También llamada displasia coxofemoral, la displasia de cadera es una enfermedad osteoarticular provocada por una mala congruencia entre la cavidad acetabular y la cabeza del fémur. Esto ocasiona problemas como dolores articulares intensos, cojera e inflamación, dificultando los movimientos de las patas traseras del perro. Se desarrolla principalmente durante la etapa adulta, aunque su origen suele estar en la fase de crecimiento, y es más frecuente en razas grandes y medianas.
Si bien cualquier can puede padecer este trastorno, lo cierto es que existen algunos factores que pueden propiciar su aparición. Un ejemplo es la obesidad, pues el exceso de peso resulta muy dañino para las articulaciones del perro, ya que incrementa la carga que deben soportar. También lo es una alimentación insuficiente o desequilibrada, ya que esta debe ser rica en minerales y nutrientes esenciales para mantener fuertes los huesos y una correcta estructura del cartílago del animal.
Factores de riesgo y genética en la displasia de cadera

El exceso o la falta de ejercicio físico son, asimismo, dos cuestiones muy influyentes en el desarrollo de esta enfermedad. Un ejercicio muy intenso y de alto impacto (saltos continuos, frenazos bruscos, carreras exigentes en cachorros en crecimiento) puede dañar una articulación predispuesta. Por el contrario, un sedentarismo marcado favorece la pérdida de masa muscular y empeora la estabilidad de la cadera.
Sin embargo, la predisposición genética es el factor más importante. Aunque aún no se han identificado de forma completa todos los genes relacionados con la displasia de cadera, los expertos aseguran que se trata de una enfermedad de carácter poligénico, causada por dos o más genes diferentes, que además interactúan con factores ambientales como la dieta, el tipo de ejercicio o el peso del animal.
Determinadas razas, como el pastor alemán, labrador, golden retriever, rottweiler, mastín, san bernardo o dogo, presentan mayor probabilidad de padecer displasia de cadera porque combinan una predisposición genética con un crecimiento rápido y un peso corporal elevado. Aun así, es importante señalar que, aunque pueda ser hereditaria, no todos los animales portadores de los genes desarrollan la enfermedad, ni todos la transmiten de la misma forma a su descendencia.
En muchos perros, la displasia se asocia a un crecimiento demasiado rápido durante los primeros meses de vida. Una ingesta energética excesiva, o una dieta desequilibrada en calcio y fósforo, puede favorecer que el esqueleto crezca de forma descompensada, aumentando la laxitud de la articulación coxofemoral.
Grados y síntomas de la displasia de cadera
La displasia de cadera puede manifestarse con distinta intensidad. Los especialistas suelen hablar de grados o etapas que permiten evaluar la gravedad del problema:
- Grado I: existe una ligera incongruencia articular y los síntomas son mínimos. Apenas hay cambios degenerativos y el perro puede mostrar solamente una leve cojera tras ejercicio intenso.
- Grado II: comienza a apreciarse subluxación lateral de la cabeza femoral. El animal puede mostrar dolor intermitente, rechazo al ejercicio intenso o dificultad puntual para levantarse.
- Grado III: se producen alteraciones degenerativas importantes y gran parte de la cabeza del fémur se encuentra fuera del acetábulo. La cojera y la rigidez son evidentes y la movilidad está claramente comprometida.
- Grado IV: los cambios degenerativos son muy marcados y suele presentarse una luxación completa de la cabeza femoral. El perro sufre dolor intenso, tiene gran dificultad para caminar y la calidad de vida se ve muy mermada.
Los signos clínicos pueden ser muy variados, pero los más frecuentes son cojera, dificultad para levantarse o subir escaleras, rigidez al ponerse en marcha después de descansar, pérdida de masa muscular en las patas traseras y dolor al manipular las caderas. En algunos casos se pueden escuchar chasquidos o crujidos cuando la articulación se mueve.
