Perros sueltos: conflictos, ciencia y normas en espacios naturales y urbanos

  • Los perros sueltos generan impactos graves sobre aves migratorias, fauna salvaje y ganado, especialmente en Urdaibai y otros espacios protegidos.
  • La normativa vasca y municipal contempla multas y restricciones horarias para reducir riesgos ecológicos y problemas de convivencia.
  • Un estudio en España evidencia que humedales periurbanos y ecosistemas acuáticos son puntos críticos de interacción perro-fauna.
  • Ayuntamientos ensayan distintos modelos: desde vetos totales en áreas sensibles hasta franjas horarias y zonas acotadas para perros sueltos.

perros sueltos en espacios públicos

La imagen de un perro correteando libremente por la playa o por el monte puede parecer entrañable, pero en muchos puntos de España se ha convertido en el centro de un debate constante entre bienestar animal, conservación de la naturaleza y convivencia vecinal. Lo que para algunos es una simple forma de que su mascota haga ejercicio, para otros supone un problema serio de seguridad, ruido o impacto ecológico.

En los últimos años, el aumento del turismo de naturaleza, el crecimiento del censo canino y la expansión de los paseos por zonas verdes han puesto el foco en los llamados perros sueltos. Desde humedales de alto valor ecológico, como Urdaibai en Bizkaia, hasta parques urbanos o áreas de río en municipios del centro peninsular, distintas administraciones intentan encontrar un equilibrio: permitir que los perros disfruten de cierto margen de libertad sin poner en riesgo a la fauna ni al resto de usuarios.

Urdaibai: cuando un perro suelto pone en jaque a las aves migratorias

perros sueltos en zonas naturales

En la Reserva de la Biosfera de Urdaibai, en Bizkaia, la presencia de perros sin correa en playas, dunas y marismas se ha convertido en una de las principales preocupaciones de los expertos en conservación. El Urdaibai Bird Center, centro de investigación y divulgación ornitológica gestionado por la Sociedad de Ciencias Aranzadi, lleva tiempo alertando de que estos paseos aparentemente inocentes están teniendo un impacto directo sobre miles de aves migratorias que utilizan el estuario como área de descanso y alimentación.

La ría de Gernika y su entorno están catalogados como Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) y reciben cada año más de 300 especies distintas, algunas de ellas en peligro de extinción. Muchas llegan literalmente exhaustas tras recorrer miles de kilómetros desde África o el norte de Europa, por lo que necesitan tranquilidad, alimento y reposo para poder continuar la ruta migratoria con éxito.

Sin embargo, en puntos sensibles como las playas de Laida, San Antonio o Kanala, las dunas de San Kristobal y las marismas que se extienden hasta Gernika, los técnicos del centro observan de forma recurrente perros sueltos persiguiendo bandadas de limícolas, espátulas e incluso rapaces como el águila pescadora. Para el ojo inexperto puede parecer que las aves simplemente se levantan y vuelven a posarse más allá, pero detrás de esa huida hay un importante gasto de energía en un momento crítico del viaje.

Los biólogos del Urdaibai Bird Center insisten en que el mero hecho de obligar a un grupo de aves a levantar el vuelo una y otra vez, solo porque un perro corre a su alrededor, puede ser determinante para que algunos individuos no logren acumular las reservas necesarias y terminen muriendo o abandonando el estuario en busca de zonas menos adecuadas. En época de cría, el problema se agrava: especies que anidan en el suelo o en zonas bajas dejan de reproducirse en áreas donde la presencia de perros sueltos es constante, por puro estrés y sensación de inseguridad.

El episodio que más ha impactado recientemente a los responsables del centro fue el ataque de un perro, a unos cien metros de su propietario, a un flamenco. El ave sufrió la rotura de una pata y finalmente murió, un desenlace que, según los expertos, ilustra hasta qué punto basta un instante de descuido con el perro suelto para provocar daños irreparables en especies frágiles y protegidas.

Ley vasca, multas y llamadas a reforzar la vigilancia

Más allá de la dimensión ecológica, la presencia de perros sin atar en Urdaibai tiene una vertiente claramente jurídica. La Ley 9/2021 de Conservación del Patrimonio Natural de Euskadi y la normativa específica sobre espacios protegidos prohíben circular con perros sueltos en áreas catalogadas como de especial protección para las aves. Hacerlo se considera, en general, una infracción leve sancionable con multas de entre 200 y 3.000 euros.

