Vidas veterinarias: así es la realidad de quienes cuidan de nuestras mascotas

  • “Vidas veterinarias” visibiliza el día a día emocional y técnico de los veterinarios de animales de compañía en España y Portugal.
  • La profesión vive una especialización creciente: medicina felina, diagnóstico por imagen, cirugía avanzada y enfoque One Health.
  • Historias personales muestran la vocación, la carga emocional y las dificultades de conciliación y presión social.
  • La relación con las familias y la gestión del estrés de perros y gatos en la clínica son hoy parte central del trabajo veterinario.

Vidas veterinarias veterinarios de pequeños animales

Con motivo del Día Mundial de la Veterinaria, la campaña “Vidas veterinarias” ha decidido mirar de frente a una profesión que suele quedar en segundo plano, pese a estar presente en la vida diaria de miles de familias. Lejos de limitarse a la consulta, el trabajo de los veterinarios de animales de compañía implica decisiones difíciles, formación constante y una intensa carga emocional que pocas veces se cuenta con detalle.

En España y Portugal, perros y gatos son ya un miembro más del hogar y, con ellos, la figura del veterinario se ha convertido en un referente sanitario y emocional para las familias. La iniciativa “Vidas veterinarias”, impulsada por Elanco Animal Health en el marco de Vetnia, se suma a otras acciones del sector para reivindicar una realidad compleja: detrás de cada bata hay horas de estudio, guardias interminables y una implicación personal que, muchas veces, no se ve.

“Vidas veterinarias”: una campaña para poner rostro a la profesión

La campaña “Vidas veterinarias” nace en España y Portugal con un propósito claro: acercar a la sociedad el día a día de los veterinarios de animales de compañía y recordar que su labor no se limita a vacunar o tratar enfermedades puntuales. A través de un vídeo teaser y cuatro piezas audiovisuales, la iniciativa recoge los testimonios de cuatro profesionales: Diego Novoa, Helena Sequeira, Marta Moreira y Leticia González.

En estas historias, los protagonistas explican cómo se vive la clínica desde dentro: la presión de tomar decisiones en cuestión de minutos, la exigencia de estar siempre al día en nuevas técnicas y medicamentos, y el reto de acompañar a las familias en momentos muy duros, como una enfermedad grave o la despedida de una mascota. La campaña, disponible en la web de Vetnia, invita también a que otros veterinarios compartan sus experiencias, creando un espacio participativo dentro de la comunidad profesional.

Elanco Animal Health enmarca “Vidas veterinarias” dentro de Vetnia, una comunidad dirigida a respaldar al colectivo veterinario con formación, recursos y herramientas para el crecimiento de las clínicas. La idea es combinar visibilidad social con apoyo real al día a día de los profesionales, fomentando tanto el bienestar del veterinario como la sostenibilidad de los centros.

Para amplificar el mensaje, la campaña se apoya en una estrategia multicanal que incluye presencia en medios profesionales y generalistas, acciones en redes sociales, campañas digitales, envíos de email al colectivo veterinario y una landing page específica donde se alojan los vídeos y contenidos. El objetivo es llegar tanto al gran público como a los propios veterinarios, que se reconocen en las historias contadas.

Desde la compañía recuerdan que la veterinaria es una profesión profundamente vocacional, pero también exigente, que requiere una actualización continua. “Vidas veterinarias” busca precisamente reforzar el reconocimiento social y poner en valor el papel del veterinario como agente clave de la salud animal y, por extensión, de la salud humana, dentro del enfoque One Health.

Un sector en cifras y en constante especialización

Más allá de las historias personales, el impacto de las vidas veterinarias se refleja también en los datos. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), en España hay 42.860 veterinarios colegiados. El Informe Sectorial 2026 de AMVAC y COLVEMA sitúa en 23.458 los profesionales que trabajan en clínicas de pequeños animales, lo que muestra el peso creciente de perros y gatos dentro de la profesión.

La clínica de animales de compañía es hoy un ámbito altamente especializado. En un mismo centro pueden convivir áreas como traumatología, dermatología, cardiología, neurología, oncología, medicina interna, anestesia, diagnóstico por imagen avanzado o medicina felina. Esta diversificación permite ofrecer a las familias tratamientos cada vez más sofisticados y similares, en algunos casos, a los disponibles en medicina humana.

