Consejos para una convivencia respetuosa entre niños y perros

  • La convivencia entre niños y perros aporta beneficios emocionales y educativos, como mayor empatía, autoestima y sentido de la responsabilidad.
  • Es esencial enseñar al niño a respetar el espacio y el lenguaje corporal del perro, evitando molestarlo cuando come o duerme y comprendiendo sus señales de incomodidad.
  • El perro debe disponer de un lugar propio y momentos de tranquilidad, mientras que los adultos supervisan e intervienen con calma para marcar límites claros a ambos.
  • Implicar a los niños en los cuidados diarios del perro fortalece el vínculo, fomenta la responsabilidad y consolida una convivencia segura y enriquecedora para toda la familia.

Niños y perros conviviendo en casa

Una buena relación entre nuestra mascota y los pequeños de la casa es imprescindible para lograr una buena convivencia familiar; pero para que esto sea posible, es necesaria la intervención de un adulto. Debemos imponer ciertas reglas básicas para que se respeten entre ambos y jueguen sin dañarse el uno al otro. Estas son algunas de las claves que nos ayudarán a alcanzar este objetivo.

Beneficios emocionales y educativos de que niños y perros convivan

Beneficios de la convivencia entre niños y perros

Los niños que crecen con perros suelen desarrollar mayor empatía y sensibilidad hacia los demás. Al relacionarse con un ser vivo que siente, necesita y se expresa de forma diferente, aprenden a ponerse en el lugar del otro, a interpretar emociones y a responder con cuidado y respeto.

Además, los perros se convierten en un gran apoyo emocional para los más pequeños. Su presencia constante, silenciosa y sin juicios les ayuda a sentirse acompañados, a reducir el estrés del día a día y a canalizar mejor emociones como la tristeza, el enfado o el miedo. Muchos niños buscan a su perro de forma espontánea cuando se sienten mal, lo abrazan, lo acarician o simplemente se sientan a su lado.

Conviviendo con un perro, los niños también aprenden el valor de la responsabilidad cotidiana. Dar de comer, cambiar el agua, ayudar en el cepillado o acompañar en los paseos son pequeñas rutinas que enseñan que el bienestar de otro ser vivo no depende de su estado de ánimo, sino de la constancia y el compromiso.

Diversos trabajos científicos señalan, además, que los niños que viven con perros pueden mostrar menos ansiedad, mejor capacidad de socialización y una mayor autoestima, ya que se sienten importantes para su animal y perciben que este los acepta tal y como son.

Claves para enseñar al niño a respetar al perro

Consejos para enseñar a los niños a tratar a los perros

En primer lugar, debemos enseñar al niño a respetar el espacio del perro, y viceversa. Hay que tener en cuenta que el pequeño puede adoptar hábitos molestos para el animal, como abrazarle demasiado fuerte, montarse encima o acercar su cara al hocico. Es muy importante que le expliquemos cómo debe tratar a la mascota, acariciándola con suavidad, sin tirarle del pelo ni arañarle, evitando tirar de la cola o de las orejas y sin apoyarse sobre su cuerpo. De lo contrario, el can podría reaccionar mordiendo.

Una norma básica que el niño debe interiorizar es que no se molesta al perro cuando come o duerme. Mientras está en su plato o descansando profundamente, el animal necesita tranquilidad y se siente más vulnerable, por lo que puede reaccionar de forma defensiva si se ve invadido. Explicarle al pequeño que el perro también tiene “sus ratos” ayuda a que lo vea como un miembro más de la familia, no como un juguete.

También es fundamental que los niños aprendan a evitar movimientos bruscos o gritos cerca del perro, especialmente si este está relajado o asustado. Correr delante de algunos perros, abalanzarse sobre ellos o sorprenderlos por la espalda puede generar miedo o excitación excesiva. Enseñarle al niño a acercarse despacio, de lado y dejando que el perro huela primero su mano es un gesto muy sencillo que mejora mucho la comunicación.

Nos ayudará, en todo este proceso, implicar al niño en los cuidados diarios del perro. Podría, por ejemplo, encargarse de cepillarle el pelo, de llenar su plato de agua y de acompañarnos cuando le paseemos. Todo ello bajo nuestra supervisión, adaptando las tareas a la edad del pequeño: los más pequeños pueden ayudar a poner agua o a guardar los juguetes, y los mayores pueden asumir paseos cortos o parte de la alimentación diaria.