La situación se complica si el animal provoca daños. Cuando un perro suelto ataca a la fauna salvaje, a especies amenazadas o a otros animales domésticos, o genera incidentes relevantes en zonas protegidas, la conducta puede llegar a calificarse como infracción grave, con sanciones que, según la legislación autonómica, pueden escalar desde los 3.001 hasta los 200.000 euros. En el caso de razas potencialmente peligrosas, la obligación de llevar bozal y sujeción en todo momento es todavía más estricta.

Pese a este marco legal, los responsables del Urdaibai Bird Center aseguran que muchos propietarios desconocen por completo la prohibición o la interpretan como una mera recomendación. Parte del problema, señalan, es que la señalización informativa ha sido vandalizada o desaparece con frecuencia, lo que deja a visitantes y paseantes sin una referencia clara sobre lo que está permitido.

Por ello, el centro reclama a la Diputación Foral de Bizkaia y al cuerpo policial competente que refuercen tanto la información al público, mediante carteles visibles y campañas de sensibilización, como la vigilancia y la imposición de sanciones en los casos en que se detecten perros sueltos en zonas vedadas. Desde la entidad subrayan que no se trata de demonizar a las mascotas, sino de garantizar el cumplimiento de unas normas que ya existen y que tienen como objetivo proteger un patrimonio natural reconocido a escala internacional.

En paralelo, la tramitación de la futura Ley de Montes en Euskadi apunta a una extensión de la prohibición de llevar perros sueltos a amplias zonas de pastoreo, áreas recreativas y espacios con gran afluencia de visitantes. La idea es reducir tanto los conflictos con la fauna salvaje como los problemas de seguridad y convivencia que surgen cuando varios usos coinciden en el mismo territorio.

Ganado, fauna salvaje y perros sueltos: el otro frente en el monte

El foco de preocupación no se limita a las aves. En entornos de montaña como el Parque Natural del Gorbea, compartido por municipios de Bizkaia y Álava, y en otros espacios como Urkiola, los ganaderos y baserritarras llevan tiempo denunciando el aumento de incidentes vinculados a perros que circulan sin correa, sobre todo desde la pandemia, cuando el auge de paseos y excursiones al aire libre se disparó.

En estos paisajes, donde el ganado pasta en libertad durante buena parte del año, los relatos se repiten: perros que acosan a ovejas y vacas, o que se lanzan tras corzos u otros animales salvajes. Aunque muchas veces no llegan a morder, la simple persecución provoca nerviosismo, estampidas y dispersiones del rebaño, con animales que se pierden o llegan a precipitarse por simas y barrancos. Ganaderos de la zona de Orozko, por ejemplo, denunciaron hace años la muerte de varias ovejas atribuida al ataque de perros sueltos.

Uno de los episodios más dramáticos se vivió en el paraje de Andramort, en el Gorbea, donde una yegua cayó a una sima de seis metros tras ser perseguida o asustada por un perro que también acabó despeñado y muerto. El rescate del equino, en el que participó la Unidad de Vigilancia y Rescate de la Ertzaintza junto a ganaderos y vecinos, fue tan complejo que se llegó a barajar el sacrificio del animal. Sucesos de este tipo han reavivado las peticiones del sector ganadero para reforzar las normas sobre perros sueltos en zonas de pastoreo.

Los profesionales del campo insisten en que, aunque muchos dueños consideran que su mascota es dócil e inofensiva, en un entorno de monte el instinto puede dispararse en cuestión de segundos. Bastan unos minutos de descuido para que un perro, por curiosidad o excitación, genere una situación de peligro para el ganado, para la fauna salvaje e incluso para sí mismo. Los conflictos, además, aumentan entre mayo y octubre, cuando las cabañas ganaderas se encuentran en altura y coincide la máxima afluencia de excursionistas.

La ciencia pone números al problema de los perros sueltos

Más allá de los casos concretos, una investigación reciente publicada en el European Journal of Wildlife Research ha aportado datos cuantitativos sobre la interacción entre perros sin correa y fauna silvestre en España. El estudio, que combina ciencia ciudadana, análisis de redes sociales y observaciones directas de expertos, recopiló entre 2007 y 2022 un total de 130 registros verificados de encuentros entre perros y animales salvajes.