Es importante saber que los síntomas pueden ser constantes o intermitentes y que suelen hacerse más evidentes a medida que el perro envejece. Un animal que de cachorro parecía normal puede mostrar problemas clínicos claros en la edad adulta debido a la aparición de artrosis secundaria.
Diagnóstico veterinario de la displasia de cadera
Si notamos que nuestro perro siente molestia en esta zona, cojera recurrente o cambios en su forma de caminar, tendremos que acudir al veterinario para que determine si existe realmente displasia. El diagnóstico se basa en la historia clínica del paciente, en la exploración física y en diversas pruebas complementarias.
Durante la exploración, el veterinario puede realizar pruebas de movilidad de cadera para valorar la estabilidad articular, especialmente en cachorros jóvenes:
- Prueba de Ortolani: con el perro en decúbito dorsal, se flexiona la cadera aproximadamente a 90 grados y se abduce suavemente la extremidad. En una cadera displásica se puede percibir un clic característico al entrar y salir la cabeza femoral del acetábulo, lo que indica subluxación.
- Prueba de Barlow: también con la cadera flexionada, se aplica una presión suave en dirección caudal sobre la rodilla. Si la articulación es inestable, la cabeza femoral se desliza hacia fuera de la cavidad, mostrando una laxitud articular marcada.
Además, suelen ser necesarias radiografías de cadera bajo sedación o anestesia ligera para valorar el encaje de la cabeza femoral en el acetábulo, el grado de deformación ósea y la presencia de cambios degenerativos como osteofitos o remodelaciones de la articulación. Estas imágenes permiten clasificar la displasia y definir el mejor plan terapéutico.
Tratamiento médico de la displasia de cadera
De confirmarse el diagnóstico, será necesario un tratamiento médico individualizado que dependerá del estado de la enfermedad, de la edad y del nivel de actividad del perro. En general, el enfoque puede ser conservador o quirúrgico, y muchas veces se combinan ambas estrategias a lo largo de la vida del animal.
El manejo conservador suele incluir la administración de analgésicos y antiinflamatorios para controlar el dolor y la inflamación, así como condroprotectores que ayudan a proteger el cartílago. Entre estos últimos se encuentran sustancias como la glucosamina, el condroitín sulfato o el ácido hialurónico, que contribuyen a mantener la elasticidad del cartílago y a ralentizar el avance de la artrosis.
También es habitual recurrir a la llamada terapia nutricional del cartílago, basada en vitaminas antioxidantes (como la vitamina E y la vitamina C) que protegen la matriz cartilaginosa y estabilizan las membranas celulares, junto con aminoácidos como la metionina, la prolina o la glutamina que favorecen la regeneración de los tejidos articulares. Su administración diaria puede reducir la inflamación con un riesgo bajo de efectos secundarios, siempre siguiendo las recomendaciones del veterinario.
En algunos perros, especialmente aquellos con sobrepeso o con una displasia moderada, un plan de adelgazamiento controlado forma parte esencial del tratamiento. Al disminuir la carga que soporta la cadera, el dolor suele reducirse de manera significativa y se frena la progresión del daño articular.
Cirugía y técnicas avanzadas
En algunos casos es necesaria una intervención quirúrgica, especialmente en animales jóvenes con displasia severa o en perros adultos con dolor intenso que no responde al tratamiento médico. La cirugía puede realizarse de diferentes maneras, y la elección de la técnica depende de la edad, el tamaño del perro y el grado de afectación:
- Amputación o resección de la cabeza del fémur (artroplastia de escisión): se elimina la cabeza y parte del cuello femoral para que se forme una falsa articulación de tejido fibroso. Suele indicarse en perros de tamaño pequeño o mediano con dolor severo.
- Triple osteotomía de cadera: se realiza una serie de cortes en la pelvis para reorientar el acetábulo y mejorar la cobertura de la cabeza femoral. Es una opción en perros jóvenes antes de que se desarrolle artrosis avanzada.
- Escisión del músculo pectíneo: técnica destinada a reducir la tensión sobre la articulación, utilizada en algunos casos para aliviar el dolor.
