No hay razas peligrosas: el programa que cambia la forma de convivir con los perros

  • El programa «Huellas» de Santa Fe pone el foco en la prevención y en que no hay razas peligrosas, sino perros mal gestionados.
  • La iniciativa combina charlas obligatorias, registro y microchip para tutores de perros de más de 15 kilos.
  • Especialistas recuerdan que la mayoría de mordeduras se pueden prever si se conocen las señales previas y se educa al animal y a la familia.
  • El microchip es solo una herramienta de identificación: la clave sigue siendo la tenencia responsable y el cambio cultural.

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La idea de que existen razas de perros intrínsecamente peligrosas empieza a quedarse atrás en muchas ciudades. Cada vez más administraciones y profesionales de la veterinaria insisten en que el riesgo no está en el pedigrí del animal, sino en cómo se le educa, en el entorno donde vive y en el nivel de responsabilidad de quienes lo cuidan.

En Santa Fe, Argentina, esta mirada se ha traducido en un programa municipal que da un giro importante: «Huellas» parte de la base de que no hay razas peligrosas, sino individuos que pueden resultar potencialmente peligrosos si no reciben la atención, la formación y el control adecuados. El objetivo es claro: reducir las mordeduras, especialmente a niños, apostando por la prevención y la educación antes que por el castigo.

De las «razas peligrosas» a los perros potencialmente peligrosos

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La veterinaria Alicia Lavernia, especialista en comportamiento animal y referente del programa «Huellas», lo resume sin rodeos: «Hoy ya no se habla de razas peligrosas, sino de individuos potencialmente peligrosos». Detrás de cada mordedura, explica, suele haber una mezcla de factores: manejo inadecuado, falta de socialización, miedo, dolor o situaciones cotidianas mal gestionadas dentro de casa.

Lavernia insiste en que los perros no muerden porque sí. Antes de llegar al ataque, el animal emite señales que muchas personas pasan por alto: cambios en la postura corporal, tensión en la mirada, gruñidos o intentos de alejarse. El problema aparece cuando estos avisos se ignoran o se interpretan como «caprichos» o «mal genio» en lugar de señales de incomodidad.

Esta visión enlaza con una tendencia que también se abre paso en Europa y España: desplazar el foco de la raza al tutor. Más que elaborar listas cerradas de perros potencialmente peligrosos, cada vez más expertos defienden que hay que analizar el caso concreto, el entorno y las conductas, y no etiquetar a todo un tipo de perro por su aspecto físico.

El propio Instituto Municipal de Salud Animal (IMUSA) de Santa Fe, a través de su director Pablo Ortiz, refuerza este enfoque: «Cualquier perro de más de 15 kilos puede generar daño si no hay una tenencia responsable». La clave, subraya, está en cómo se convive con el perro y qué herramientas tiene la familia para entenderlo y gestionarlo.

Huellas: un programa que prioriza la prevención y no el castigo

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El programa «Huellas» nace en Santa Fe como una respuesta a unas cifras que preocupan. Solo en dos meses, 52 niños fueron atendidos por mordeduras de perros en el Hospital de Niños Orlando Alassia. Si se amplía la mirada a los últimos tres años, el balance supera los 700 casos, lo que refleja un problema sostenido en el tiempo.

Frente a este escenario, el Ayuntamiento ha optado por un cambio de enfoque: en lugar de centrarse únicamente en las sanciones tras el ataque, propone un sistema preventivo que combina formación, registro y tecnología. El intendente Juan Pablo Poletti lo explicaba así al lanzar la iniciativa: «El programa busca llegar antes, prevenir y no limitarse a ir detrás del castigo».

La estructura del programa descansa en dos grandes pilares. Por un lado, capacitaciones obligatorias para tutores de perros de más de 15 kilos, donde se trabajan conceptos básicos de comportamiento animal, señales de alerta, socialización y manejo responsable. Por otro, un sistema de identificación mediante microchip que vincula al animal con su tutor y facilita el seguimiento en caso de mordeduras, extravíos o abandono.