Aunque la veterinaria abarca también otros campos —producción animal, investigación, inspección alimentaria, seguridad alimentaria o salud pública—, iniciativas como “Vidas veterinarias” ponen el foco en quienes trabajan cara a cara con los tutores de perros y gatos. Son los que acompañan en las revisiones rutinarias, las urgencias y los procesos crónicos, manejando al mismo tiempo técnica científica y emociones intensas.

Organismos como la Organización Colegial Veterinaria (OCV) recuerdan, coincidiendo con el Día Mundial de la Veterinaria, que la profesión protege mucho más que a los animales. A través de la sanidad animal, la seguridad de los alimentos y el control de enfermedades zoonóticas, los veterinarios forman parte de la primera línea en la protección de la salud pública y del futuro de las comunidades.

Esta visión conectada entre salud animal, humana y ambiental se integra en el enfoque One Health, al que aluden tanto entidades colegiales como compañías del sector. La campaña “Vidas veterinarias” recoge ese mensaje de fondo: cuidar a perros y gatos no es solo cuestión de afecto, sino también de equilibrio sanitario y social.

Historias en primera persona: vocación, presión y emociones fuertes

Detrás del eslogan “Vidas veterinarias” hay nombres propios y trayectorias muy diversas, que comparten un eje común: la vocación y el fuerte componente emocional del trabajo. En los vídeos de la campaña, Diego, Helena, Marta y Leticia relatan cómo se enfrentan a diagnósticos complejos, cirugías delicadas y situaciones límite en clínica de pequeños animales.

En paralelo, otras voces del sector ayudan a entender la amplitud de estas vidas profesionales. La veterinaria Flor Costoya, por ejemplo, relata su experiencia en una clínica de pequeños animales en Pontevedra, donde ha sido testigo de cómo ha cambiado la relación entre las personas y sus mascotas. Lo que antes se consideraba un “servicio puntual” para problemas graves, se ha convertido en un seguimiento cercano y constante.

Flor explica que hoy las familias ven a perros y gatos como miembros de pleno derecho. Esto se traduce en un nivel de atención muy alto: se consultan diarreas que antes se habrían ignorado, se envían fotos diarias de las heces para valorar la evolución de un tratamiento, y se exige la opción menos invasiva siempre que sea posible, desde la cirugía laparoscópica hasta el intervencionismo en pequeños animales.

Esta transformación ha elevado el listón y también la presión. Muchos propietarios hacen grandes esfuerzos económicos para asumir cirugías avanzadas, pruebas de imagen o hospitalizaciones, recurriendo a fraccionamientos de pago o incluso créditos. Esa confianza en la clínica es gratificante, pero incrementa la responsabilidad que siente el equipo veterinario, que a menudo se percibe a sí mismo como “obligado” a salvar a todos los pacientes.

La otra cara de esta implicación es el desgaste. Dentro de estas vidas veterinarias se habla cada vez más de síndrome de burnout y de salud mental en la profesión, con referencias al elevado riesgo de estrés crónico y a un porcentaje significativo de problemas emocionales. Por eso, muchas clínicas intentan cuidar su propio equilibrio interno, favoreciendo horarios razonables, trabajo en equipo y espacios para compartir las cargas del día a día.

Cuando la clínica es también empresa: liderazgo y gestión

Las vidas veterinarias de animales de compañía no se reducen a la consulta clínica: la gestión empresarial pesa cada vez más. Quienes dirigen centros veterinarios se ven obligados a combinar la medicina con tareas de administración, selección de personal, comunicación y organización de recursos.

En proyectos como Clínicas Veterinarias La Bañeza-Santa María, en la provincia de León, aparece con claridad esa doble realidad. Impulsada por una veterinaria emprendedora, la clínica ha logrado consolidarse en un entorno rural complejo, sobreviviendo a etapas tan difíciles como la pandemia y adaptándose a una clientela que demanda servicios muy completos para sus mascotas.

Este centro ofrece desde diagnóstico por imagen con equipos de radiodiagnóstico digital de última generación hasta cirugía ortopédica avanzada, para la que se desplaza un grupo de especialistas. También dispone de servicio de urgencias veterinarias telefónicas 24 horas, opciones de desplazamiento para recoger mascotas cuando los tutores no pueden acudir y una guardería canina para estancias cortas.