- Reemplazo total de cadera: se sustituye la articulación por una prótesis especialmente diseñada para perros. Es un procedimiento complejo, pero puede proporcionar una mejoría notable de la movilidad y una reducción muy significativa del dolor.
La eficiencia de estas formas de cirugía depende de las circunstancias de cada caso, del momento en que se realizan y de la correcta rehabilitación posterior. Por ello, es fundamental que el veterinario especialista en traumatología valore detenidamente todas las opciones antes de recomendar una intervención.
Cuidados específicos, fisioterapia e hidroterapia

Además del tratamiento farmacológico o quirúrgico, un perro con displasia de cadera necesita algunos cuidados específicos en su rutina diaria. La fisioterapia y los masajes, por ejemplo, pueden ser de gran ayuda para reducir los dolores de la zona, mejorar la circulación y mantener la flexibilidad muscular. Técnicas como los ejercicios terapéuticos controlados, los estiramientos suaves o el trabajo de propiocepción contribuyen a reforzar la musculatura que rodea la cadera y a estabilizar la articulación.
También es importante que usemos mantas térmicas o fuentes de calor moderado para proteger la articulación del frío, ya que las bajas temperaturas tienden a agravar la rigidez y el dolor. Ofrecer a nuestro perro un lugar mullido y de fácil acceso donde pueda descansar sin tener que saltar o subir escaleras reduce el esfuerzo sobre las caderas.
Las sesiones de hidroterapia son muy recomendables y cada vez más utilizadas. Caminar en el agua o en cintas subacuáticas permite que el perro trabaje la musculatura de las extremidades posteriores con un impacto mínimo sobre las articulaciones, gracias a la flotabilidad. Esto mejora el rango de movimiento, aumenta la fuerza muscular y disminuye la carga dolorosa. Conviene acudir a un profesional en rehabilitación veterinaria para que nos enseñe esta técnica y marque la frecuencia adecuada de las sesiones.
A todo ello debemos añadir un control estricto del peso corporal. Mantener al perro en un peso adecuado es una de las medidas más efectivas para reducir el dolor y enlentecer la progresión de la enfermedad. La dieta debe ser equilibrada y adaptada a sus necesidades, evitando sobrealimentaciones y premios excesivos.
En cuanto al ejercicio, se recomienda reducir la duración de los paseos pero aumentar su número. Pueden realizarse varios paseos suaves al día que, sumados, alcancen al menos 30 minutos, evitando superficies muy duras, pendientes pronunciadas o juegos de alto impacto como saltos repetidos detrás de pelotas.
Accesorios de ayuda y revisiones veterinarias
Asimismo, existen accesorios especiales para perros que sufran este trastorno, como soportes para cadera o arneses específicos para las patas posteriores. Estas ayudas permiten repartir mejor el peso, sostener el tren posterior y facilitar la marcha del animal, estimulándolo a moverse sin causar tanto dolor ni sobrecarga en las articulaciones dañadas.
En el hogar pueden emplearse también alfombras antideslizantes, rampas para acceder al coche o al sofá y camas ortopédicas que reparten la presión de manera más uniforme, reduciendo los puntos de dolor. Todos estos elementos forman parte de un abordaje integral que busca mejorar la calidad de vida diaria.
Finalmente, las revisiones veterinarias periódicas son imprescindibles. Permiten ajustar la medicación, valorar la evolución radiográfica de la articulación, revisar el estado muscular y adaptar el tipo de ejercicio o fisioterapia. Un seguimiento regular facilita detectar a tiempo cualquier empeoramiento y tomar medidas rápidamente para seguir controlando el dolor y la movilidad.
Con una combinación adecuada de tratamiento médico, control del peso, fisioterapia, posibles intervenciones quirúrgicas y cuidados en casa, un perro con displasia de cadera puede mantener una vida activa y confortable, disfrutando de los paseos y de la compañía de su familia durante muchos años.
