de un ataque que, por la brutalidad de las lesiones y el presunto tiempo de desatención, ha conmocionado más allá de las fronteras locales y ha encendido las alarmas sobre el control y la tenencia responsable de perros de gran tamaño.