La primera charla, celebrada en el Centro de Educación Vial, superó las expectativas: participaron más de 50 personas y, según el IMUSA, las inscripciones al programa crecieron más de un 60 %, superando las 650 solicitudes. Para acceder al chip, es obligatorio haber asistido a la formación y tener la vacuna antirrábica al día.

Este modelo, centrado en anticiparse al problema, enlaza con otras políticas de prevención que se han aplicado en distintas ciudades, incluyendo algunas experiencias en Europa donde la educación del tutor se considera tan importante como las normas de control en la vía pública.

Leer al perro antes de que muerda: el papel de la familia

Uno de los ejes de las charlas de «Huellas» es enseñar a las familias a interpretar el lenguaje corporal del perro. Lavernia insiste en que la mayoría de incidentes se pueden evitar si se presta atención a lo que el animal comunica con su cuerpo y su comportamiento diario; por eso en las formaciones se abordan también las principales bases de la psicología canina.

Gruñidos, rigidez muscular, mirada fija, intentos de escaparse o de esconderse son avisos que a menudo se minusvaloran. Mucha gente regaña al perro en lugar de preguntarse qué le está incomodando. Este tipo de respuestas puede aumentar el estrés del animal y acercarlo un poco más al punto de ruptura.

El dato que aporta la especialista es llamativo: cerca del 70 % de las mordeduras se producen en el ámbito intrafamiliar o con perros que la víctima conoce. Es decir, el riesgo no está solo en la calle, con perros desconocidos, sino muchas veces en el propio salón de casa, en visitas a familiares o en reuniones donde se mezclan niños y animales sin supervisión adecuada.

En el caso de los menores, Lavernia advierte de un error muy habitual: «Los padres tienden a sobrevalorar la tolerancia de algunos perros». Se permite que los niños abracen, se suban encima o manipulen al animal sin enseñarle al pequeño a respetar sus límites, siguiendo consejos prácticos para la convivencia con niños y perros. Cuando el perro se ve acorralado, la mordida aparece como último recurso.

Desde la perspectiva de salud pública, cada mordedura no solo implica un percance puntual. Además del susto y las posibles secuelas físicas o emocionales, las mordeduras son una de las principales causas de abandono a nivel mundial. Muchos tutores, tras un incidente, optan por deshacerse del animal, alimentando un círculo de problemas que se podrían haber evitado con información y acompañamiento.

Elegir bien al perro: no es el que queremos, es el que podemos tener

La prevención, subraya Lavernia, empieza incluso antes de que el cachorro llegue a casa y en saber cómo preparar la entrada de un nuevo perro en casa. Elegir un perro no debería basarse solo en la estética o en modas de redes sociales, sino en una reflexión sincera sobre el estilo de vida, el tiempo disponible y el entorno del hogar.

«No tenemos el perro que queremos, tenemos el perro que podemos», repite la veterinaria en las formaciones. Esta frase, que puede sonar tajante, ayuda a muchos tutores a comprender que un perro de gran tamaño, con mucha energía o con un fuerte instinto de guarda necesita ejercicio, estímulos y límites claros, así como medidas para hacerle la vida más fácil al perro. Si eso no encaja con la rutina de la familia, quizá haya que valorar otra opción.

La edad de adopción también marca la diferencia. Hoy se recomienda que los cachorros sean separados de la madre a partir de los 60 días de vida, y no antes, porque es en ese periodo cuando aprenden autocontrol, inhibición de la mordida y pautas básicas de convivencia con otros perros, por eso es importante saber cómo presentar a dos perros. Cuando se acelera esa separación, se corre el riesgo de que el animal llegue a la edad adulta sin haber adquirido esos aprendizajes esenciales.

Además, la elección responsable implica contemplar costes veterinarios, tiempo de paseo, socialización y posibles cursos de educación canina. En muchos países europeos, incluidas algunas regiones de España, se está extendiendo la figura de la formación previa a la adopción, precisamente para reducir abandonos y conflictos de convivencia.