La responsable subraya que la Universidad enseña a ser veterinario, pero no a ser empresario. En el día a día hay que hacer de gestora, community manager, responsable de recursos humanos y, al mismo tiempo, mantener la calidad clínica. Esa combinación supone un reto añadido, especialmente en áreas donde la competencia, los costes y la carga asistencial son elevados.

En este tipo de clínicas se repite una idea clave: el bienestar y el derecho de los animales es el eje central del proyecto. La honestidad profesional lleva, en ocasiones, a derivar casos a otros centros cuando se considera que allí van a tener mejores opciones de tratamiento, situando siempre por delante el interés del paciente.

La mirada felina: cuando la clínica se adapta al gato

Dentro de las vidas veterinarias, la medicina felina ha dado un salto notable en los últimos años. Veterinarias como Belén Montoya, fundadora de la clínica exclusiva para gatos Felinaria en Valencia y del proyecto de formación Pensando en Gato, han puesto sobre la mesa hasta qué punto el gato fue tratado durante años como “un perro pequeño”, con consecuencias negativas para su salud y su bienestar.

Belén insiste en que el gato es un carnívoro estricto, con necesidades muy propias de comportamiento, alimentación y manejo. Durante mucho tiempo, la falta de formación específica llevó a extrapolar protocolos pensados para perros, tanto en diagnóstico como en nutrición o en el propio trato durante la consulta. Hoy, la medicina felina apuesta por comprender al gato como especie distinta y adaptar todo el entorno de la clínica.

En una clínica felina, el diseño de espacios, olores y ruidos es casi tan importante como el equipamiento médico. Se evitan los perros en la sala de espera, se reduce al mínimo el ruido ambiental, se controlan los olores que puedan suponer una amenaza para el gato y se utilizan recursos como aceites esenciales suaves o feromonas felinas. El objetivo es bajar el nivel de miedo y permitir una exploración más tranquila.

Las consultas son amplias y están pensadas para que el gato pueda moverse y situarse donde se sienta más seguro, sin rincones de los que luego no pueda salir. Se priorizan materiales no metálicos, luces indirectas y mobiliario sencillo que no acumule olores. Todo el equipo se forma en lenguaje corporal felino y técnicas de manejo suave: evitar la mirada directa, no aproximarse desde arriba, respetar los tiempos y la necesidad de esconderse o explorar.

Esta forma de trabajar permite detectar signos sutiles que en una consulta generalista pueden pasar desapercibidos: pequeños cambios en la masa muscular, alteraciones mínimas en la respiración, modificaciones en el pelo o en la forma de moverse. Combinado con un uso avanzado del laboratorio in-house y la ecografía felina, se diagnostican patologías cuando aún son asintomáticas, algo que puede marcar la diferencia en la esperanza y la calidad de vida de muchos gatos.

En la clínica felina, el vínculo con las familias también es esencial. Belén recalca que la comunicación con el tutor forma parte del tratamiento: explicar qué le ocurre al gato, qué pruebas son necesarias, qué se espera del tratamiento y cómo adaptarlo al estilo de vida del hogar. Esto es especialmente relevante en enfermedades crónicas como la enfermedad renal, la artrosis o la diabetes, donde la medicación y el manejo se prolongan durante años.

Relación con las familias: acompañar más allá del diagnóstico

En casi todas las vidas veterinarias de animales de compañía aparece un elemento común: la relación con los tutores es ya una parte inseparable del trabajo clínico. Los veterinarios no solo tratan a perros y gatos, sino que acompañan a las familias en sus dudas, miedos y decisiones difíciles.

Flor Costoya explica que, en su clínica, se trabaja mucho el acompañamiento emocional en situaciones complejas, como diagnósticos graves o procesos de final de vida. Muchas personas se enfrentan por primera vez a la idea de despedirse de un animal al que consideran un miembro de la familia, y el equipo veterinario tiene que ayudarles a entender el pronóstico, valorar opciones y asumir los tiempos.