El dominio de la comunicación no verbal es clave para la convivencia entre niños y animales. El niño debe saber que el perro se comunica, sobre todo, a través de los gestos que hace con su cuerpo. De esta forma, será capaz de anticipar cuándo el perro está cómodo y cuándo necesita espacio.

Cómo explicar al niño el lenguaje corporal del perro

Lenguaje corporal de los perros con niños

Es recomendable que el pequeño sepa que cuando el can mueve la cola y agacha su cuerpo y su cabeza indica que está contento o eufórico. Sin embargo, debemos explicarle que el movimiento de la cola por sí solo no basta: un perro puede moverla y, aun así, estar nervioso o incómodo, por lo que conviene observar siempre todo el cuerpo.

Si tiene las orejas inhiestas y la cola quieta y hacia arriba, está en tensión y muy atento a lo que ocurre. Un perro que arrastra el cuerpo por el suelo, tiene la cola entre las patas y las orejas hacia detrás, comunica que se somete a otro individuo, ya sea persona o animal, a quien considera el líder, y seguramente está asustado o inseguro, por lo que no es buen momento para insistir en jugar.

Otras señales de incomodidad que podemos enseñar al niño a reconocer son los lamidos rápidos de hocico cuando no hay comida, los bostezos fuera de contexto, el giro de la cabeza para evitar mirar, el hecho de apartarse o esconderse, o quedarse rígido mientras alguien lo abraza. Todas estas conductas indican que el perro necesita que le dejen tranquilo.

Del mismo modo, el can recibe información mediante la comunicación no verbal de sus dueños. El hecho de que el niño se acerque demasiado al animal para abrazarle o poner su cara cerca puede interpretarse por el can como una provocación. Eso se debe a que, en las manadas de lobos, antepasados del perro, este tipo de acercamiento indica un comportamiento intimidatorio. Por otro lado, mirar directamente a los ojos del perro durante mucho tiempo puede entenderse por este como un reto, así que es mejor enseñarle al niño a mirar al perro con suavidad, intercalando miradas y caricias.

Cuando los adultos ayudamos al niño a observar estos gestos de forma tranquila, sin regañarle, el pequeño empieza a autorregular su conducta: aprende que si el perro se aleja, bosteza o se esconde, es momento de parar y darle espacio, igual que le gustaría que hicieran con él si estuviera cansado o enfadado.

El niño y el respeto por el espacio y tiempo del perro

El niño que respeta los espacios y momentos en los que el perro necesita intimidad y tranquilidad demuestra que comprende a su amigo canino y que la convivencia con él está planteada de manera correcta. Es el caso del momento en el que el perro come o duerme, necesita tranquilidad y los adultos deben explicarle al pequeño el porqué: es su “habitación privada” y todos necesitamos ratos a solas.

Este respeto también debe existir por parte del animal. Tenemos que mostrarle cuáles son sus límites, supervisando el juego entre ambos y regañándole cuando reaccione de forma negativa. Bastará con un firme «NO», al tiempo que le obligamos a permanecer unos minutos alejado del niño, redirigiendo después hacia una actividad más tranquila y premiando al perro cuando muestre comportamientos calmados en presencia del pequeño.

Si observamos señales persistentes de agresividad o comportamientos peligrosos del perro —como gruñidos frecuentes, intentos de morder o agresiones hacia el niño—, lo recomendable es consultar con un adiestrador profesional o un conductista canino. Un experto puede evaluar las causas (dolor, miedo, frustración) y diseñar un plan de trabajo para corregir y prevenir problemas futuros, siempre priorizando la seguridad del niño.

También es importante que el can cuente con su propio espacio, donde poder resguardarse cuando no quiera ser molestado. Podemos acondicionar un rincón para ello, colocando en él su cama y sus juguetes. Debemos enseñar al niño a respetar esta zona, explicándole que cuando el perro está allí, significa que quiere descansar y que no se le debe seguir ni llamar para jugar.

Es muy recomendable que el pequeño entienda que el can no es un juguete, sino un ser vivo, que depende de nuestros cuidados y tiene sus necesidades. Esto depende de las explicaciones correctas de los adultos, pero también del ejemplo: si los mayores tratan al perro con respeto, el niño imitará esa forma de relacionarse.