El programa «Huellas» se mueve en esa misma línea: antes de colocar el microchip, insiste en la necesidad de que el tutor entienda qué tipo de perro tiene delante, cómo se relaciona y qué necesita para vivir equilibrado en un entorno urbano.

El microchip: herramienta útil, pero no milagrosa

Una de las partes más visibles de «Huellas» es la implantación del microchip identificatorio en perros de más de 15 kilos o considerados potencialmente peligrosos por su contexto. La colocación se realiza de forma rápida, similar a una inyección, y no requiere sedación ni cirugía.

Este dispositivo subcutáneo es pasivo, es decir, no funciona como un GPS. Contiene un código único que se asocia a los datos del tutor y del animal en una base de datos municipal. De ese modo, en caso de mordedura, fuga o abandono, las autoridades pueden rastrear al responsable legal del perro y tomar las medidas correspondientes.

El intendente Poletti y el director del IMUSA coinciden en un mensaje que se repite en cada intervención pública: el chip no es la solución por sí solo. Es una pieza importante de una estrategia más amplia, pero sin educación, seguimiento y cambios de hábito, se quedaría en una simple etiqueta tecnológica.

En Santa Fe, el acceso al programa es gratuito: los tutores deben inscribirse a través de la web municipal, asistir a la charla obligatoria y acreditar que el perro tiene la vacuna antirrábica al día. Después de ese proceso, se agenda la colocación del microchip en jornadas periódicas de chipeo organizadas por el municipio.

Esta forma de trabajar, que vincula formación previa y registro, busca también reforzar la idea de que tener perro no es solo una cuestión afectiva. Implica obligaciones legales, sanitarias y de convivencia con el resto de la ciudadanía, algo que muchas ciudades europeas también están reforzando mediante censos de animales de compañía y campañas de sensibilización.

Convivencia responsable: el centro del debate sobre razas peligrosas

Más allá de la identificación y los datos estadísticos, el gran reto de «Huellas» es cambiar la cultura en torno a los perros catalogados como peligrosos. La experiencia muestra que, cuando ocurre un ataque grave, el debate público suele centrarse en la raza del animal, y no tanto en las condiciones de vida, la socialización y el grado de supervisión.

El programa municipal intenta desmontar esa lógica. En lugar de alimentar el miedo hacia ciertos tipos de perro, pone el acento en que la función principal del perro hoy es acompañar, no vigilar ni defender la casa como ocurría en generaciones anteriores. Esto exige una forma distinta de relacionarse con ellos: más educación, más juego, más comprensión de sus tiempos y más atención a sus señales.

Las palabras de Lavernia son claras: «Hoy hay que tener en cuenta que la función del perro es ser compañía. Ya no tenemos más un perro para que nos cuide». Esta afirmación invita a revisar viejos hábitos, como encadenar perros, mantenerlos aislados en patios pequeños o utilizarlos como alarmas vivientes sin prestarles la debida atención emocional y social.

El Ayuntamiento de Santa Fe, por su parte, insiste en que no se trata de criminalizar a nadie, sino de construir una ciudad más ordenada y segura también para la comunidad canina. De ahí que el discurso oficial combine llamadas al compromiso ciudadano con mensajes de apoyo a quienes se animan a formarse, registrar a sus animales y participar activamente en el programa.

Este enfoque encaja con una corriente internacional que defiende que no hay razas peligrosas, sino contextos peligrosos. Cuando se ofrece al perro un entorno estable, límites claros, ejercicio suficiente y una comunicación adecuada, el riesgo de comportamiento agresivo se reduce drásticamente, independientemente del tipo de perro del que se trate.

En conjunto, experiencias como la de «Huellas» muestran que el debate sobre los perros y la seguridad ciudadana va mucho más allá de las etiquetas de raza. El foco se desplaza hacia la educación, la anticipación y la responsabilidad compartida entre administraciones y tutores, con una idea de fondo que cada vez genera más consenso: lo determinante no es la raza, sino cómo criamos, entendemos y acompañamos a nuestros perros en el día a día.

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