Estos incidentes afectaron a 57 especies de vertebrados, y abarcan no solo ataques directos, sino también formas de acoso y perturbación que a menudo pasan desapercibidas. En la mayoría de los casos, el problema no es tanto una herida visible como el hecho de que el animal afectado tiene que gastar energía extra, abandonar nidos o zonas de alimentación clave o se ve empujado a hábitats menos favorables.

Según los autores, las aves concentran cerca del 69% de las interacciones registradas, seguidas de los mamíferos, con algo menos del 30%, y de los reptiles, con un porcentaje residual. Las cifras reflejan lo que ya se intuye sobre el terreno: muchas aves se mueven a poca altura o en el suelo, suelen estar en plena época de cría cuando la afluencia de personas al campo es mayor y se concentran en espacios muy visitados, como humedales y riberas.

El estudio señala que alrededor de un 18% de los casos tuvo un desenlace mortal para la fauna. Puede parecer una proporción baja, pero los investigadores recuerdan que las muertes directas son solo la punta del iceberg. Las consecuencias acumuladas de la perturbación crónica —huir varias veces al día, abandonar una puesta, dejar de alimentarse en una zona rica en recursos— pueden tener efectos a largo plazo sobre las poblaciones, especialmente en especies con pocos efectivos.

Humedales periurbanos y riberas: puntos calientes de conflicto

Uno de los hallazgos más relevantes de esta investigación es que las interacciones perro-fauna se concentran en las proximidades de áreas urbanas y en ecosistemas acuáticos, es decir, en esos humedales periurbanos que funcionan como «pulmones verdes» para la población. Se trata de enclaves donde confluyen alta biodiversidad y un uso recreativo muy intenso: corredores fluviales con paseos, pasarelas, carriles bici y recorridos deportivos por los que transitan a diario familias, corredores y, por supuesto, personas acompañadas de perros.

Los autores no encontraron evidencias de que la letalidad de las interacciones esté ligada de forma significativa al tamaño o a la raza del perro. Es decir, el problema no se limita a animales grandes, de caza o catalogados como potencialmente peligrosos. Lo determinante parece ser el contexto: la presencia del perro suelto en un espacio sensible, especialmente durante periodos críticos como la primavera y el verano, coincidiendo con la reproducción y crianza de muchas especies.

Los resultados refuerzan la idea de que la gestión de los perros sueltos debe ser especialmente cuidadosa en humedales ricos en biodiversidad, riberas y entornos acuáticos próximos a las ciudades. No solo por proteger a aves y otros vertebrados, sino también para evitar conflictos entre los distintos usos recreativos del mismo lugar.

A partir de estos datos, los investigadores abogan por un enfoque mixto que combine conservación específica, cumplimiento estricto de la normativa y campañas de concienciación. Entre las medidas propuestas figuran la delimitación clara de zonas en las que los perros han de ir siempre atados, la creación de áreas alternativas de esparcimiento canino y una mayor implicación de las administraciones en informar y sancionar cuando sea necesario.

Modelos municipales: franjas horarias y zonas acotadas para perros sueltos

Frente al veto total en áreas especialmente sensibles como Urdaibai, algunos ayuntamientos están optando por regular los perros sueltos a través de horarios y espacios delimitados, intentando compatibilizar el disfrute de los dueños con los derechos del resto de usuarios y el respeto al entorno. El caso de Soto del Real, en la Comunidad de Madrid, es un ejemplo de este enfoque.

En el Parque del Río de este municipio se habilitó una zona específica donde los perros pueden ir sin correa, pero con condiciones claras. El consistorio ha recordado recientemente que esa libertad está sujeta a franjas horarias y no se extiende a cualquier momento del día. Durante el periodo de otoño-invierno (noviembre a marzo), los animales pueden estar sueltos entre las 18:30 y las 10:00 horas, mientras que en la época de primavera-verano (abril a octubre) el horario se ajusta de 19:30 a 9:00. Fuera de esos intervalos, los perros deben ir siempre atados.

El objetivo declarado del Ayuntamiento es conciliar el uso recreativo del parque por parte de todas las personas —incluidas las que tienen miedo a los perros o simplemente prefieren no cruzarse con animales sueltos— con la necesidad de que las mascotas puedan moverse con más libertad en determinados momentos. Aun así, las obligaciones de los propietarios se mantienen: control visual constante sobre el animal, obediencia a las órdenes verbales, respeto a los límites físicos de la zona acotada y recogida de excrementos.