El niño es una esponja en el momento de aprender y asumirá, con facilidad, las reglas del juego en la relación con su amigo de cuatro patas. En poco tiempo, sabrá interpretar cuándo el perro quiere jugar o busca tranquilidad. Aun así, es importante que un adulto supervise que la relación entre ambos se desarrolla de manera correcta, especialmente en las primeras etapas, para poder intervenir antes de que haya tensiones.

Reglas sociales distintas para niños y perros

Las reglas de comunicación y relación del perro no siempre coinciden con las del grupo humano. Es aconsejable enseñar al menor esas normas, así como a no traspasar ciertos límites en la convivencia con el animal. De esta manera, el niño aprenderá que no todos los seres se relacionan igual y que es necesario adaptar su comportamiento según con quién esté.

Los lazos afectivos y de amistad que pueden surgir entre un niño y un perro son muy especiales. Es una experiencia inolvidable y única que, bien guiada, siembra en el pequeño valores como la paciencia, la empatía y la tolerancia. Cada paseo, cada momento de juego tranquilo y cada cuidado compartido refuerzan este vínculo.

Los perros «niñeros» y su carácter especial

Imagen: cgordon8527

Por su carácter, hay perros más adecuados para convivir con niños. Son más pacientes, tranquilos y les gusta la compañía y el juego con los pequeños. No a todos los perros les resulta fácil la convivencia con los más pequeños y hay que tenerlo en cuenta al escoger un can, sin olvidar que la educación y socialización serán determinantes en cualquier raza o mestizo.

El chihuahua no se considera un perro adecuado para la convivencia con niños. No tiene paciencia y a menudo es posesivo con quien considera su dueño. Tampoco es una de las razas que se caracterizan por gustarle el juego intenso. Sin embargo, no significa que un chihuahua no pueda convivir con niños y se consiga adaptar a la situación, aunque su carácter carece de las particularidades más adecuadas para la convivencia con los más pequeños, por lo que habrá que extremar la supervisión y el respeto a su espacio.

Las hembras son mejores compañeras de los niños que los machos, aunque no se puede generalizar. Ellas suelen ser más pacientes y menos territoriales. Son más dóciles, tranquilas y tienden a ser muy protectoras con los niños y las personas mayores. Los adiestradores de perros guía las prefieren por su buena disposición para el aprendizaje. Las hembras son más metódicas y perseverantes y aprenden más rápido. Son más tolerantes y sociables con los extraños y otros animales de compañía. Aceptan mejor la jerarquía y son más caseras.

Aun así, conviene recordar que más allá del sexo o de la raza, influyen mucho la historia previa del perro, su socialización temprana, las experiencias que haya tenido con niños y la forma en que la familia gestiona la convivencia diaria.

Niños que saben cuidar a sus perros

Es recomendable implicar al niño en las tareas diarias del cuidado del perro. Puede sacarlo a pasear, encargarse de cepillarle el pelaje, ocuparse de que tenga agua limpia y acompañarle al veterinario. De esta manera, el pequeño desarrollará su sentido de la responsabilidad y el can le reconocerá como un amigo que cuida de él y al que tiene que respetar. Pero sobre todo, los niños que tienen perros pueden disfrutar del juego y de la relación con ellos.

Un niño muy pequeño, de entre uno y cuatro años, se relaciona y participa de manera distinta con el perro que un niño que tenga más de cuatro años. Un bebé que gatea no tiene la misma capacidad de relación con el can que otro que puede sacarle a pasear o interactuar más con él a través de diferentes juegos. Es probable que el niño que comienza con sus primeros pasos quiera acercarse al animal para agarrarle del pelaje, estirarle de la cola o de las orejas.

Para el bebé, el perro es un ser que le llama mucho la atención por su aspecto diferente y es recomendable que, desde esta etapa, los padres comiencen a explicar al niño que debe acercarse al perro con respeto para no asustarle o causarle daño. De esta manera, se sentarán unas bases de relación correctas para que a medida que el niño crezca y evolucione, estreche lazos de amistad con el perro y aprenda que cuidar de otro ser vivo es una de las experiencias más enriquecedoras que puede vivir.

Tomando todas estas medidas lograremos que nuestro perro entable una buena relación con los niños de la casa, ofreciendo a los pequeños una experiencia única y permitiendo que disfruten de los muchos beneficios que les aporta el contacto diario con un animal, siempre desde el respeto, la supervisión adulta y una educación coherente tanto para el perro como para los niños.