En el ámbito felino, Belén Montoya recuerda que la clave para que un tratamiento funcione en casa es buscar soluciones realistas para cada familia. No es lo mismo administrar una medicación durante una semana que hacerlo durante toda la vida del animal, y una pauta que teóricamente “se puede dar como sea” puede romper por completo la convivencia si se convierte en una lucha diaria.

Los profesionales insisten en que las familias forman parte del equipo: escuchar lo que observan en casa, sus preocupaciones y sus limitaciones ayuda a ajustar las pautas y evitar abandonos del tratamiento. En muchas clínicas se reservan citas largas para la primera visita, con tiempo suficiente para hacer una anamnesis detallada, explorar al animal con calma y explicar bien cada paso.

Otro aspecto que se trabaja cada vez más es la reducción del estrés en las visitas. Se recomienda acostumbrar a los perros a las manipulaciones en casa, visitar la clínica sin necesidad de tratamiento para asociarla a experiencias positivas (“visitas felices”) y usar premios y juguetes durante la exploración. En gatos, se insiste en la importancia de un transportín familiar, con olores del hogar, y en el uso de feromonas o suplementos calmantes cuando sea necesario.

La presión social también forma parte del escenario actual: los tutores están más informados y son más exigentes, lo que tiene un lado positivo en términos de bienestar animal, pero obliga a los veterinarios a explicar y justificar cada decisión, gestionar expectativas y, a menudo, lidiar con la idea de que la medicina siempre tiene que ofrecer una solución inmediata.

Guardias, conciliación y vocación: las otras caras de las vidas veterinarias

Si algo une a la mayoría de historias de “Vidas veterinarias” es la sensación de que la profesión no entiende de horarios cerrados. Aunque este aspecto es más evidente en el ámbito rural o en grandes hospitales, también impacta en quienes trabajan en clínicas de pequeños animales con servicios de urgencias o atención extendida.

Veterinarios que atienden tanto animales de compañía como ganado, como el equipo de la comarca de Deza en Galicia, describen jornadas marcadas por la imprevisibilidad y las guardias. Puede tocar una inseminación por la mañana, una urgencia por la tarde y un parto complicado de madrugada, sin que sea fácil anticipar la hora de salida ni planificar la vida personal.

En el entorno de la clínica de pequeños animales, la presión se concentra en la acumulación de casos, las urgencias inesperadas y los tratamientos que se alargan más de lo previsto. A pesar de los intentos por estructurar la agenda y evitar la saturación, un empeoramiento repentino, un accidente doméstico o una complicación quirúrgica pueden desbaratar cualquier planificación.

Todo ello hace que la conciliación sea uno de los grandes retos de las vidas veterinarias. Compatibilizar guardias, formación y vida familiar no siempre es sencillo, especialmente en un sector donde la feminización es cada vez mayor y muchas profesionales relatan dificultades para mantener su puesto tras una maternidad o para acceder a modelos de organización más flexibles.

Pese a estas dificultades, la mayoría de testimonios coinciden en algo: la vocación sigue sosteniendo la profesión. Muchos veterinarios recuerdan que querían dedicarse a los animales desde la infancia y que, a pesar del desgaste y de los momentos duros, el trabajo les compensa cuando ven recuperarse a un paciente complejo, cuando un parto sale bien o cuando logran mejorar la calidad de vida de un animal crónico.

En clínicas como la de Pontevedra, la responsable intenta blindar al equipo frente al desgaste excesivo, cuidando los turnos y el ambiente interno. Para muchos profesionales, sentirse apoyados por sus compañeros y tener espacios para compartir experiencias es una pieza clave para seguir adelante en una profesión que combina ciencia, emociones y una enorme responsabilidad.

El conjunto de estas historias y datos dibuja un panorama en el que las vidas veterinarias de animales de compañía se han vuelto más visibles, especializadas y exigentes, pero también más valoradas por la sociedad. Desde campañas como “Vidas veterinarias” hasta las clínicas de barrio o centros hiperespecializados, el mensaje de fondo es similar: la labor de quienes cuidan de nuestros perros y gatos va mucho más allá de la consulta, implica un compromiso constante con su bienestar y con el de las personas que conviven con ellos, y merece un reconocimiento acorde al papel que desempeñan en la salud y en la vida cotidiana de miles de familias.