En esta normativa municipal se hace una excepción importante: los perros catalogados como potencialmente peligrosos (PPP) quedan excluidos de la posibilidad de ir sueltos en esta área. Deben llevar siempre bozal y cadena, sin excepción, incluso dentro de las franjas horarias permitidas. La medida se basa en la ordenanza local de protección de animales y se acompaña de la figura del carnet de tenencia cívica responsable, que busca garantizar que los dueños conocen las normas básicas de convivencia y seguridad.

Otros municipios apuestan por sistemas parecidos, aunque no siempre sin polémica. En el parque de Peñota, por ejemplo, una limitación horaria que obliga a mantener los perros atados durante gran parte del día dentro de un parque canino vallado ha provocado malestar entre los propietarios, que recuerdan que ese espacio se creó precisamente para poder soltar a los animales con seguridad. El Ayuntamiento, por su parte, justifica la restricción por las quejas de varias comunidades de vecinos sobre ruidos y molestias nocturnas y defiende que está intentando una solución de compromiso entre descanso vecinal y necesidades de ejercicio de los perros.

Sobre la mesa aparecen, una y otra vez, las mismas cuestiones: ¿hasta qué punto deben adaptarse los horarios a la vida laboral de los dueños?, ¿cómo compatibilizar el juego de los perros sueltos con el uso del parque por parte de menores o personas mayores?, ¿qué papel juegan las denuncias y las sanciones frente a la pedagogía y el diálogo entre residentes y propietarios de mascotas?

Parques, policía y la percepción ciudadana del «problema» de los perros sueltos

En el ámbito más urbano, los perros sin correa en parques y zonas verdes también generan debate. En ciudades de tamaño medio, como Logroño, algunos vecinos cuestionan que las autoridades centren parte de sus esfuerzos de control en recriminar a primera hora de la mañana a quienes pasean con el perro suelto, mientras perciben cierta laxitud en cuestiones como el tráfico, la doble fila o la suciedad en determinadas áreas.

Esta percepción pone de relieve un elemento clave: para que las normas sobre perros sueltos sean efectivas y aceptadas, muchos ciudadanos reclaman que formen parte de una política más amplia y coherente de cuidado del espacio público. De lo contrario, el recordatorio de la obligación de llevar al perro atado corre el riesgo de interpretarse como una intervención puntual, desconectada de otros problemas cotidianos que afectan a la calidad de vida en la ciudad.

En cualquier caso, las ordenanzas municipales y la legislación autonómica van en la misma dirección: salvo en áreas expresamente señalizadas, los perros deben ir sujetos con correa en espacios públicos. Cuando se habilitan zonas específicas para la suelta de animales —parques caninos vallados, áreas de río delimitadas o franjas horarias concretas—, esa excepción suele venir acompañada de condiciones estrictas sobre control del animal, respeto al resto de usuarios y responsabilidad ante posibles daños.

El debate, por tanto, no gira tanto en torno a la existencia de reglas, sino a cómo se aplican sobre el terreno, qué recursos se destinan a vigilarlas y hasta qué punto se combina la sanción con la información y la educación en tenencia responsable. Para muchos expertos, sin un cambio de hábitos por parte de una minoría de propietarios —aquellos que siguen soltando al perro en cualquier sitio, pese a las señales o a la presencia de fauna—, será difícil reducir de forma significativa los incidentes.

La suma de testimonios de ganaderos, estudios científicos y campañas de centros como Urdaibai Bird Center va dibujando un escenario claro: un perro suelto, por muy sociable que sea en casa, se convierte en un factor de riesgo cuando entra en contacto sin control con fauna salvaje, ganado o espacios donde conviven múltiples usos humanos. Por eso, cada vez más administraciones optan por acotar, informar y, llegado el caso, sancionar, al tiempo que se habilitan alternativas para que los animales puedan correr y socializar en condiciones adecuadas.

La decisión de poner o no la correa en un entorno concreto tiene implicaciones que van mucho más allá del propio binomio perro-dueño: afecta a aves migratorias que cruzan continentes, a rebaños que pastan en el monte, a vecinos que necesitan descansar y a otros usuarios que comparten el mismo espacio. Entender esa cadena de consecuencias y adaptarse a las normas de cada lugar se ha convertido en una pieza esencial de la convivencia y del respeto al medio natural en la España de hoy.

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